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José Domingo Blanco: ¡CDM! …

 

Para el momento en el que estoy escribiendo estas líneas, en la zona donde vivo, en la calle donde se ubica el edificio donde vivo, estamos cumpliendo 15 días continuos sin luz. Oscuridad absoluta. Servicios básicos, cero. Sin electricidad por más de 300 horas y, por tanto, sin ascensores, sin agua, sin cocina eléctrica, sin nevera, sin internet, sin mayor distracción en las noches que un radio de batería. Sin calidad de vida; pero, con mucha desazón, amargura, desaliento o rabia, depende de cuánto calor haga, cuántas ganas de comer tengamos o cuánto deseo de bañarnos sintamos. Subir y bajar las escaleras cargando agua para cubrir esas necesidades básicas en las que el “preciado líquido”, hoy más preciado que nunca, es indispensable. Así no provoque. Independientemente de que duelan o no los brazos. Porque, cargar 20, 15 o 40 litros a diario, ya no hacen ninguna diferencia. Siempre cansa. Siempre es poca. Siempre desconsuela.

He tratado de llevar el apagón, con la paciencia de quien cree que pronto todo se resolverá. Pero, no es sencillo. Las noches de nuestros tiempos no están hechas para retroceder a épocas de la colonia, donde las velas, la leña, los baldes de agua o el silencio, eran habituales. No en este siglo XXI donde existen países que generan electricidad con energía nuclear. No es el caso de Venezuela que, en menos de veinte años, unos criminales le quitaron a su progreso más de cinco décadas. Nos llevaron al pasado. Nos tienen en la miseria. Nos hunden en la pobreza. Nos generan unas condiciones de vida donde jamás veremos escrita la palabra estupenda. Así nos quieren tener. Es así como nos quieren mantener. Ocupados sobreviviendo. Enfocados en procurarnos pilas para el radio y la linterna.

El drama de la falta de servicios no es nuevo en la Venezuela que han destruido estos hampones durante los cinco lustros que nos han tenido secuestrados. Estos apagones, no tan largos como el que aún me afecta, tienen tiempo ocurriendo en el interior del país. Y, a la falta de energía eléctrica, se le suma la falta de agua y el deterioro de las comunicaciones. Ustedes se preguntarán si, en medio de esta tragedia, los vecinos de mi zona hemos buscado respuestas y soluciones. Sí, las hemos buscado. Y la respuesta es el reflejo de la destrucción premeditada, de la que ha sido víctima nuestra nación. La desprofesionalización, el deterioro de equipos que tenían que recibir mantenimiento preventivo o sustituirse por obsoletos, la falta de inversiones y la impericia en el manejo de una empresa eléctrica que convirtieron en un monstruo construido con pedazos incompatibles, es lo que ha generado este caos con el servicio eléctrico, que amenaza con repetirse, complicarse y extenderse.

Las soluciones, como todas las que ahora plantean los responsables de dirigir las empresas del régimen encargadas de procurarnos servicios públicos, convergen en una sola opción: los ciudadanos, los que pagamos impuestos, los que hemos sido espectadores de los casos de corrupción más atroces de la historia, somos los que debemos aportar el dinero –en dólares, por supuesto- que se necesita para comprar los transformadores y el cableado nuevo; materiales y equipos que debería poner el Estado, porque los equipos que se dañaron son de Corpoelec, que es una empresa del régimen; pero, como se robaron hasta el último céntimo que podían, hoy las empresas eléctricas –aunque también la empresa telefónica y la responsable de suministrarnos el agua- para resolver los problemas graves, reponer equipos y pagar a los contratistas, tienen que “solicitar” a los usuarios los recursos. Recursos que, en situación normal e ideal, provendrían de las tarifas que nosotros pagaríamos si tuviésemos los servicios públicos básicos y óptimos que cualquier nación debe poseer.

Hay dos palabras que, desde que me enteré que esa era la solución para ponerle fin a nuestro extenso apagón, no han dejado de rondar en mi mente: estafa y extorsión. Porque, el desespero de los afectados, que se acrecienta con cada hora de oscuridad que sumamos a nuestro contador de horas sin electricidad, obrará igual que como obra alguien que tiene un familiar secuestrado y espera que, con el pago del rescate, liberen al retenido.

Solo deseo que, al momento de volver la luz –aunque, debo confesarles que no me hago mayores expectativas- en vez de alegrarnos y aplaudir, gritemos el más estruendoso “Coño de tu madre…” que podamos vociferar para, de alguna manera, resarcir los cientos de horas que niños, personas mayores o enfermos tuvieron que vivir en el infierno en el que puede llegar a convertirse tu edificio –tu hogar, dulce hogar- cuando la dictadura se ocupa de destruir las empresas de servicios públicos.

 

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