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El Jardín Botánico muere de mengua

 

Siendo el segundo vergel declarado como Patrimonio Cultural de la Humanidad, sus condiciones no son las más óptimas: sin luz, agua, presupuesto ni implementos para mantener al jardín, la mayoría de las plantas han muerto. Sin embargo, Jan y Neida siguen trabajando y apostando por él.

La crisis venezolana también dañó la vida natural de un patrimonio de la nación y de la humanidad. La inseguridad, falta de agua y escaso financiamiento son los principales factores que sumieron en las sombras al Jardín Botánico de Caracas. Sus cuidadores estiman que 50 % de las plantas exóticas y nacionales murieron y que las 450.000 muestras botánicas únicas que representan la flora nacional corren peligro.

El Instituto Experimental Jardín Botánico Dr. Tobías Lasser fue fundado en el año 1945 bajo el gobierno de Isaías Medina Angarita, convirtiéndose en el primer jardín botánico del país. El terreno donde se ubica fue parte del proyecto inicial de la construcción de la Ciudad Universitaria de Caracas —campus de la Universidad Central de Venezuela (UCV); sin embargo, por su proximidad a la autopista no veían idónea la construcción de salones en el lugar, por lo que el espacio se destinó a la creación de un jardín botánico como iniciativa del Dr. Tobías Lasser. La reforestación se inició con la siembra de 150.000 plantas nativas. En el año 1951 llegó el jardinero suizo August Braun para crear y desarrollar un jardín de plantas suculentas. No es hasta el año 1958 que el jardín abre sus puertas para exhibir 10 hectáreas de especies.

El cemento de la caminería comienza a cubrirse de maleza. Troncos talados en muchos trozos y hojas largas y marrones de palmeras que se rompen al sentir la pisada del zapato reposan amontonadas a cada 100 metros de la caminería o, en la mayoría de los casos, dentro del ecosistema. Son las 9:00 de un viernes, por la entrada trasera de la casita principal que se ubica a unos escasos metros de la entrada principal del jardín, se encuentra sentado en uno de los escalones para ingresar a la casa —con tortillas Bimbo en mano— Jan Tillet. Tiene los ojos de un azul intenso, pelo corto amarillo y botas marrones que le llegan hasta las rodillas. Se lleva a la boca el último mordisco de su desayuno, inmediatamente se levanta, entra a la casa y sale arrastrando una carretilla con una pala encima de ella.

—¡Apúrate, Fonseca! Por eso es que no rinden los días —dice Jan, director de Mantenimiento y jefe de viveros, mientras se coloca unos lentes de construcción en la cabeza—. Aquí antes había una laguna —señala un pedazo de terreno hundido con respecto al resto que está a escasos metros de la entrada principal—. El terreno repleto de monte tiene desde 2009 sin funcionar por un proyecto mal planificado. —La llamaban la laguna principal. Un tractor sacó toda la arcilla impermeable y ahora no se puede llenar porque el agua se va por la tierra —explica.

En el año 2009 la laguna principal dejó de funcionar por un proyecto mal planificado, ahora es un terreno lleno de maleza / Fotos: Francisco Touceiro

Con mandarria en mano y lentes en la cabeza llega un hombre bajito, de labios gruesos, pantalones anchos que esconden las botas marrones que tiene puestas y que lleva 19 años trabajando en el jardín, es Carlos Fonseca.

—Vamos, Carlos, que se nos hará tarde —se apresura a decir Jan—. Tenemos que ir al antiguo comando a sacar unas tuberías para poder arreglar otros tubos del jardín y regar en algunos sectores.

La calma y el silencio del lugar son interrumpidos por el pasar veloz de los carros que transitan por la Autopista Francisco Fajardo. Sólo una cerca de metal de casi dos metros es la que resguarda y separa al jardín de la convulsa ciudad.

