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El tamaño de la esperanza; Por Mariano Nava Contreras

 

En octubre de 1812, hace doscientos seis años, llegaba Bolívar por primera vez a Cartagena de Indias procedente de La Guaira y Curazao. Era su primer exilio. Llegaba triste y abatido después de lo que acababa de vivir, los terribles sucesos de aquel año fatídico. En marzo había tenido que sufrir el terremoto del Jueves Santo, auxiliando a numerosas víctimas en medio de tanta muerte y destrucción. Después le había tocado participar en el derrumbe de la república que él mismo había ayudado a construir, como si el desplome de aquellas viejas casas caraqueñas hubiera sido vaticinio de otras caídas. Para completar, había sido parte activa del fracaso, al dejar perder el castillo de San Felipe de Puerto Cabello, cuya defensa le había encomendado el mismo Miranda. Se trataba del fuerte militar más importante del país, pues guardaba el más grande arsenal a la vez que servía de cárcel a numerosos prisioneros realistas. Éstos lograron sobornar a la guardia y tomaron el fuerte que un inexperto coronel no supo defender. La caída del castillo de Puerto Cabello significó un golpe mortal para la agonizante república, pero también un estrepitoso fracaso para Bolívar. “Mi General, mi espíritu se halla de tal modo abatido que no me siento con ánimo de mandar un solo soldado”, había escrito a Miranda.

Todavía los historiadores no terminan de ponerse de acuerdo sobre la participación que tuvo Bolívar en la captura y entrega de Miranda a Monteverde. Miranda había firmado capitulación días antes y faltaban apenas horas para que zarpara de La Guaira. Lo cierto es que esa noche, recordemos, Bolívar estuvo presente, y que a cambio el mismo Monteverde autorizó que se le expidiera salvoconducto para que saliera del país. Cuenta Augusto Mijares que Monteverde ordenó conceder pasaporte a Bolívar “en recompensa por los servicios prestados al rey”, a lo que el caraqueño, altanero, respondió que no había apresado a Miranda para favorecer a ningún rey, sino para castigar a un traidor a su patria. Lo cierto es que con ese pasaporte se sellaba no solo el fin de una república, sino también el de una amistad y admiración sinceras. Sean cuales fueran las razones de Bolívar, no creo que el asunto le hubiera dejado gratos recuerdos.

Son estos los tristes sentimientos y memorias con que desembarca en Cartagena de Indias, cuando no era más que un joven coronel desconocido y fracasado; cuando, como dice William Ospina, al igual que Ulises, era nadie. Se aloja en una pequeña casa de la Calle San Agustín Chiquita, hoy restaurada por el Banco de la República y uno de los escenarios culturales más importantes de la ciudad. De inmediato se pone en contacto con otros expatriados venezolanos, como el ex-ministro de la Alta Corte de Justicia de Caracas, Vicente Tejera. El 27 de noviembre escribe una carta poniéndose, junto con sus paisanos, a la orden del gobierno de la Provincia de Cartagena, que hacía poco también había proclamado su independencia de España. Le interesa mucho reconstruir su reputación de militar, para después afincar sobre ella la del político.

En esa misma casa de la Calle San Agustín Chiquita, redactó también su Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, que seguramente ya venía madurando desde Curazao. El documento, conocido después como Manifiesto de Cartagena, fue firmado el 15 de diciembre y dado a las prensas en enero del año siguiente. Acerca de la agudeza y razones de sus diagnósticos han escrito ya solventes historiadores. Allí Bolívar reflexiona sobre las causas que llevaron a la caída de la Primera República y exhorta a los neogranadinos a que eviten repetir tales errores. También les pide que lo ayuden a liberar a su país: “Libertar a la Nueva Granada de la suerte de Venezuela y redimir a ésta de la que padece, son los objetos que me he propuesto en esta memoria”. Como dice Elías Pino, peleará, pues, para Cartagena, pero pensando en Caracas.

Para Bolívar, cuatro fueron las causas de la ruina política venezolana: en primer lugar, la adopción de un sistema excesivamente descentralizado y liberal, lo que generó un gobierno débil (es célebre la frase: “tuvimos filósofos por jefes, filantropía por legislación, dialéctica por táctica y sofistas por soldados”). En segundo, el exceso de burocracia y la falta de disciplina en el manejo de las rentas públicas. En tercero, la falta de un ejército fuerte, y en cuarto, el terremoto de 1812 y el fanatismo religioso que le siguió. Finalmente propone estrategias concretas para iniciar una campaña militar destinada a liberar a Venezuela desde la Nueva Granada antes de que lleguen refuerzos de España.

¿Qué es lo que hace que un joven e inexperto soldado, sobre el que aún pesa un lamentable fracaso, solo y desconocido en un país extraño, con no más de mil quinientos pesos en el bolsillo y cincuenta kilos de plata en las maletas, se atreva a escribir semejante documento? ¿Hasta dónde puede llegar el arrojo de quien se siente convencido de la irrefutabilidad de sus principios y de sus creencias, de lo incontestablemente justo de su causa? En una palabra, ¿cuán grande es la esperanza de los que saben que tienen la razón? Bolívar, exiliado a los 29 años, da muestras por primera vez en Cartagena de esa asombrosa capacidad de reponerse de sus fracasos, de superar sus derrotas, que por cierto fueron muchas. Como dice John Lynch, en el Manifiesto de Cartagena Venezuela se presenta como una lección de política, o quizás, agregaría yo, de mala praxis política. Allí Bolívar repasa sus errores, analiza sus posibilidades y propone soluciones para echar de nuevo a andar. Ya no es el ingenuo de apenas hace meses. Ahora, el ritmo del documento lo descubre, se trata de un frío analista y un estratega duro, descreído, autocrítico, quizás incluso escéptico. Ahora es otro. Reinventarse a través de la escritura. Lo mismo hará tres años después, cuando tenga que volver al exilio y escriba entonces su Carta de Jamaica.

Dolernos, entristecernos, enfadarnos, lamernos las heridas, sí, pero también reflexionar, corregir, levantarnos y volver a comenzar. Es otra de las grandes lecciones que nos dejó Bolívar el hombre, el ser humano más que el guerrero.

 

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