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Cuando los autores de ciencia ficción ‘pronosticamos’ el futuro

Parece que todos estamos obsesionados últimamente con las profecías, tal vez porque ahora sí vivimos en una suerte de distopía. Varias pancartas en la Marcha de las Mujeres en Washington de 2017 decían: “¡Que Margaret Atwood vuelva a ser ficción!” y “Octavia nos lo advirtió”. Las noticias sobre el aumento de las prohibiciones al aborto legal en Estados Unidos y de recortes al presupuesto de la organización de salud femenina Planned Parenthood sí parecen escenas directas de la novela Cuento de la criada de Atwood (1985). Asimismo, la serie novelística Parable, de Octavia Butler y publicada en los noventa, curiosamente habla de un candidato presidencial que promete “hacer grandioso a Estados Unidos otra vez”.

Namwali Serpell

En The Dreams Our Stuff Is Made Of: How Science Fiction Conquered the World, Thomas Disch le llama a este intercambio entre ficción y realidad “visualización creativa”. El mundo de los negocios ha empezado a aprovecharla. Los diseñadores del iPhone y Kindle mencionan que se han inspirado en algunas obras de ficción. Boeing, Nike, Ford e Intel han contratado empresas de prototipos, de proyección del futuro o de construcción de mundos para desarrollar productos. El autor Brian Merchant, en una publicación en la plataforma Medium, bien lo dijo hace poco: estas compañías “hacen lo que la ciencia ficción siempre ha hecho: construir mundos suntuosos y especulativos, describir la abundancia y los peligros de esos mundos y, finalmente, vislumbrar cómo se derrumbaría ese futuro”. Es ficción “especulativa” en el sentido financiero, una nueva manera de apostar con el futuro de las personas.

La ironía detrás de este nuevo y valiente modelo de negocios, o lo que comprueba su valor, es que la ciencia ficción ya lo había visto venir. Las distopías desde hace mucho han retratado el reclutamiento de artistas para llevar a cabo nefastas labores corporativas. En Blade Runner 2049, por ejemplo, la Corporación Wallace le encarga a una mujer la tarea de crear recuerdos para androides, no para los personajes de una novela.

Resulta algo autocomplaciente que los creadores de ciencia ficción insinúen que son los diseñadores del mundo que nadie reconoce. Pero sí parecen tener un don para la innovación. El género ha predicho la comunicación satelital, las tabletas, los submarinos, los psicotrópicos, las extremidades biónicas, los sistemas de circuito cerrado CCTV, los autos eléctricos y las videollamadas. Se pueden encontrar decenas de otros ejemplos de aparatos ideados por la ciencia ficción en el internet, el cual también es un ejemplo de este fenómeno. La palabra ciberespacio apareció por primera vez en la novela ciberpunk Neuromancer (1984), para describir una “alucinación consensual… una representación gráfica de información abstraída de los bancos de datos de todas las computadoras del sistema humano”. Su autor, William Gibson, es nuestro Nostradamus predictor: sus novelas han profetizado los programas de telerrealidad, la mercadotecnia diseñada para viralizarse en redes y la nanotecnología.

Yo escribo ciencia ficción del futuro próximo, así que constantemente pongo a prueba mis propios poderes para profetizar. Una vez escribí un cuento sobre una pareja con fobia a los gérmenes que quiere tener sexo sin tocarse. Compran el TouchFeely —mi guiño al sensorama o los feelies en Un mundo feliz (1932) de Aldous Huxley— un aparato que incluye un dildo eléctrico y una funda que se comunican de manera remota. El año después de que se publicó la historia, supe de Hera y Zeus, “los primeros juguetes eróticos del mundo que funcionan con el internet”. Es curioso cómo estos dispositivos “teledildónicos” se parecen a mi invención ficticia. Quedé un tanto desconcertada. Mi historia es una sátira sobre la desconexión burguesa. Todos mis personajes comienzan a tener aventuras con el bot; uno termina ahogándose con el dildo. Pero debo confesar: también sentí un placer perverso. Fue como si hubiese mágicamente creado una realidad, el sueño de todo artista.

Más recientemente estuve investigando sobre vacunas contra el VIH para mi novela The Old Drift. Con la ayuda de un biólogo de la Universidad de Nueva York, se me ocurrió una vacuna que utiliza una técnica para atacar una secuencia específica de genes. Sentí una mezcla extraña y otra vez perversa de estupor y asombro cuando hace unos meses leí que científicos chinos había usado exactamente el mismo mecanismo para su “proyecto de desarrollo de una vacuna contra el sida”, también conocido como los bebés Crispr, los primeros humanos modificados genéticamente. He empezado a preocuparme de que, en poco tiempo los microdrones Moskeetoze™ que diseñé para la novela también cobren vida. The Scarab, cuento de Raymond Z. Gallun publicado en 1936 ya lo había vaticinado y luego la serie Black Mirrorintrodujo las abejas robot en el imaginario popular justo antes de que surgieran en la vida real: en marzo de 2018, Walmart solicitó una patente para una flotilla de drones polinizadores.