“Una de las razones por las que no llega el agua a ciertas zonas del parque es porque el jardín, al igual que la universidad, tiene muchos años de construido y, por ende, las tuberías también —explica el director—. Muchas veces, las válvulas se tapan y no pasa el agua, otras veces se rompe el tubo que está bajo tierra y se forman charcos de agua —continúa hablando mientras señala una pequeña inundación que se está formando al lado de una familia de helechos emperador—. Aquí hay que cavar para investigar dónde está la rotura y remendarla con piezas viejas”.

Dentro del complejo constituido por 70 hectáreas habitan más de 2.000 especies de plantas locales y extranjeras. Asimismo, hay dos piletas de agua —la didáctica y la Laguna Venezuela— que contienen lotos, palmira y árbol de la seda. “La pileta didáctica la mantenemos con cisternas. En 2018 la repararon porque tenía grietas y se botaba el agua por ahí. La que sigue siendo un dolor de cabeza es la Laguna Venezuela, no llega el agua por la tubería y no sabemos por qué. Su capacidad es de 900.000 litros y también hay que llenarla con cisterna”, explica Jan.

Los 900.000 litros de agua que necesita la Laguna Venezuela deben llenarse con cisternas porque el agua no llega por tubería

El resto de las plantas que habitan en el lugar se riegan cuando llueve. Sacamos el agua de lluvia que queda estancada en las canales del techo de la casita principal y con eso regamos las bromelias y las plantas que están en la entrada, agrega.

“El sector xerofítico, ganador de la Bienal Panamericana de Arquitectura Paisajística, lo estamos dejando atrás. Aquí están las plantas que necesitan poca agua como los cactus, tunas y agaves”, dice Jan.

Los dos hombres comienzan a pasar por lo que antes era el camino de los chaguaramos —una hilera de cada lado del camino tupida de palmeras—, ahora sólo quedan unos pocos ejemplares repartidos en el recorrido, algunos talados junto al montículo de hojas secas que reposan en los laterales de la caminería.

“Casi todo el camino de los chaguaramos se ha perdido por hongos y por falta de agua —manifiesta Jan mientras se para a descansar frente al jardín etnobotánico—. No logramos matar los hongos porque no tenemos nada. El problema es que los agroquímicos son sumamente costosos, se necesitarían muchos kilos para la aplicación en suelo y la única opción que nos queda es solicitarlos por donación —dice—; por donaciones podríamos obtener unos pocos kilos, pero no podríamos hacer una aplicación general en el jardín. Porque si tengo que hacer una aplicación sería de varias hectáreas y bajo nuestra situación actual es algo complicado. Ahora, muchos fungicidas son a base de polvo, por lo que necesito agua para hacer la aplicación, y serían unos cuantos cientos de litros, y si no tengo agua para hacer una aplicación segura, ¿qué hago?”, pregunta.

La mayor parte de los chaguaramos se ha perdido por hongos y falta de agua

Los chaguaramos y palmeras son talados cuando mueren por consecuencia de plagas

Según una investigación del medio digital Prodavinci, 30 % de la población venezolana vivió bajo racionamiento de agua durante los años 2016 y 2017. La Ciudad Universitaria durante ese tiempo recibió aproximadamente 60 horas de agua a la semana, es decir, solo 37.71 % de las 168 horas establecidas por Hidrocaribe. Para mantener al jardín se necesitan cientos de litros. No obstante, el agua que llega a las instalaciones es destinada mayormente al Hospital Universitario de Caracas, por lo que durante la época de sequía solo recibió una hora de agua.

Jan llega todos días al jardín antes de las 8:00 de la mañana —hora de apertura—. La recepcionista con voz animada dice que “cuando Jan se interna en el jardín pueden durar horas sin saber de él. Se ensimisma sembrando y arreglando las plantas. Después de un buen rato es que aparece para descansar un poco o para buscar alguna herramienta”.

El director de Mantenimiento tiene 15 años trabajando en el vergel y a pesar de la situación dice que tiene un sentido de pertenencia e identidad con el jardín.

—CARLOOOOS, ¿cómo se le llama al árbol de carambola aquí? —pregunta Jan señalando al árbol frutal que se encuentra en el jardín etnobotánico.

—Vinagrillo —responde Carlos.

