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Ricardo Silva Romero: Repúblicas bananeras

 

No sé si oí bien. ¿Soltó el presidente gringo Donald J. Trump la frase envenenada “no me gusta lo que veo en nuestro patio trasero” en su encuentro de la semana pasada con el presidente de Colombia? ¿Soltó Trump aquel sofisticado insulto de 1823, que llegó a finales del siglo XX convertido en un lugar común y en un hecho, como si nadie le hubiera contado que reducir a la América Latina a vertedero y trinchera de la América del Norte fue abominable —al menos en el escenario de la diplomacia— incluso en tiempos de la llamada Doctrina Monroe? Sí, lo dijo, y lo dijo sin titubear y encogiéndose de hombros. Pero hace poco, en 2013, lo dijo también el secretario de Estado, John Kerry. Y fue paródico e indignante por lo mismo: porque probó que entre Estados Unidos y estos países no ha habido una relación sino un sometimiento.

En nombre de su propio nombre, los Estados Unidos de América hicieron lo mejor que pudieron, desde mediados del tumultuoso siglo XIX, para explotar un continente plagado de conflictos internos que impedían una correcta propagación del capitalismo. El proyecto a vapor de los Estados Unidos se tomó así Puerto Rico, Cuba, Panamá cuando seguía siendo una región de Colombia a punto de construir un canal. Y cien años después, como siguiendo las lecciones de los imperios salvajes, América aprovechó su triunfo en la Segunda Guerra para apropiarse del resto de los Estados americanos —con el propósito y el pretexto de detener la amenaza soviética en plena Guerra Fría— por medio de escuelas, de alianzas para el progreso, de intervenciones militares, de golpes de Estado, de comedias con risas pregrabadas.

Quizás yo nací tarde, pero la verdad es que, educado por los libros y por las películas gringas en los años ochenta, no se me ha dado bien el sentimiento anti yanqui. Y, sin embargo, me ha parecido vergonzosa la manera como, luego de la estrepitosa caída del Muro y de la decadencia del concepto del patio trasero, Colombia ha sido el país que no solo se ha estado ofreciendo una y otra vez a ser una base norteamericana para impedir que la dictadura venezolana —empobrecida hasta la violencia— termine sirviéndoles a los intereses de otros imperios, sino que, con la ayuda de guerrillas obtusas e inhumanas, y con el pretexto de un fantasma comunista que sigue recorriendo el mundo como el Coco, ha tenido el estómago para cruzarse de brazos mientras la izquierda sigue siendo sobre todo una minoría exterminada.

Dicen que fue el brillante escritor norteamericano O. Henry quien en 1901 se inventó la expresión perversa “república bananera” para referirse a estos países empobrecidos, matoneados, corrompidos por —por ejemplo— la United Fruit Company. O. Henry podría hablar así de su propio país, hoy, porque tampoco allí la democracia parece un hecho. Mientras Trump daba sus declaraciones irresponsables de la semana pasada bajo la mirada benévola de Duque, mientras Trump amenazaba con mandar tropas a Colombia si Maduro no dejaba Venezuela, era claro que los pobres Estados Unidos llevan dos años tratando de evitar el otoño de ese patriarca: su legitimación de tantas violencias, su delirante cierre del Gobierno, su absurda “emergencia nacional”, su muro caprichoso e inútil para que no se les vaya a meter allá nadie del patio trasero.

Fue raro pero cierto el encuentro de estos dos presidentes inesperados. Se hicieron la venia. Se dieron la mano. Y pareció claro que no será Colombia, este país que ha vivido a merced de tantos locos como asumiendo un complejo, la que decidirá el futuro de Colombia: pareció claro que lo único que puede salvarnos de que el déspota de arriba nos embarque en el desastre es que el déspota de al lado se apiade y se vaya.

 

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