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José Manuel Rodríguez: De Miguel Bosé a Superlano

 

Hasta Cúcuta, ciudad del contrabando, la cocaína y los burdeles, llegaron a tomar palco los presidentes de Colombia, Chile y Paraguay. Querían presenciar la violación a nuestro país por la manada de folloneros humanitarios. También llegó Elliott Abrams, capataz de los templarios gringos y Luís Almagro, el buscón de favores por servicios prestados a la cruzada imperial. Y no faltaría más, el autoproclamado. Un tipo parecido a esos que encontramos en cada plaza de pueblo gritando incoherencias sobre la venida de un mesías trayendo terribles eventos.

Uno pudiera tomarse el asunto a joda, pues todo lo que allí pudimos ver fue realmente deplorable. Desde Miguel Bosé a Superlano. Pero yo no tengo esa vena y lo que nos estamos jugando en Venezuela no es un chiste. Desde hace rato los gringos, maestros del eufemismo, se dejaron de eso con nosotros. Nos amenazan con guerra y muestran las imágenes de lo sucedido en Libia para que sepamos a qué atenernos.

Ahora bien, en medio del respiro por la vergüenza que el 23F originó, surgen las preguntas que cualquier ser equilibrado, con cordura pues, al margen de sus convicciones políticas se haría. ¿Qué habrá llevado a esos tres presidentes, desnudados de las tan cuidadas formalidades presidenciales, a presentarse con toda esa corte de los milagros reunida en un puente como si fuera manga de coleo? ¿Es sólo por los arrumacos con el país de la violencia o también por el sexo con burundanga que les practican?

Lo de Ivan Duque se entiende, la coquera y el sicariato es útil para los intereses norteamericanos. Piñera ha convertido a su gobierno en una gestoría empresarial y en eso todo vale. Ya lo tenía claro cuando empujó al ex-ministro de Hacienda de Pinochet, descendiente de alemanes nazis, para las elecciones del año 89. Y el tercero, Mario Abdo, hijo de la dictadura de Stroessner, estudió desde pequeño en USA participando en entrenamientos con las Fuerzas Especiales de ese país, y luego convertido en su agente. Los otros dos nombrados son, como la pareja Bonnie and Clyde, hongos brotados de una cultura de la violencia.

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