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Un amor surgido entre las páginas de los libros

 

Durante seis años de soltería a mis veintitantos, me convertí en alguien que no conocía. Antes, siempre había sido una lectora. De niña caminaba a la biblioteca varias veces a la semana y de noche me quedaba despierta leyendo bajo las sábanas con una linterna. Sacaba tantos libros y los regresaba tan pronto que en una ocasión la bibliotecaria explotó: “No te lleves tantos libros a casa, si no vas a leerlos todos”.

“Pero sí los leí todos”, le respondí, dejándole la carga en los brazos.

Fui estudiante de Letras Inglesas en la universidad y después obtuve la maestría en Literatura, pero poco después de que la tesis engargolada ocupó su lugar en la repisa junto a mi título, dejé de leer. Sucedió gradualmente, como cuando sanas o mueres.

Cuando creé mi perfil en OkCupid (usuario: missbibliophile52598), llené la sección de “Libros favoritos”, y dejé que mi gusto literario hablara por mí: Cien años de soledad, París era una fiesta, Colmillo blanco, El buen nombre, El mundo conocido, El dios de las pequeñas cosas, El lugar del aire. No obstante, sentí un pánico repentino cuando me di cuenta de que habían pasado más de dos años desde que leí la mayoría de estos títulos y, en algunos casos, más de cinco años.

A pesar de mis antecedentes, traté de mantener mi personaje de ratón de biblioteca. Me uní a clubes de lectura en Meetup.com a los que nunca asistí. Saqué de la biblioteca un ejemplar de Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro, porque todos lo estaban leyendo, solo para entregarlo con retraso de una semana, sin leer y con multas por pagar.

Seguía amando la idea de leer. Atesoraba los libros y las librerías. Siempre que encontraba una, me quedaba durante horas entre los estantes como si estuviera poniéndome al corriente con viejos amigos, elegía ejemplares que ya había leído y compraba libros nuevos que no había leído.

Cuando la novia de mi padre me regaló un libro de Joel Osteen en Navidad, lo devolví para intercambiarlo por Una bendición de Toni Morrison. También compré la colección de cuentos de Dostoievski, pero no leí ninguno.

David fue mi primera cita en OkCupid —mi primera cita en línea en la vida—. Era alto y agradable, aunque tímido. Le hice una pregunta tras otra para mantenerlo a gusto y hacer que fluyera la conversación, pero también para desviar su atención (un truco clásico de los introvertidos).

En su perfil decía que le gustaba leer, así que le pregunté por el libro más reciente que había leído. Su rostro se iluminó y sus dedos comenzaron a bailar. Las primeras semanas me di cuenta de que David leía mucho más que yo, uno o dos libros a la semana, aproximadamente. Parecíamos una pareja improbable: yo soy una mujer negra de 1,61 metros, de madre caribeña; él es un hombre blanco que mide 1,90 metros y es originario de Ohio. No obstante, a medida que nos conocíamos, nuestra fe compartida y amor por los libros zanjaba las brechas.

La primera vez que David fue a mi casa, comparamos nuestras bibliotecas. Solo teníamos cuatro libros en común; dos de ellos eran colecciones de C. S. Lewis. David prefería la historia y la no ficción, mientras que a mí me atraían los escritores negros de ficción y las historias de inmigrantes.

Meses más tarde, cuando comenzamos a hablar de la posibilidad de casarnos algún día, no mencioné el tema de fusionar nuestras bibliotecas, no porque temiera tener que separarlas algún día, sino porque me gustaba tener mis propias historias para compartir.

En nuestra séptima cita, David y yo visitamos la biblioteca central.

“Te propongo un juego”, dijo, mientras sacaba dos bolígrafos y pequeñas hojas autoadhesivas de su bolsa. “Busquemos libros que hayamos leído y dejemos reseñas para el siguiente lector”.

Vagamos entre los pasillos durante más de una hora. Al final, nos sentamos en el piso, en la sección de poesía, y le leí un verso de Linda Pastan. Él escuchó, con la cabeza inclinada hacia abajo, la barbilla contra el pecho, y luego preguntó: “¿Qué es lo que te gusta de ese verso?”.

Aquella primavera, mientras hacíamos un pícnic al aire libre, le pregunté: “Si te digo algo, ¿prometes no juzgarme?”.

David dejó de escribir la lista de los libros que planeaba leer durante el verano y levantó las cejas.

“Este año, solo he leído un libro”, confesé. “Empecé otros tres, pero no los he terminado”.

“Pero estamos en junio”, respondió.

“Lo sé”.

“¿Un libro?”.

“Lo sé”.

