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José Luis Rodríguez visto por Tito Caula ; Por Milagros Socorro

 

“Le doy gracias a Dios, que hizo el milagro en mí, mi cristo amado, para poder ver este día, para poder ver a Venezuela libre”, así comenzó el discurso con el que José Luis Rodríguez abrió el concierto “Venezuela Aid Live” organizado por el millonario británico Richard Branson en la frontera entre Colombia y Venezuela para instar al régimen de Nicolás Maduro a que permitiera el ingreso de ayuda humanitaria.

–­­No me podía llevar la muerte –siguió Rodríguez– antes de ver esto, que es tan emocionante para el mundo y para todos nosotros. Quiero dar las gracias a Brasil. Gracias a nuestra querida y amada Colombia, y a Estados Unidos por la ayuda y la solidaridad que han tenido para con nosotros. Es tan simple y sencillo pedir libertad después de veinte años de ignominia, de dictadura marxista, populista, que ya tiende a acabarse en toda la América Latina. No es mucho pedir. Basta ya. Basta ya de dictaduras de izquierda en América Latina. Gracias, presidente Guaidó. Gracias, Asamblea Nacional. Y gracias a los políticos de la oposición, que se mantengan firmes. A los venezolanos que están allá, que no desmayen; que las sangres que se ha derramado no va a ser en vano: han hecho surcos, caminos, que nos van a conducir a todos a la libertad que tanto anhelamos. [La gente corea: ‘Libertad, libertad’]. A los soldados venezolanos les digo: son nuestros hermanos, ustedes tienen solamente un uniforme y un arma. Despójense de eso, del uniforme y de las armas. No disparen al pueblo porque esto va a pasar y vamos a reconciliarnos. Disparen al aire, celebrando la libertad democrática de Venezuela. Gracias”.

Era su voz de siempre. Cálida, varonil, con buena dicción y acento caraqueño. Pero al entonar “Agárrense de las manos” se echó de ver que ya no es el mismo. Sería imposible. Este viernes, 22 de febrero de 2019, fue la primera vez que cantó en público después de haberse sometido a un doble trasplante de pulmones, en el Hospital “Jackson Memorial” de Miami, para tratar la fibromatosis pulmonar, enfermedad incurable que venía padeciendo desde hace varios años. Esa intervención jamás se ha hecho en Venezuela. Además, Rodríguez se fue de este país en 1976, cuando puso su carrera en manos del empresario argentino Héctor Maselli, quien le dio un alcance internacional. Primero se fue a España y luego a los Estados Unidos, donde se casó por segunda vez y estableció una familia. En 2004 adoptó la nacionalidad estadounidense, sin dejar, naturalmente, de ser venezolano.

José Luis Rodríguez González nació en Caracas el 14 de enero de 1943. Fue el último de los once hijos del comerciante español José Antonio Rodríguez y la venezolana Ana González. Como su padre murió cuando José Luis tenía 6 años, su madre, que era militante adeca, decidió exiliarse en Guayaquil, Ecuador, durante la dictadura de Pérez Jiménez. De regreso a su ciudad, José Luis terminó el bachillero en el liceo Pedro Emilio Coll y luego ingresó en la Escuela Técnica Industrial de Caracas. Quería ser técnico electricista. Pero, claro, ya cantaba en eventos de los centros educativos por donde pasaba y en serenatas. Hasta que lo llamaron para sumarse al conjunto juvenil Los Zeppy, versión local de Los Platters y de Los Cinco Latinos.

A mediados de 1962, el grupo se separa y el joven cantante comienza a participar en concursos de aficionados y a presentarse en locales caraqueños. Chelique Sarabia lo invita a su programa de televisión, donde empieza a presentarse con regularidad.

A mediados de 1962, el grupo se separa y el joven cantante comienza a participar en concursos de aficionados y a presentarse en locales caraqueños. Chelique Sarabia lo invita a su programa de televisión, donde empieza a presentarse con regularidad. Ese mismo año graba su primer disco y desempeña un pequeño papel en la película “Cuentos para mayores” de Román Chalbaud. No era gran cosa. Ni el disco ni los minuticos de actuación pasaron a la historia de las grandes performances, pero el caso es que no haría otra cosa el resto de su vida.

En septiembre de 1963, Luis María ‘Billo’ Frómeta lo contrata como cantante en su orquesta en reemplazo del bolerista Felipe Pirela. Estuvo tres años como crooner de la entrañable orquesta bailable. En 1966 se casa con la cantante y actriz Lila Morillo, con quien tendría dos hijas. La pareja se separó en julio de 1986.

En 1967, José Luis Rodríguez debuta como actor de telenovelas, género que le dio una enorme figuración en una época en que los seriados dramáticos venezolanos tenían gran éxito en muchos mercados del mundo. En 1974, cuando ya era una figura muy popular, coprotagoniza la telenovela venezolana “Una muchacha llamada Milagros”, escrita por la cubana Delia Fiallo para Venevisión junto a Rebeca González y José Bardina. Rodríguez interpretaba un personaje interesantón, por lo solitario y enigmático, a quien llamaban “El Puma”; y sus escenas las musicalizaban con la canción ‘Este es mi amigo el Puma’, del intérprete argentino Sandro. Desde entonces se le conoció por ese sobrenombre. Y hasta la fecha, por cierto.

Esta imagen, del Archivo Fotografía Urbana, fue tomada por el maestro argentino, radicado en Caracas, donde tenía su estudio, Tito Caula, alrededor de 1970. José Luis Rodríguez todavía no era el Puma y sus pulmones ronroneaban de salud y deseos de comerse el mundo.

Es como la foto de pasaporte del papirruqui de la oficina. Pero la mirada consolida una pasión, una determinación que no la tiene cualquier carita bonita. Caula captó la energía que sacó a aquel hombre del destino de electricista para izarlo a los escenarios donde estaría iluminados por muchos voltios. El pelazo abundante y brillante, acomodado en prominente copete nos remite a Elvis. Las patillas resabio de… No. Más que resabio de algo procerático, son como flechas que indican la existencia de otros yacimientos de pelos, cómo diríamos, si se siguen las indicaciones. El bozo, este sí reminiscencia de una adolescencia ardiente y fantasiosa. En este m omento, José Luis debe tener unos 27 años.

La foto es de estudio. Se ven las dos luces del fotógrafo en las pupilas, lo cual le da un brillo especial a los ojos. Las cejas llenas de poder expresivo anuncian lo que el modelo está llamado a ser, un grande de la hispanidad. Los lunares, lo mismo que la esposa bien afinada y guajira, volarían al hacerse famoso en el orbe. Y el remate, si no nos detenemos en el cuello de la camisa, asimétrico y empeñado en colonizar el pecho, es la bien dibujada boca. Los labios cerrados, pero no apretados. Un tipo serio. Confiable. “Juntos podemos llegar donde jamás hemos ido”, cantó el viernes junto al Puente de Tienditas. Echando el resto. A falta de pulmones, cantó con el corazón. Con ese oscuro acorde interior que entendió Caula. Ya son 60 años en el escenario.

 

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