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Enrique Meléndez: Miseria de la propaganda

 

Uno observa la miseria de la propaganda de la gente, que nos gobierna, en detalles como el del joven colega periodista, reportero de uno de los canales del Estado, que aparece en un video en la autopista Francisco Fajardo (Caracas), sobre el cauce del río Guaire, y de cuya cuesta se ve venir gente con botellones de agua, y a quien aborda, precisamente, este joven colega; para que le declare que no es, propiamente, de la corriente putrefacta, que ha tomado esa agua, sino de un chorro, que nace en esa cuesta de lo que se conoce como agua viva, y entonces enfoca los botellones con las cámaras, para que se vea que el líquido es, completamente, cristalino, mientras le dice la gente que, en efecto, no se ha servido de aquella famosa corriente, que Chávez ordenó en cierta oportunidad, que se purificara; creo que el término es cristalizara.

Por lo demás, siempre se lo recuerdan a la entonces ministra del Ambiente Jacquelín Farías, y quien se comprometió en uno de sus programas dominicales a llevar a cabo esta tarea lo más pronto posible; por lo que Chávez concluyó que en el futuro más inmediato iba a ver gente bañándose allí, y para lo cual disponía cualquier gran cantidad de millones de bolívares, como hacían los pobladores de Caracas hasta muy entrado el siglo XX; pues, al final, se volvió una cloaca de aguas parduscas; cuyo cauce la modernidad de la urbe obligó a que fuera canalizado, y así se ve una senda de concreto, en cuya cuneta corre el río; que divide en dos a la ciudad capital. ¿Qué se hicieron esos reales? El misterio más absoluto.

Hablo de miseria de la propaganda, por la circunstancia de que, quienes le pautaron a este joven esta tarea, olvidan que por las redes sociales llega ese momento televisivo, en el que Chávez hace semejante promesa; como una de las grandes ironías, que se permite la opinión pública; lo que significa escupir para arriba. Incluso, hay aquel ecologista que se ha atrevido hasta ofrecerle a la ex ministra Farías comprarle un traje baños; para cuando se haga realidad ese sueño de Chávez; para que imite a los caraqueños de otrora, dicho en términos literarios, quienes disfrutaban de la pureza de aquellas aguas, y no se olvide que la gran filosofía tiene, entre sus antecedentes, la metáfora de un río; aquélla cuando Heráclito decía que nadie se baña dos veces en un mismo río, en su famosa polémica con Parménides, a propósito del concepto de ser y de no-ser; aunque ya eso es materia de especialista. El hecho cierto es que en el fondo avergüenza, que a esta altura de nuestra modernidad los pobladores de la ciudad capital hayan tenido que surtirse de una vena de agua, como consecuencia del más que terremoto, como ha dicho alguien, que hemos tenido a raíz del apagón de este aciago jueves 7 de marzo.

Lo que marca la diferencia entre aquel caraqueño y éste de nuestros días; que se acostumbró a vivir con un servicio público, que le evitaba tener que servirse de las aguas del río de la ciudad, yendo a su orilla a buscarlas con un balde, para surtirse de ella, con motivo de las necesidades básicas de los hogares o zambulléndose en sus pozos; algo que fue común en esa Venezuela, digamos, predemocrática.

A ese respecto, habría que remontarse a la época de Eleazar López Contreras, cuando se comienzan a construir los primeros acueductos en las ciudades, y esto por iniciativa de hombres como el doctor Enrique Tejera, a quien le correspondió ser ministro de la salud durante su gobierno, y quien le hace ver al presidente López Contreras lo expuesta que quedaba una población, que se servía de la corriente de unas aguas, por donde transitaban constantemente recuas de animales, que transportaban víveres a la ciudad de sus pueblos periféricos.

No es porque esté completamente cristalina el agua, que extrae el caraqueño en estos instantes de esas fuentes naturales, que uno ve que nacen, no sólo en las orillas del Guaire, sino por toda Caracas, en especial, en las faldas del Avila, y que hablan de corrientes subterráneas; que hay que darse por satisfecho, que sería “alegría de tísico”, como se dice también en este caso, sino que la tragedia de la opinión pública consiste en presenciar una escena que nos retrotrae a épocas pasadas, repito, cuando no existían los servicios públicos; además de agua, electricidad, aseo urbano, cloacas y teléfono, digamos, que ha constituido lo básico en que se desenvuelve el bienestar de nuestra vida actual, y por donde se mide el grado de pobreza de una población, y a consecuencia de una clase gobernante que no siente ninguna responsabilidad ante el ejercicio, que ha asumido, de servir a la colectividad; pues, así como es improvisada, tampoco es previsiva; de modo que nos hemos quedado en la más absoluta penuria y precariedad existencial, como bien lo advertían los pronosticadores del futuro, así como los especialistas en el tema, no sólo de la electricidad, sino también de esos cinco servicios básicos, que he mencionado.

De hecho, yo he estado presente en conferencias, donde ha participado José María De Viana, ex presidente de Hidrocapital, y quien al comienzo de su peroración le ha pedido a la audiencia, que levante la mano aquél que se sirve, directamente, del agua que le llega del tubo, y ninguno lo ha hecho; pues ese líquido no goza de la mejor fama en materia de pureza, y esto porque su origen no es tratado, de acuerdo a las reglas universales de la potabilidad; en especial, porque las plantas de tratamiento allí no funcionan, y en ese acueducto desembocan corrientes de ríos contaminadas con aguas servidas; sin que nuestra clase gobernante se preocupe por esta situación; pues nada le cuesta abastecerse de lo que llaman agua mineral, que compra por botellones; mientras que el que no está en condiciones de hacerlo, tiene que hervir el preciado líquido.

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