Esta es la parte obscura de la profecía de la ciencia ficción. “¡Vaya, tenía razón!” puede convertirse rápidamente en “¡Uy, tenía razón!”. Casi llegas a envidiar a Casandra, la princesa troyana que fue maldecida por los dioses para que sus predicciones siempre fueran correctas pero nadie las creyera. “Nunca he sido capaz de predecir”, objetó William Gibson en una entrevista con GQ. “Pero de alguna manera podía reinterpretar lo que ya había ocurrido”. Cuando se le informó que parecía que estaban sucediendo los desastres mundiales que había vislumbrado en su novela de 2014, The Peripheral, desde antes de que se publicara, Gibson admitió: “Eso me incomoda muchísimo”.

Y ¿qué pasa si no solo vaticinas una mala idea, sino que la inspiras? Frankenstein de Mary Shelly (1818), que suele considerarse la primera novela de ciencia ficción, en gran parte auguró esto: “Aprenda, sino de mis consejos, al menos de mi ejemplo, cuán peligroso puede resultar adquirir el conocimiento”. Pero mientras la ciencia ficción busca advertir, en el fondo los humanos somos adolescentes: nos encanta hacer lo que nos dicen que no hagamos. El Frankenstein de nuestra época, Parque jurásico (1990) de Michael Crichton, quizá hasta impulsó a los investigadores a tratar de recuperar el ADN de los dinosaurios. ¿Acaso los creadores de ciencia ficción deberían dejar de dar rienda suelta al deseo de vislumbrar el futuro?

El escritor Harry Turtledove tuiteó ese artículo con un comentario bastante exclamativo: “¡La ciencia ficción no predice el futuro! No, no, ¡carajo, NO! Usa el futuro imaginado para comentar el presente real”. Margaret Atwood suele decir algo similar y hacer eco de las protestas de Gibson. A pesar de que hay evidencias claras de las predicciones atinadas de Atwood —el surgimiento de la derecha cristiana, la carne in vitro, bots sexuales hechos a imagen y semejanza de gente real, el cambio climático apocalíptico, joyería con seres acuáticos vivos— ella sostiene: “No soy una profetisa. De verdad, no lo soy. Si lo fuera, hace años que habría vaciado la bolsa de valores… Están diciendo que Oryx y Crake y MaddAddam se están volviendo realidad. Pero están basadas en cosas que la gente ya estaba haciendo cuando yo escribí los libros. Es solo que yo andaba buscando esas cosas y otras personas no”.

Tal vez el futuro que se muestra en la ciencia ficción no es más que una lupa sobre el presente.

A algunos autores sí les gusta ser profetas. En 1983, Isaac Asimov publicó una serie de predicciones sobre 2019. Tenía razón en algunas cosas: “El objeto o robot móvil computarizado ya está inundando la industria y al cabo de una generación penetrará en los hogares”. Pero es vergonzoso ver cuánta esperanza tenía en nosotros: Asimov pensaba que las computadoras nos liberarían de las labores más tediosas. Se imaginó que ya habríamos solucionado la contaminación, desarrollado tecnología “basada en las propiedades especiales del espacio” e incluso colonizado la Luna. Esta linda imagen podría parecer sorprendente, debido al afán de la ciencia ficción por presentar la fatalidad y la desolación. Sin embargo, dada la caída vertiginosa hacia la muerte de este planeta, en estos días imaginar cualquier tipo de futuro parece optimista, pues presupone que, cuando llegue el Apocalipsis, estaremos aquí para verlo.

Las historias son una de nuestras tecnologías más antiguas. Nos permiten tener experiencias vívidas —algunas hermosas y emotivas, otras horribles y oscuras— y luego cerrar el libro, o la computadora, y seguir sanos y salvos. Nos aportan una especie de placer perverso a la inversa; no de ver que sucede lo peor, sino de ver lo peor sin que se vuelva realidad. Y he aquí la razón por la que creo que los escritores no deberían renunciar al arte de la predicción. Los escritores no solo vemos el futuro o tenemos una perspectiva especial sobre el presente; también construimos una especie de máquina para hacer una retrospección virtual. Creamos una simulación del futuro en la que es posible sumergirse y que todos podemos experimentar y contemplar. Para que, después de todo, juntos decidamos si queremos que estos sueños se vuelvan realidad.

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