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Aurelio F. Concheso: Venezuela y la vida secreta de Walter Mitty

 

“La vida secreta de Walter Mitty” es, quizás, el cuento corto más famoso de la lengua inglesa. Escrito por el ensayista James Thurber en 1939, ha sido plasmado en películas en 1947 con Danny Kate en el papel de Mitty y en 2014, con Ben Stiller. En el relato, Mitty escapa de la realidad a ratos, convirtiendo en su mente cinco eventos mundanos en acciones heroicas de su parte: ante una admonición de su esposa de reducir la velocidad del automóvil, se visualiza a sí mismo como un piloto de combate; ponerse y quitarse los guantes lo convierte en un gran cirujano; y, finalmente, mientras fuma un cigarro recostado de una pared, se considera a sí mismo un héroe ante un pelotón de fusilamiento.

El relato sirvió para bautizar como “síndrome de Walter Mitty” la tendencia compulsiva a fantasear con la que algunos hombres escapan -a su modo y heroicamente- de la rígida y anodina cotidianidad, de lo que convenimos en llamar “una vida normal”.

La figura de Mitty viene a la mente cada vez que uno tiene la oportunidad de ver algunas de las cadenas televisivas con las que Miraflores intenta prender algunos de los motores de la economía. Esta semana le tocó a los motores farmacéutico y automotriz.

De particular hilaridad y ejercicio de escape de la realidad, resultó el re-re-re-lanzamiento del sector automotriz, para un país que hace escasos veinte años producía 250.000 vehículos al año, algunos de los cuales se exportaban hasta el lejano Chile. Y, entonces, disfrutaba de una pujante industria de autopartes, también con envidiable capacidad exportadora hacia las líneas de ensamblaje de Detroit, México y Colombia.

Pero la hilaridad con la que deben haber sido recibidos los citados anuncios por nuestros antiguos competidores, seguramente, vino acompañada de la profunda tristeza y frustración de los otrora empresarios automotrices locales, como de los miles de trabajadores especializados que se ocupan de cualquier cosa en países vecinos o lejanos.

Fondo Especial Rotatorio de 25 millones de dólares para importar vehículos terminados (¿a qué bolichico le tocará raspar la olla de ese negocio?) y 10 millones de dólares para refaccionar ensambladoras.

Gotas de agua en un vaso en el que Sivensa, por sí sola, facturaba 1.000 millones de dólares al año, de los cuales la mitad era de autopartes exportadas.

Gotas de agua, que, por demás, poco o ningún efecto tendrán en las cadenas de valor que arrancan con la producción de acero líquido y aluminio primario de Guayana en plantas hoy reducidas a trabajadores jugando dominó al lado de celdas y trenes de laminación estatizados y ociosos.

Si de ensamblaje se trata, por demás, un sector en el que participaban múltiples actores, lo que queda hoy de él, escasamente, medio ensambla el 1% de lo que una vez se ensambló.

A pesar de esas realidades objetivas, con cara de seriedad, el ministro del ramo destacaba ante sus jefes: “El potencial de la industria automotor del país para cubrir las necesidades del mercado nacional y latinoamericano”. Y en otro arranque del síndrome de Mitty resaltó que: “la meta es que, en dos años, se incorpore el 50% la fabricación de piezas y partes de producción nacional para empresas que tienen producción de vehículos en la región”.

Metas totalmente irrealizables y para las cuales no se toman en cuenta las empresas y empresarios privados con conocimientos y capital. Es decir, de quienes estarían llamados a rescatar al sector que años de políticas erradas y visiones estatistas, ha aniquilado prácticamente.

Venezuela una vez tuvo ventajas competitivas y comparativas en el sector automotriz. Veinte años después, las realidades de los mercados son otras. Sin embargo, con políticas económicas sensatas en el mismo, todavía el país goza de importantes oportunidades para la evolución sectorial.

Ahora bien, difícilmente, se podrán aprovechar con una visión fantasiosa de la realidad, como la que exhiben quienes piensan que recuperar a un sector tan complejo como el automotor, es un simple ejercicio de pastoreo de nubes.

