Inicio > El pizarrón de Fran > El pizarrón Opinión > Rafael del Naranco: Misterio y asombro

Rafael del Naranco: Misterio y asombro

 

No hay historias pequeñas en la ardua cognición humana. Cada una de las vidas individualmente refleja la racha de una esencia, el efluvio de una pasión, la pesadumbre de una ausencia o la incertidumbre de un ardor afectivo.

En los primeros albores de la vida, cuando la raza humana transitaba  desorientada sobre la tierra inexplorada, su instinto mayor era alimentarse, no pasar frío, huir de salvajes animales, procrear al calor de una cueva,  y en las noches mirar un inmenso cielo que aún era claro, luminoso, todo misterio y asombro.

A partir de entonces han trascurrido milenios. Ahora, a mediados de la segunda década del presente siglo XXI, igualmente atiborrado de incertidumbres, aprensiones, y tras años de haber doblegado los átomos y subirlos a la carreta de la muerte convertida en la portadora de la energía nuclear, se nos anuncia con timbales agnósticos que la base del ‘alma’ humana o nuestra conciencia del yo, es el producto de una reacción bioquímica dentro del cerebro.

El estudio de antropología cultural ha revelado “que la mayoría de los creyentes, sea cual sea su culto, tienen interiorizado un modelo extremadamente antropocéntrico de Dios”. No solamente posee una figura humana, “sino que utiliza los mismos procesos de percepción, razonamiento y motivación que las personas”.

En el pensamiento Pentecostés del medioevo, el alma era, en claro concepto de la verdad, la tradición venida de la misma filosofía grecorromana. Ahora hay dudas, y se habla de que en nuestra mente, ese concepto de ‘alma’, es una simple internación de células nerviosas, proyectadas en la parte posterior del córtex cerebral.

Y la interminable pregunta: ¿Para qué sirve el Jehová de los mosaicos? Como resistencia hacia lo que es inhumano e indigno del hombre. El teólogo y jesuita, Joseph Moingt,  enuncia: “¿No será que aún no se han escrito las más admirables páginas de la historia de Dios?”.

Si fuera incuestionable la presunción de que el “espíritu” es una estricta reacción química, y aceptáramos que la promesa de una vida eterna ha sido una artimaña de las religiones, su encaje efervescente nos llevará a un yermo pavoroso: la raza humana no estaría sola, sino desamparada, desasistida de un soporte que la envolviera de una redondez consoladora. Y es que a partir de ahí el ‘homo erectus’, convertido en el ‘homo sapiens’, comenzaría a enfrentarse al instante perentorio de su inflexión moral, esas membranas que soportan miedos, frustraciones, y no habría   ilusión en el linde del horizonte de la vida.

En cierto texto nos acordamos de haber leído estas palabras: “El mundo material ha tenido un Curvier, la atmósfera de Newton. Todos conocen, pues, la atracción del mundo material, pero ¿dónde están los Curvier y los Newton del alma?”.

Uno, espiga encorvada el viento, con profusas preguntas sin respuestas,  ejerce  respeto al nombre de   Dios a la manera de madre. Ella cada noche le rezaba, y uno sigue el mismo sendero cristiano. Quizás no sea fe tal como la conocemos y sí afecto materno. A estas alturas de la vida da lo mismo. Entre su ternura y nuestra persona hay un cordón umbilical que nos adhiere más allá de la sepultura.

 

Te puede interesar
Cargando...

Compartir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Traducción »