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Pedro R. García: La paz  y la impaciencia de los ¿Bárbaros de nuevo cuño?

 

¿Esperamos nosotros también a los Bárbaros?

Esperando a los bárbaros, de J.M.Coetzee

“Qué esperamos agrupados en el foro?

Hoy llegan los bárbaros.

¿Por qué inactivo está el Senado e inmóviles los senadores no legislan?

Porque hoy llegan los bárbaros.

¿Qué leyes votarán los senadores?

Cuando los bárbaros lleguen darán la ley.

Porque hoy llegan los bárbaros. Nuestro emperador 

aguarda para recibir a su jefe. Al que hará entrega de un largo pergamino.

En él  escritas hay muchas dignidades y títulos

¿Por qué de pronto esa inquietud

y movimiento? (Cuanta gravedad en los rostros.)

¿Por qué vacía la multitud calles y plazas, y sombría regresa a sus moradas?

 Porque la noche cae y no yegan los bárbaros.

Y la gente venida desde la frontera, afirma que ya no hay bárbaros.

¿Y qué será ahora de nosotros sin bárbaros?

Quizá ellos fueran una solución después de todo.

(Konstantinos Petrou Kavafis-1904) 

Una acotación necesaria…

La paz es la hija dilecta de las honestas nupcias de orden y justicia.  Esta palabra fue inventada por los poetas, y el ser de la justicia fue meditado por los filósofos, la acción de la justicia fue usurpada por los políticos  Es por eso es que continua siendo una palabra hueca. En Mileto, la ciudad de los fundadores de la abstracción filosófica, la más antigua ciudad de Jonia, junto a los tejedores, nació en el año 611 antes de Cristo, Anaximandro, de oficio pensador; allí protegido por los leones que guardan la entrada marítima de la ciudad, donde vivió y murió en 546. Sus escritos formaron el primer libro en prosa, ya que antes de Anaximandro la lengua estaba solo en mano de los poetas.  Así pues este griego de Mileto es el primer escritor del tiempo histórico. En alguna página de aquel libro quedó impresa la palabra justicia con tal fuerza que ya no será borrada ni con la destrucción de Mileto, ni con la caída de Grecia, ni con la irrupción del cristianismo, ni siquiera con la arrogancia  perpetua de los demagogos de turno. Porque algunos descendientes de aquel pensador  preservaron la palabra justicia y la usaron en sus reflexiones, en su búsqueda de las cosas esenciales que caracterizan al ser humano, en cuanto que humano y los sucesores de Anaximandro fueron los que la historia conoce con los modestos nombres de Sócrates, Platón, Aristóteles, Tomas de Aquino, Séneca, Leibniz, Kant, Heidegger, Jaspers, quiero hacer mención de un gobernante de quienes fueron nuestros antecesores, que por escribir sobre la justicia perdió el gobierno. Fue yamado el sabio Alfonzo que quiso arrebatar la justicia de la poesía y de la filosofía y ponerla al servicio del poder. Más aun, que el poder no tuviera otro sentido distinto al claro, directo, y contundente obrar de la justicia. Escribió Alfonso en los años 1256 y 1263, El Libro de las Leyes, para el uso y buen gobierno, puso especial cuidado en la tercera partida, escritura yana con emoción de poeta, con profundidad del filósofo, con la prudencia del buen gobernante tratando de aproximarse a lo que el Estagirita yamó el justo medio “ que fabla de la justicia” y redacto en la Ley II: “pro muy grande es el que nace de la justicia: ca el que la ha en si, faz el benir cuerdamente e sin mala estancia, e sin yerro, e con mesura e un faze pro a los otros”. Aquella Constitución denominada las Siete Partidas fue redactada para perdurar. La última de las provincias que se gobernó con su letra,  fue Venezuela, que ni por asomo le yegó el influjo de La Justicia ya como letra constitucional izada. Hoy se redactan novísimas proclamas, manifiestos, producidos por las burocráticas alianzas de naciones, yamense ONU-OEA y demás y se desconocen se imputan y ahora se convocan por los nuevos alaricos a inéditos y milagroso textos, jurídicos fórmales todo acompañado de una alambicado y enfático discurso, mientras que los preteridos permanecen en quebradas y laderas donde sobreviven en las principales ciudades marginalizadas donde no les yega la tan cacareada “paz a los hombres de buena voluntad”.  