— ¡No, vinagrillo es el que está al lado! El que tiene las canales que cuando tú cortas tiene forma de estrella —explica Jan intentando que su compañero recuerde el nombre del árbol.

Carlos, dándole con una barra de metal a un árbol, levanta los hombros hacia arriba mientras hace una mueca con la boca.

—Otro desmemoriado —dice Jan, mientras mueve la cabeza de lado a lado con la mano en la frente—. Y vente, chico, guarda esa fuerza para sacar la tubería.

Vívero de bromeliáceas del Jardín Botánico de Caracas

El orquidario fue clausurado y todas las orquídeas se encuentran en el vivero de bromelias. Sin embargo, muchas han muerto por falta de agua

Cerca del árbol de carambola se observan óvalos verdes guindando de frágiles ramas. “Esos frutos son del ñame isleño. Tenemos este árbol que es de la familia del ébano y da unos frutos parecidos a la manzana, comestibles, pero no muy apetitosos —señala arrugando la cara—. Hay onoto, naranjitas chinas y sábila. Tenemos caña de azúcar, pero los obreros viven metiéndole cuchillo para comérsela. La caña no se ve porque viven PI-CÁN-DO-LA, culmina haciendo énfasis en la última palabra mientras Carlos asiente con la cabeza.

Tres viveros de rejas verdes, dobladas y oxidadas están en distintos puntos del vergel. La puerta para entrar a uno de ellos tiene un hueco, la maleza tapa toda la entrada y cajones de concreto destinados a la propagación de plantas están llenos de tierra seca y ramitas. “Todas las orquídeas tuvimos que pasarlas al vivero de bromelias porque tumbaron la reja y se llevaron las llaves de riego. Cuando llega el agua al bromeliario llenamos una batea para regar las orquídeas y bromelias; sin embargo, se han muerto muchas por la falta de agua”, agrega con decepción.

“El año 2017 fue para mí el año cero, fue el desmadre total, saquearon todo, desvalijaron los vehículos, se llevaron muchísimos implementos violentando puertas, depósitos, almacenes, mi oficina ya no es mi oficina, es un galpón abandonado todo reventado y sucio, algún día me tengo que meter a limpiar eso”, dice.

Un grafiti indica que uno de los galpones del Jardín Botánico de Caracas ya fue saqueado, ante las constantes acciones vandálicas que han sufrido las instalaciones

Galpones con máquinas, rastrillos y otros implementos fueron sacados durante el año 2017

Todas las instalaciones del jardín se encuentran sin luz. “Se llevaron los enchufes, los interruptores, el cableado, no dejaron ni un metro de cable de cobre”, enfatiza.

50 % de las plantas se ven afectadas por la falta de agua y robo de materiales y herramientas. De los 300 tipos de palmas que existían dentro del jardín, un centenar ha muerto. “El jardín es como un museo, si a un museo le quitas sus obras pierde su valor; en este caso está perdiendo valor el Patrimonio Cultural de la Humanidad. Se está perdiendo un espacio para la investigación y la comunidad caraqueña pierde fuentes de generación de oxígeno, explica Mario Salazar, coordinador de actividades del jardín.

En el año 2000, el jardín fue declarado, junto a la Ciudad Universitaria, Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco, convirtiéndose en el segundo vergel con este título después del Jardín Botánico de Kew, ubicado en Londres.

Dejando atrás el orquideario y bromeliario se llega a la sede del instituto. La estructura de concreto, característica de la arquitectura de Carlos Raúl Villanueva, está decorada con un mural repleto de hexágonos por donde pasa la luz solar, para luego formar pequeñas sombras en el piso. La fachada del recinto se extiende con un mosaiquillo rojo gigante. En el fondo varios camiones y carros blancos con la identificación del jardín están estacionados sin cauchos. Junto a ellos, una pequeña montaña de basura comienza a crecer. Dentro del recinto se encuentra el Herbario Nacional de Venezuela y la Biblioteca, que lleva el nombre de su fundador: Henri Pittier, quien fundó ambos espacios en el año 1921.