“La vida secreta de Walter Mitty” es, quizás, el cuento corto más famoso de la lengua inglesa. Escrito por el ensayista James Thurber en 1939, ha sido plasmado en películas en 1947 con Danny Kate en el papel de Mitty y en 2014, con Ben Stiller. En el relato, Mitty escapa de la realidad a ratos, convirtiendo en su mente cinco eventos mundanos en acciones heroicas de su parte: ante una admonición de su esposa de reducir la velocidad del automóvil, se visualiza a sí mismo como un piloto de combate; ponerse y quitarse los guantes lo convierte en un gran cirujano; y, finalmente, mientras fuma un cigarro recostado de una pared, se considera a sí mismo un héroe ante un pelotón de fusilamiento.

El relato sirvió para bautizar como “síndrome de Walter Mitty” la tendencia compulsiva a fantasear con la que algunos hombres escapan -a su modo y heroicamente- de la rígida y anodina cotidianidad, de lo que convenimos en llamar “una vida normal”.

La figura de Mitty viene a la mente cada vez que uno tiene la oportunidad de ver algunas de las cadenas televisivas con las que Miraflores intenta prender algunos de los motores de la economía. Esta semana le tocó a los motores farmacéutico y automotriz.

De particular hilaridad y ejercicio de escape de la realidad, resultó el re-re-re-lanzamiento del sector automotriz, para un país que hace escasos veinte años producía 250.000 vehículos al año, algunos de los cuales se exportaban hasta el lejano Chile. Y, entonces, disfrutaba de una pujante industria de autopartes, también con envidiable capacidad exportadora hacia las líneas de ensamblaje de Detroit, México y Colombia.

Pero la hilaridad con la que deben haber sido recibidos los citados anuncios por nuestros antiguos competidores, seguramente, vino acompañada de la profunda tristeza y frustración de los otrora empresarios automotrices locales, como de los miles de trabajadores especializados que se ocupan de cualquier cosa en países vecinos o lejanos.

Fondo Especial Rotatorio de 25 millones de dólares para importar vehículos terminados (¿a qué bolichico le tocará raspar la olla de ese negocio?) y 10 millones de dólares para refaccionar ensambladoras.

Gotas de agua en un vaso en el que Sivensa, por sí sola, facturaba 1.000 millones de dólares al año, de los cuales la mitad era de autopartes exportadas.

Gotas de agua, que, por demás, poco o ningún efecto tendrán en las cadenas de valor que arrancan con la producción de acero líquido y aluminio primario de Guayana en plantas hoy reducidas a trabajadores jugando dominó al lado de celdas y trenes de laminación estatizados y ociosos.

Si de ensamblaje se trata, por demás, un sector en el que participaban múltiples actores, lo que queda hoy de él, escasamente, medio ensambla el 1% de lo que una vez se ensambló.

A pesar de esas realidades objetivas, con cara de seriedad, el ministro del ramo destacaba ante sus jefes: “El potencial de la industria automotor del país para cubrir las necesidades del mercado nacional y latinoamericano”. Y en otro arranque del síndrome de Mitty resaltó que: “la meta es que, en dos años, se incorpore el 50% la fabricación de piezas y partes de producción nacional para empresas que tienen producción de vehículos en la región”.

Metas totalmente irrealizables y para las cuales no se toman en cuenta las empresas y empresarios privados con conocimientos y capital. Es decir, de quienes estarían llamados a rescatar al sector que años de políticas erradas y visiones estatistas, ha aniquilado prácticamente.

Venezuela una vez tuvo ventajas competitivas y comparativas en el sector automotriz. Veinte años después, las realidades de los mercados son otras. Sin embargo, con políticas económicas sensatas en el mismo, todavía el país goza de importantes oportunidades para la evolución sectorial.

Ahora bien, difícilmente, se podrán aprovechar con una visión fantasiosa de la realidad, como la que exhiben quienes piensan que recuperar a un sector tan complejo como el automotor, es un simple ejercicio de pastoreo de nubes.

 

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