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Rafael del Naranco: Una tumba a ras de tierra

 

Quizás no he subido a la heredad de mis mayores a escuchar el bramido del  viento ni a contemplar  la bravura del mar Cantábrico, ni a vislumbrar siquiera  los lienzos de Velásquez, Goya o  Julio Romero de Torres. Tampoco a leer  a Miguel de Unamuno en la “Tía Tula” o “Campos de Castilla” de Machado (don Antonio): para eso sobran las noches lánguidas en la Valencia mediterránea en la que me ha posado el obligado exilio venezolano.

Solamente acudo en lejanos  días al encuentro  de  madre, deseoso de palpar sus cicatrices  perforadas de alejamientos sobre la tumba a ras de una tierra húmeda en  mi heredad asturiana.

De ella aún me envuelve su pelo bruno y  la comisura de ese  rostro terso donde dos ojos color ámbar resaltaban su redondez. En ellos contemplaba mis perpetuas turbaciones.

– ¿Sigues bien, hijo?

– Fatigoso  estoy, madre, y aún así  sereno conmigo mismo.

-Te contemplo abatido, pequeño mío. Eso me dice que ya no regresarás. Te estoy perdiendo y me alegro por ti. Ha sido un error mantener el cordón umbilical de tu vida  atado a mi hipogeo. Aléjate sereno, sin pesadumbre;  desearía poder dormir los últimos años rumiando mis propias evocaciones. Estoy segura de que la próxima vez, los dos ya seremos polvo de estrellas.

– Regresaré.

– Vete ya. La calina baja con prisa y no es bueno que te encuentre hablando conmigo. Es una de mis mejores compañías y siente celos de todo, hasta del viento y el alba. Llévate también las flores que has traído; si vivo en ti no  estaré olvidada.

Besé su rostro de nácar y partí con la sensación de estar cerrando un capítulo de mi existencia, el de las tiernas sensaciones, los caminos en flor entre cerezos, chopos, robles y frondosos abedules.

Por estos andurriales de la infancia perdida compraré libros, y recorreré rincones  de la  heredad en la que he vivido años de desaliento y dudas.

La villa y cote de los madroños sigue manteniendo, bajo la brisa del cercano Guadarrama y los bosques de El Pardo, el embrujo de una metrópoli que siempre ha sido generosa con el forastero,  abierta a ideas espaciosas, pasiones y expectativas.

Si hay tiempo, un paseo a Toledo. Ver nuevamente  la garganta del río Tajo,  contemplar los almendros  inclinados sobre sus lomas aceitunadas, mientras la milana de corto vuelto, escapada de la Castilla vieja y barbacana, duerme su profundo desarraigo sobre los collados de los bajos andurriales.

Sin duda para andar y ver hay un inmenso paisaje  de salpicados  colores, como si esa tapia escarchada en la que una pareja de gorriones de casero vuelo  hacen equilibrio, fuera un mural de protesta, o un grito roto nacido en la juventud lejana, expatriada y desabrida.

Es la existencia saliendo de nuevo a nuestro encuentro sin la misma pasión de antaño.

Uno ni es joven  ni viejo, simplemente vive,  con la salvedad certera de estar cada día más  cercano a la amada catacumba  en la que reposa madre.

 

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