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Rafael Fauquié: Merecer la democracia

 

¿Cuál es el sentido de la política? Suele definírsela como el arte del poder en beneficio de la convivencia: unos pocos gobiernan para que una mayoría viva razonablemente bien, sea razonablemente feliz y sus necesidades se hallen razonablemente satisfechas.

Cuando pensamos en una convivencia aceptable para cualquier comunidad pensamos en insoslayables condiciones: justicia, respeto a la dignidad humana, solidaridad, tolerancia… Realidades que no podrían darse sino en sociedades donde sean posibles la temporalidad del poder, la presencia de leyes aceptadas y la potestad de instituciones respetadas; sociedades que entiendan que no hay sentido alguno en la uniformidad y acepten que solo el pluralismo posibilita la superación de las naturales divergencias entre los hombres a través de reglas de juego acatadas por todos.

Cuando esas reglas de juego dejan de respetarse llega el fin de la convivencia. La delirante inspiración de algún dictador, las ideologías excluyentes, los principios dogmáticos y toda clase de fanatismos significan la imposible concordia entre los miembros de una colectividad.

La democracia nació en la antigua Grecia, en el año 504 antes de nuestra era, bajo la forma de una profunda convicción: el orden humano había dejado de depender de los dioses y pasaba a relacionarse solo con la voluntad de los hombres. Nunca el credo democrático ha sido mejor definido que en la remota Oración fúnebre del gran estadista ateniense Pericles: “Nuestra administración favorece a la mayoría y no a la minoría. Nuestras leyes ofrecen una justicia equitativa a todos los hombres por igual, en sus querellas privadas, pero esto no significa que sean pasados por alto los derechos del mérito. Cuando un ciudadano se distingue por su valía, entonces se lo prefiere para las tareas públicas, no a manera de privilegio, sino de reconocimiento de sus virtudes. La libertad de que gozamos abarca también la vida corriente; no recelamos los unos de los otros, y no nos entrometemos en los actos de nuestro vecino. La única actitud ante la libertad consiste en considerarnos a nosotros mismos responsables de ella y, a la vez, merecedores de ella…”

Desde la lejanía del tiempo nos llegan estas descripciones extraordinarias. Perder la fe en ellas es y ha sido siempre el principal error de las democracias. Desalentadas ante errores y vicios que ellas bien pudieran corregir -la corrupción, por ejemplo- es frecuente ver como las colectividades se dejan arrastrar por quienes culpan a los gobiernos democráticos de la propia torpeza humana. La democracia depende y dependerá siempre de una sólida ética de la parte de gobernantes y gobernados. Definitivamente no es a ella a quien ha de culparse de la incoherencia humana. Desde luego, nunca podrá perdurar la democracia en sociedades que, por su falta de educación, la perdieron porque, simplemente, dejaron de merecerla.

 

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