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Manuel Isidro Molina: ¿Por qué defiendo la paz? (II)

 

Un factor internacional de primerísima importancia que viene actuando en la actual crisis política venezolana es el poder injerencista de EEUU. Quien obvie la potencia y las habilidades de este factotum de la política mundial y especialmente de la política, los negocios, los modos de vida y la dinámica comunicacional en América Latina y el Caribe, simplemente es un despistado o hace gala de un cinismo proverbial: lo primero evita aciertos en política, por errores de comprensión; y lo segundo desvela los grados de complicidad.

El prontuario de EEUU en golpes de estado, invasiones, guerras y despojos territoriales y económicos en asociación con las oligarquías corruptas y serviles en nuestra región, no sólo es protuberante desde el siglo XIX sino multiforme en escala sinfónica, desde La Florida, México, Puerto Rico, Cuba. Dominicana, Haití, Grenada, Panamá y el resto de Centroamérica hasta el enorme espacio suramericano:

“Tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”, dijo Benito Juárez describiendo el ímpetu expansionista de la que iba a posicionarse después de la Segunda Guerra Mundial (1945) como primera potencia del imperio capitalista en cerrado duelo con la Unión Soviética, principal potencia de la esfera comunista internacional, que se vino abajo finalmente en el trienio 1989-1991.

Venezuela en el ojo del huracán

EEUU se ha involucrado en los acontecimientos traumáticos de la política venezolana en las dos décadas signadas por la saga Chávez-Maduro (1999-2019), desde el golpe de estado de abril de 2002 y el paro petrolero-empresarial de 2002-2003 hasta las amenazas de invasión por el Comando Sur, hoy con riesgo cierto de ejecución en grado de holocausto. Y no es exageración.

Sin embargo, aunque parezca contradictorio, el diseño mismo de este plan injerencista estadounidense lleva en él su principal antídoto: un nivel de cipayismo jamás visto tan descarada y servilmente en América Latina y el Caribe.

En verdad, el cipayismo del que hacen gala quienes han procurado la desbocada intervención del gobierno de Donald Trump, no solo es vergonzosa sino de antología.

Las debilidades del plan Trump

Pero también -es cuestión de tiempo- el agresivo plan Trump contra la soberanía y la integridad territorial de Venezuela tiene dos fallas esenciales:

1.- Las debilidades intrínsecas de Trump, un presidente minoritario y desaforado.

2.- La estrecha alianza de EEUU con la oligarquía mafiosa colombiana, ejecutante y garante de los más aborrecibles crímenes, desde el narcotráfico de mayor calado internacional hasta el asesinato selectivo y persistente de líderes sociales y políticos durante los últimos ochenta y tres años, contados a partir de 1936 y no, como es usual, desde aquel 9 de abril de 1948, cuando asesinaron en Bogotá a Jorge Eliécer Gaitán. Su máximo exponente hoy, es Álvaro Uribe Vélez, jefe real de la “parapolítica”, práctica criminal y sanguinaria, inhumana, de coacción, amedrentamiento, desplazamiento forzado de millones de colombianos en su propio territorio, despojo de tierras y cultivos a los campesinos, todo en alianza con las tenebrosas bandas paramilitares y narcotraficantes.

Trump como problema

Donald Trump es un presidente atípico. Su ignorancia es protuberante, tanto como su brutalidad, es uno de los mandatarios más básicos que haya tenido EEUU. Carece de brillo estratégico, lo que trata de ocultar con sus espasmódicos lances intimidatorio, vulgares en el plano internacional.

Esto lo ha llevado a desquiciar la política exterior estadounidense, lo que ya impacta mucho y resumo en una pregunta que se harán y comentarán en privado muchos líderes mundiales:

-Hasta cuándo Trump?

Esa interrogante está instalada en la sociedad estadounidense con gran preocupación, legítima, por lo demás, porque desde el exterior rebotan hacia Washington peticiones de morigeración y control que comienzan a tomar en serio el Congreso de EEUU.

Trump es un presidente minoritario. Nunca ha sido acompañado por la mayoría del pueblo estadounidense. De hecho, obtuvo 2,7 millones de votos menos que Hillary Clinton en 2016, y solo accedió a la presidencia por el sistema de segundo grado establecido en la constitución mediante “colegios electorales”. Y eso pesa: ese caballero jamás hubiese sido presidente de EEUU por voto popular directo.

