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El País / Editorial: Desde Múnich

 

Angela Merkel, con el vicepresidente de EE UU, Mike Pence, en la Cumbre de Múnich.

La paz generalizada de la que ha gozado la mayor parte del planeta desde el final de la II Guerra Mundial se debe, en gran parte, a la concepción de las relaciones internacionales como un sistema donde los países dialogan permanentemente —aunque sea para lanzarse acusaciones—, pertenecen a los mismos foros de ámbito mundial y en muchas ocasiones cooperan en objetivos comunes. Es lo que se conoce como multilateralismo. Un sistema que, con sus fallos, ha ayudado a evitar la repetición de un conflicto a escala global.

Sin embargo, los nacionalismos y los populismos han introducido una nueva forma de entender las relaciones entre países y el papel que estos juegan en el mundo. Se trata de un discurso agresivo que considera el diálogo como una señal de debilidad o, en el mejor de los casos, como una pérdida de tiempo. Los foros internacionales son vistos como organismos incompetentes, cuando no foco de corrupción, mientras que los tratados internacionales de carácter multilateral se consideran ataduras en vez de los cimientos de un sistema de paz y prosperidad comunes.

Por eso ha estado particularmente certera la canciller alemana, Angela Merkel, durante la celebración este fin de semana de la Conferencia de Seguridad de Múnich al advertir que estas estructuras que apuntalaban el mundo que conocemos “se han roto en pequeños pedazos” y recordar lo que muchos de los detractores del multilateralismo escatiman a sus audiencias: que esas estructuras con las que se rige la convivencia de la comunidad internacional son fruto “de los horrores de la guerra”. Una contienda de la que este próximo septiembre se cumplirán 80 años de su inicio.

En estas ocho décadas abundan los ejemplos de las gravísimas consecuencias humanas y materiales que tiene el abandono de esta vía de cooperación. Guerras, hambrunas o catástrofes medioambientales han multiplicado su letal efecto como consecuencia de la falta de diálogo o, simplemente, por no recurrir a los organismos internacionales y acatar los compromisos comunes.

En un momento de la historia lleno de incertidumbre donde las sociedades del planeta afrontan una serie de desafíos comunes de la máxima urgencia —como por ejemplo el cambio climático— resulta que el sistema de cooperación internacional se resquebraja bajo la presión de un discurso demagógico. Este promete a sus electorados ponerlos a salvo de todos sus problemas rompiendo el trenzado del diálogo que ha costado décadas levantar y construyendo barreras físicas. Un canto de sirena cortoplacista mortal para la estabilidad mundial que ya ha resucitado viejas amenazas que parecían, por lo menos aparcadas, como la proliferación nuclear.

En Múnich, voces europeas han propuesto acertadamente una redefinición de ese sistema multilateral. No para enterrarlo definitivamente como pretende la actual Administración de Donald Trump, sino para hacer que el diálogo, la cooperación y la existencia de foros comunes donde exponer las diferencias siga siendo la red que proteja al mundo de una escalada sin control que desemboque en una catástrofe mundial como la historia ya nos ha enseñado en varias ocasiones.

 

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