Vehículos automotores desvalijados, adscritos a la Fundación Instituto Botánico de Venezuela Dr. Tobías Lasser

Carros y camiones para hacer recorridos y cargar implementos en el jardín fueron desvalijados

“El herbario es un museo de muestra botánica seca donde se alberga la colección más grande de flora del país con 450.000 ejemplares”, explica Neida Avendaño, bióloga y curadora.

En el museo botánico una pileta con agua verdosa, peces y algas decoran el centro del lugar. Justo al frente una puerta resguarda las tres salas en donde plantas disecadas con su descripción y taxonomía reposan en carpetas dentro de estantes.

“Los estantes están ordenados por orden alfabético —dice Neida, mientras abre uno—. Las carpetas están dentro de bolsas con naftalina porque sufrimos múltiples robos y se llevaron los aires acondicionados. Las muestras deberían estar a una temperatura de 16 grados para evitar que los insectos se coman las muestras —continúa—. La naftalina es un compuesto químico que protege a las muestras de estos insectos, son como las peloticas que meten las abuelas en el closet”.

El cambio de naftalina se debe hacer aproximadamente cada mes o dos meses para evitar una propagación de insectos. “Yo, junto otra investigadora, soy la única que me encargo de cambiarle la naftalina a los 450.000 ejemplares, porque al resto del personal le da miedo”, agrega con su voz aguda.

Estar en constante contacto con la naftalina puede producir irritación de la nariz, dolor de cabeza, dificultad para respirar, color amarillo de las mucosas y palidez de la piel, además de otros síntomas, así lo indican enciclopedias médicas.

Apoyado contra una de las paredes está el estante de las muestras históricas que van desde el año 1860 hasta 1893, justo en la puerta de al lado, en un pequeño cuarto donde se condensa un olor que quema la nariz se encuentra la muestra tipo. “Esta muestra la cuidamos como si fuese un bebé, a ellas no les puede pasar nada. Si se pierde esta colección se pierde todo el herbario. Las muestras que están aquí son las primeras que se colectaron y se describieron para la ciencia. No se puede perder porque son las primeras que representan a las demás que están dentro de la colección general”, dice mientras las compara con la cédula, por sus características únicas de identidad.

“Al herbario vienen estudiantes de arquitectura, biólogos, estudiantes de bachillerato, investigadores de otras áreas y chefs —dice con entusiasmo—. El servicio que se presta no es el más óptimo, pero un herbario cerrado no puede mostrar la problemática”.

Jan y Carlos continúan caminando, empiezan a atravesar el arboretum, ya falta menos para llegar al antiguo comando. En todo el jardín sólo están ellos dos y la señora que hace de recepcionista en la entrada principal.

—No tengo personal suficiente ahorita porque se la pasan en una huelga, un paro, una asamblea y yo los veo una vez a la cuaresma —dice Jan con voz resignada—. En un buen día vienen 9 de 15, y en uno malo no viene ninguno.

Antes el Jardín Botánico era una fundación. —Aproximadamente en el año 2010, el personal comenzó a realizar una serie de protestas para ser incluidos en la nómina de la UCV con el objetivo de obtener alguno de los beneficios que le da la universidad a sus trabajadores, la jubilación —explica.

—Al pasar a ser parte de la UCV, el Ministerio de Educación envía el presupuesto a la universidad y el Consejo Universitario aprueba el dinero del jardín. Todo este proceso es lento —explica Jan—, así que el uso del dinero no puede ser inmediato. Además, desde hace tiempo el gobierno también empezó a recortar el presupuesto de la UCV. El dinero que recibimos en el año 2018 fueron 2.000 bolívares soberanos.

En la zona más alejada del jardín —el arboretum— hay muchos árboles altos, medianos y muy gruesos. Algunos son tan altos que impiden que el sol toque el suelo. También hace frío, probablemente porque los rayos del astro no pueden penetrar las tupidas ramas de los árboles y calentar el espacio, a diferencia del resto del jardín, donde achicharra la piel. Aquí también, como en todas las zonas del jardín, la poca grama que queda está llena de maleza, hay árboles talados que murieron por hongos y muchas hojas y ramas acumuladas.