Su talante de agresivo jugador en los negocios privados, lo ha llevado a cometer tantos errores en tan poco tiempo -apenas dos años-, que varios de sus principales secretarios (ministros) han salido despavoridos de las carteras de Defensa, Seguridad Nacional y Estado (cancillería). Ha abierto o degradado tantos frentes de conflictos internacionales, que: Mantiene encendidas demasiadas alarmas sin haber aplacado ni uno sólo de esos problemas.

El caos Trump

No parece exagerado denominar estos dos años de gestión en la Casa Blanca, como “el caos Trump”, sin direccionalidad definida ni logros tangibles: todo parece haber empeorado, desde las relaciones con China y Rusia, pasando por Siria, Afganistán e Irán, hasta los complejos temas de comercio internacional.

Trump puede ser víctima de su propio “caos”: mientras aparecen excéntricos gobernantes autoproclamados “seguidores” de Trump en América Latina, como en Brasil y El Salvador (nunca faltan), en Estados Unidos de América (EUA, que así es como se llama ese país, USA en inglés) se le vienen complicando las cosas.

En diciembre pasado, el Partido Republicano perdió la mayoría en la Cámara de Representantes, dejando al desnudo el declive de su “presidente minoritario”. A mitad de su periodo de cuatro años, Trump luce entrampado en su propio laberinto, pudiéramos decir que sin mucho futuro y con serias complicaciones, casi irresolubles, como la pesadilla del flujo ilegal de emigrantes latinocaribeños por la frontera sur y el muro de contención de cara al descompuesto México heredado por Andrés Manuel López Obrador (AMLO), quien además vino a estropear severamente la solidez del Grupo de Lima, principal macana de Washington contra el gobierno de Nicolás Maduro.

Así las cosas, el gobernante estadounidense camina al desespero, ahora maniatado por el Congreso, cuya mayoría -incluso en términos bipartidistas- ya muestra signos de agobio ante el “caos Trump” y va tejiendo las amarras: en materia presupuestaria provocó el cierre temporal del gobierno en áreas no indispensables; prohibió el uso de la fuerza militar en el conflictivo caso Venezuela; y más recientemente, la Cámara de Representantes le abrió una investigación al presidente por haber declarado “emergencia nacional” con el deliberado propósito de utilizar fondos del Pentágono para burlar los límites presupuestarios impuestos por el Congreso a la construcción del muro en la frontera con México. Mayor caos, imposible.

La guerra que “necesita ganar”

La situación descrita pudiera aminorar los riesgos de holocausto en Venezuela mediante una invasión militar colombo-gringa. Sin embargo, pudiera ser lo contrario: Donald Trump dijo durante su campaña electoral de 2016, que EEUU “necesita ganar una guerra”, vistos los empantanamientos, derrotas y verdaderos genocidios cometidos por sus tropas y aliados en Vietnam, Afganistán, Libia, Irak y Siria, entre otros desastres. Pero ahora es Trump el que “necesita ganar una guerra” para salvar el pellejo y tratar de intentar la reelección en 2020, a la vuelta de la esquina. “Tratar de intentar” digo, porque no le será fácil escapar de un juicio político que termine echándolo de la Casa Blanca, tesis muy manoseada desde su triunfo en los colegios electorales, ya por los supuestos -y aún no comprobados- nexos de su campaña con el gobierno ruso, ora por sus confrontaciones recurrentes con el Congreso.

La desgracia venezolana

Nada de lo anterior constituye respaldo al errático gobierno de Nicolás Maduro, pero sí abona el camino de la paz en Venezuela. Conjurar el riesgo de invasión es prioritario.

“El gobierno de Maduro está muerto históricamente”, escribí en 2018, sentencia plenamente vigente por la naturaleza misma de la gestión autoritaria, corrupta, arbitraria e ineficiente de la gestión Chávez-Maduro (1999-2019).

La desgracia venezolana actual, verdadera tragedia histórica, radica en que “no sabemos quién es peor, si el gobierno o la oposición”, vox populi.

El camino de la paz incluye necesariamente un diagnóstico acertado de la realidad nacional, fuera del guión impuesto por la diabólica y cínica contienda extremista chavismo-antichavismo.

Una guerra, gestada por intereses muy bastardos, tanto nacionales como extranjeros -comenzando por los de la oligarquía mafiosa colombiana y los de los factores neocoloniales de Guyana- vendría a complicarlo todo: se agravarían todos nuestros problemas, habría pérdida masiva de vidas humanas y destrucción de la infraestructura nacional, ciudades y poblaciones menores. Sería un holocausto que conscientemente buscan quienes sueñan con una Venezuela desvencijada y hasta desintegrada.

(Sigue III)

 

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