En el país más de tres millones y medio han migrado otros tres millones en el borde inferior de la sociedad y casi cuatro millones de niños que no asisten a la escuela, su injusta situación no es vista ni escuchada por los centros de poder que cierran ojos y oídos. Es hora de abordar el ejercicio de la política con “M” mayúscula: La degradación de la vocación civil en Venezuela ha provocado efectos como la rendición ante la notoriedad sin mérito o la búsqueda de hilos conspirativos para explicar una crisis económica y política que se hecho crónica. El ejercicio de poderes políticos sin responsabilidad, un Parlamento convertido en escenario de disputas estériles o los casos de presuntos corruptos y asesinos convictos a los que se prestan grandes megáfonos mediáticos han formado parte del paisaje oficial de Venezuela en durante los últimos 30, años. El problema se agudiza cuando la política deja de hacerse en los ámbitos institucionales donde debería ser reconocible y las instituciones ni siquiera cuentan con un buen análisis de las causas del deterioro de la confianza en aquellas. El engaño del debate político, sustituido por su reducción a formatos televisivos y acotados mensajes en la red, contingentes, fuerza más el escarnio que el respeto hacia las instituciones. La politiquería, los discursos comprimidos basados en argumentos redundantes de quienes gobiernan y el uso constante del “tú eres un apátrida” han hecho mucho daño a la credibilidad de la política. A cada momento estamos en la de búsqueda de chivos expiatorios, explicaciones fingidas o soluciones autoritarios para asuntos complejos. No cabe esperar de la política un gran volumen de influencia en positivo: lo que hace es aportar a la demolición de la confianza. Los nichos de abstención entre el pueblo en general, y las dudas de muchos votantes sobre sus antiguos partidos constituido un buen caldo de cultivo para buscar “otras elucidaciones” a la crisis. Los conceptos de democracia, de claridad y de responsabilidad están en juego. Yegó el momento que los actores políticos del país se comporten como individuos sensatos, que puedan atinar o dar pie con bola, pero no optar por formas de comunicación como dirigir mensajes a través de las redes, telefonear a un programa de cuentos o abusar de declaraciones unidireccionales (es decir, sin preguntas). No es raro, en ese contexto, que hasta los actores se crean autorizados a participar en el esfuerzo de quien para alegría de nuestros corazones a despertado Juan Guaido, tiempo de cesar la política como espectáculo. La frivolidad ha prosperado debido, en amplia medida, a la falta de credibilidad de los dirigentes políticos de indistinto pelaje ideológico y su inacción a la hora de abordar el rediseño de las actuaciones reiteradas y democráticas. Se conmemoran treinta y cinco años de la muerte de ese gran pensador de la estrategia que fue Michael Foucault, vale la pena repasar uno de sus textos seminales, más hermosos y entrañables, su resumida introducción a la vida no fascista escrito a modo de prefacio para la edición inglesa del Anti-Edipo, de Deleuze Guattarari. En él, Foucault, se refiere al fascismo como el gran enemigo, el adversario estratégico… y no solamente al fascismo histórico que fue capaz de movilizar y utilizar tan efectivamente el deseo de las masas, sino el fascismo  que mora en todos nosotros, en nuestra mente y en nuestra conducta cotidiana, el fascismo que nos hace adorar el poder, desear lo mismo que nos domina y nos explota.  Todavía nos queda en el país retazos de “capitanes negreros”,  el grueso de los adversarios del régimen en el trance agónico que atraviesa este como culminación de sus propios despropósitos, con un  Presidente encargado Juan Guaidó  desde el inicio de su gestión a mostrado inteligencia, mesura, humildad, pero a su alrededores se muestran trazas de impaciencia, siguen siendo presas de un tactismo alicorto, se exhiben a los ojos del país, estruendosamente conservadores: hijastros del orden burgués, la revolución socialista bolivariana no es tal, pero el grueso del país no tolerará una interrupción social. En su moral y la nuestra, Trotski redacta un manual del perfecto cínico. Según el retroceder ante los crímenes, los asesinatos, las purgas y las deportaciones es dar prueba de sensiblería y de sumisión a la moral burguesa, la revolución  sin violencia ejercida sobre terceros y, teniendo en cuenta la técnica solo servirá para retrasar el movimiento de la historia que va en sentido de la liberación de los pueblos, invocar la compasión es hacerse