Estado general del Jardín Botánico de Caracas

La maleza que crece en la grama del jardín no puede ser cortada porque el personal no cuenta con los implementos necesarios

—El sueldo que reciben los trabajadores tampoco alcanza para nada —reclama Jan—. Ahora por eso el personal también se la pasa protestando y no vienen. Otros no vienen por sinvergüenzura. Ayer vino uno que tenía ¡CUATRO MESES SIN VENIR! y vino solo porque la modalidad de pago se cambió, ahora es por cheque.

El salario del país cayó a los niveles más bajos de los últimos 70 años. La tasa de inflación que va desde febrero de 2018 hasta febrero de 2019 se ubicó en 2.295.981 %, según la medición arrojada por la Asamblea Nacional. Asimismo, la inflación para el mes de febrero se ubicó en 53,7 %. Esto se traduce a que un venezolano necesitaría de 60 salarios mínimos para poder cubrir el costo de la canasta alimentaria.

—Ya vamos a llegar al comando —dice Carlos con voz tranquila y pausada.

—Esto antes era el centro de reciclaje —señala Jan a varios montículos de tierra húmeda llenos de ramitas, hojas y desechos ubicados a la derecha del camino que comienza a empinarse—. En estos cajones de bloque se echaba la tierra y hacíamos el abono. Había dos obreros aquí trabajando, producíamos 15.000 kilos anuales. Lo vendíamos y a la gente le gustaba mucho porque era de calidad —continúa explicando—. Pero el personal comenzó a robárselo para venderlo y decidimos cerrar operaciones, con todo y eso se lo siguen llevando, vienen los personajes y lo cuelan, porque para eso sí trabajan —culmina diciendo el director de Mantenimiento con tono sarcástico.

Ruinas de una instalación para la elaboración de abono en el Jardín Botánico de Caracas

El centro de reciclaje de abono le suministraba ingresos propios al jardín. Sin embargo, cerró operaciones por robos perpetrados por los trabajadores

A unos pocos metros del centro de reciclaje el camino comienza a aplanarse, en el fondo una colina de árboles se levanta bordeando toda la planicie. Al lado derecho, finalizando el cuadrado de tierra, una montaña de ramas secas crece entre la estructura de metal de un vivero y una casita de color blanca dividida en tres cuartos sin techo, sin puertas; rodeada de trozos grandes, pequeños y medianos de escombros que se apilonan en lo que era la fachada principal de la casa, ya no hay pared que resguarde el interior del comando, está toda demolida.

“El año 2017, los malandros de La Charneca destruyeron todo esto. Lo primero que se llevaron fue una cocina industrial nueva, estaba en su estuche; después fueron los techos, las cercas, el cableado, los enchufes —dice Jan mientras camina entre los escombros para llegar a uno de los cuartos en donde está apoltronada una tubería entre la pared y el piso—. También se llevaron una cafetera y duchas, después comenzaron a derribar las paredes para sacar las vigas doble T y las tuberías”.

Ruinas del comando de Guardia del Pueblo ubicado en el Jardín Botánico de Caracas

El antiguo comando de la Guardia Nacional fue destruído en el año 2017 por malandros del barrio San Agustín

Ruinas del comando de Guardia del Pueblo ubicado en el Jardín Botánico de Caracas

Del comando los ladrones se llevaron puertas, vigas, cocinas, duchas y otros implementos

Los hombres se colocan los lentes que durante todo el camino adornaron sus cabezas. El sonido ensordecedor de la mandarria pegando contra la pared diluye las palabras de Jan. Los lentes les protegen los ojos de las astillas de concreto que vuelan por el aire. De vez en cuando se para, deja caer los brazos y respira. Cinco minutos continuos de golpes logran zafar la parte del tubo pegado a la pared. Jan le extiende la mandarria a Carlos, ahora le toca a él sacar la parte incrustada en el piso.

El Pítazo

 

 

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