“Pero te gustan los libros”, dijo. “Te gustan las librerías. Te gustan las bibliotecas”.

“¿Acaso este asunto termina con la relación?”.

“No, pero, aun así. ¡Ponte a leer!”.

Estaba dolorosamente consciente de la flagrante hipocresía de mi vida. Defendía las virtudes de las librerías en la era de las ventas en línea y compraba libros siempre que tenía oportunidad, pero a duras penas los leía. Se quedaban por todos lados, hasta que mi casa parecía vestir libros tal como uno viste ropa. Se acumularon en las sillas y rodearon los brazos del sofá.

En japonés hay una palabra para esto: tsundoku, el acto de comprar libros que nunca lees.

Los estantes de mi biblioteca se pandean en el centro, y no solo porque están hechos de triplay barato, sino porque tienen dos hileras de libros, la del frente y la de atrás.

Si quiero encontrar un libro de mi época universitaria, o de antes de esta, sé que debo buscar en la fila de atrás. Si estoy buscando una adquisición reciente, reviso la del frente. Alrededor del librero hay pilas con diferentes categorías de libros. Entre ellas: libros que he leído; libros que quiero leer; libros que empecé, pero no terminé porque no me gustaron; libros que comencé y me gustaron, pero cuya lectura no podía justificar debido a su contenido sexual gráfico o violento. En esa categoría hay dos libros de Philip Roth.

La última vez que visité una librería de todo por un dólar, compré cinco títulos para mí y dos para David. Su orden de “Ponte a leer” resonaba en mi cabeza. Una tarde, tomé uno de los libros de pasta dura que había comprado en esa librería solo porque el título me pareció poético.

Me costó mucho trabajo engancharme con el libro. Se suponía que el narrador era un hombre de edad avanzada, pero me pareció que sonaba más a cómo se imagina una mujer joven que se escucha un hombre viejo. Cada vez que me sentía tentada a abandonarlo, pensaba en David. Él acababa de empezar La broma infinita.

Me obligué a leer los dos primeros capítulos y cuando llegué al tercero descubrí un narrador nuevo. Me encantó la alternancia de voces. Me llevé el libro al trabajo y lo leí en el almuerzo. Lo leí de vuelta a casa, levantando de vez en cuando la mirada mientras caminaba para asegurarme de evitar a los extraños y el concreto disparejo.

Me vanaglorié de que, mientras mis pares millennials también caminaban con la cabeza gacha, y los ojos mirando apenas por encima de las palmas de las manos, yo no estaba solo recorriendo las publicaciones de Instagram. Estaba leyendo. Leyendo un libro.

“¿Qué tal tu día?”, preguntó en un mensaje de texto.

“Bien, estoy un poco cansada”, respondí. “Me quedé despierta hasta tarde y terminé mi libro”. Yo había tratado de sacar el tema de forma casual, pero estaba orgullosa de mí misma. La última vez que me quedé despierta toda la noche leyendo fue cuando tenía 12 años y el libro era Mujercitas.

No era una competencia, pero había cierta presión. Sentí que David me impulsaba a ser de nuevo la persona que solía ser y la que quería ser. Siempre que comenzaba a hablar del libro de no ficción que estaba leyendo acerca del surgimiento de Silicon Valley o de filósofos del medioambiente, yo le hablaba de ficción, de hombres que abandonaron su país escondiéndose en cajas solo para salir trepando y convertirse en pájaros. Le recordaba que en ocasiones la única manera de explicar el mundo en que vivimos es inventándolo.

Una vez le pregunté a David qué le gustaba de mí.

Hizo una pausa y dijo: “Haces que sea menos cínico. Contigo veo el mundo como un lugar lleno de maravillas”.

Al cabo de poco más de un año de nuestra cita en la biblioteca, David sugirió que la visitáramos de nuevo. Mientras caminábamos entre los estantes, me preguntó si recordaba el juego de nuestra primera visita, cuando pusimos reseñas escritas en hojas autoadhesivas sobre nuestros libros favoritos.

“Sí lo recuerdo”.

Sacó un libro del estante, se hincó en una rodilla y lo abrió. Dentro, su nota decía: “Karla, siempre has sido tú. ¿Te quieres casar conmigo?”.

Su propuesta había permanecido entre las páginas de The Rebel Princess durante más de un año.

“Sí”, respondí. “Me quiero casar contigo”.

Nos abrazamos en medio del pasillo de ficción, rodeados de las historias de otras personas y a punto de iniciar la nuestra.

Karla Marie-Rose Derus 

Este texto fue publicado originalmente en The New York Times en español.

 

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