contrarrevolucionario, pues “todo lo que yeve realmente a la liberación esta permitido” mas tarde agregó, “solo son admisibles y obligatorios los medios que aumentan la cohesión del proletariado, (hoy en la dialéctica negriana, multitudes) que le insuflan en el alma un odio inextinguible por la opresión, que lo enseñan a despreciar la moral oficial y algunos sus seguidores demócratas. A ese ritmo si hemos de creer lo que dice Edgar Morín, hicieron falta 70 millones de muertos para crear un paraíso fracasado. A lo impensado de todo conflicto se le yama en el Argot militar de los anglosajones “For af War”, la bruma de La Guerra. El estratega Sir Basil Liddell Hart atribuye estos imprevistos o complicaciones al hecho de que ningún hombre puede calcular la capacidad del genio humano o de su estupidez, ni la capacidad de su arrojo. La paz aunque el hombre no siempre se atreva a confesarlo es su último y más intimo anhelo. Ese animal racional como lo definió Aristóteles, yeva largos siglos tratando de destrozarse a si mismo por que se piensa peor de lo que es. Lo malo será el día que Dios, harto del hombre y su cúmulo de insensateces deje secar su amorosa fontana de tolerancia.  “Cuando se cesa de invadir, se acepta ser invadido. El drama de Aníbal fue haber nacido demasiado pronto; Algunos siglos mas tarde hubiera encontrado abiertas las puertas de Roma, el imperio estaba vacante, como la Europa de hoy”. En su bárbara yegada a la mezquita de Bujara, (Un gran centro cultural de la época). Gengis Kan ordenó vaciar en el suelo gran cantidad de libros y manuscritos sagrados. Después de bailar, cantar y comer hasta saciar su apetito, Gengis ordenó a los imanes sabios, doctores, filósofos, jefes de clanes que se ocuparán de atender a sus caballos. Fornicaron hasta el cansancio como sátiros ferales, a madres, abuelas, hijas, esposas, y novias, arrancaron y pisotearon las páginas de los libros sagrados. En aquel instante, el Emir Iman Jalaleddin Aly Ben Hassan Al Rendí, jefe religioso supremo de la Transoniana, se volvió al Iman Rokndeddin Imamzadeh y le pregunto “¿Qué es lo que ocurre, Molana, es un sueño o la realidad? Molana Respondió: No digáis nada mas es el viento de la Cólera Divina que  nos barre y ya no nos quedan fuerzas para hablar.” Conocía la historia de la destrucción de la casa de las ciencias por los Mongoles, había leído el relato del saqueo de la biblioteca Ismaelita por los ejércitos de Hugalu Kan, y aún más atrás el incendio de Persepolis por Alejandro Magno. Es vital ser testigo privilegiado de su tiempo y el 18 de agosto de 1998 el viento de la Cólera “Divina”  sopló de nuevo sobre Po-i-Jonri, (Una ciudad al norte de Afganistán), vi a través de una agencia de noticias, en una de las más acabadas expresiones visuales de la globalización, como en el Centro Cultural Hakin Nassel Josrow Balij Mollah Omar, disfrazado, tal vez de Gengis Kan al frente de una horda de Talibanes, quemaban 55.000 libros. Hubiese preferido no presenciar el martirio de la espiritualidad, de la cultura y del libro por los más decadentes agentes de la hechicería y la ignorancia. Unos años después el imperio de turno blandiendo el garrote de la “Libertad y Justicia”,  con la mercadeada fabula de la posesión de armas químicas por el Dictador Iraqui aliado en perversiones anteriores emularon la infamia de los mongoles, arrasando con objetivos civiles que cobro miles de vidas, así como saqueando todos los tesoros arqueológicos tal vez los mas valiosos de la humanidad, hoy intentan farisaicamente combatir al engendro (ISIS) que ellos en sus juegos de guerra forjaron, y pretenden ampliar su agresión a Venezuela, una región que se debate ya casi sin esperanzas en un torbellino de despropósitos internos y que ha dejado tras ellas centenares de miles de muertos y millones de heridos físicos y psíquicos, pero que todavía podríamos hacer un esfuerzo y frenar, y no convertirnos tierra agotada donde los sobrevivientes aguardan la muerte súbita en el infierno que es hoy Libia, Siria, Irán, Irak, Afganistán, Palestina y Yemen, región devastada, que podrían hoy inscribir en sus fronteras las palabras que Dante hizo grabar a la entrada del infierno.

“Abandonad toda esperanza los que entrais aquí”.

El grito que sale de las gargantas conturbadas de los pueblos pide paz en la tierra…

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