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El reloj, el ingenio medieval que cambió nuestra vida

 

El arte de la relojería, como muchos otros, no nace en Europa Occidental. La civilización islámica, y sobre todo la china, desvelaron sus misterios antes. Las llamadas clepsidras orientales, un reloj de inspiración astronómica, no supusieron sin embargo el cambio social que traerían sus primos mecánicos en Occidente. El invento del reloj es, ante todo, el descubrimiento del tiempo. El tiempo del mercader, como adelantó el historiador francés Jacques Le Goff, no es el tiempo del campesino.

Evidentemente, la medida de los días es tan antigua como la misma observación de los astros. Sin embargo, este servicio que proporcionan el Sol y la Luna es a su vez una esclavitud a los mismos. De la misma forma que la luz eléctrica urbana rompería la tiranía de las noches, el reloj independizaría a los hombres ajetreados de los ritmos del Sol. Con las nuevas ventajas, llegarían los nuevos valores.

Tiempos en el campo, tiempos en la ciudad

La Edad Media, como en parte los tiempos previos y posteriores, fue una época eminentemente agraria. La mayor parte de los europeos vivían del cultivo de la tierra o el cuidado de su ganado; su vida venía marcada por los tiempos naturales, tanto a nivel diario como estacional. El resto de las actividades, sacras o profanas, se debían adaptar a los ritmos que el trabajo imponía. Si bien los relojes no eran comunes ni conocidos, tampoco eran necesarios.

Pero algo debió ocurrir en los siglos XIII, XIV y XV, pues Europa Central y Occidental se poblaron de relojes mecánicos de todo tipo. Desde los relojes públicos de Padua o Bolonia hasta los catedralicios de Chartres o Wells; en definitiva, se percibía un nuevo uso del tiempo entre aquellos hombres. Los elementos clave serán la nueva vida monástica y urbana.

Reloj astronómico de Padua

El reloj para Dios

Las nuevas reglas monásticas, mucho más estrictas que hasta entonces, impondrán a los monjes una centralidad de la vida en torno a la oración. Al contrario que para los campesinos, el monje debía adaptar sus labores a sus oraciones, que se plantearon dentro de un horario estable.

Fijados los laudes, las vísperas o la hora intermedia, en la vida monacal se volvió indispensable el conocimiento exacto del tiempo, sus unidades. Los relojes inundarían los espacios comunes alertando de las oraciones; esta sería la cuna del naciente ingenio.

Para los teólogos medievales el tiempo era tan importante como irrecuperable. Malgastarlo era malgastar un don de Dios, dedicarlo a la meditación, un signo de virtud.

El reloj para el dinero

Si bien criados para medir los tiempos de Dios, no tardaron en servir a otros dioses. Los ritmos de trabajo en la ciudad, para mercaderes y artesanos, tampoco se adaptaban necesariamente al incesante baile del Sol y la Luna.

Las exigencias del negocio imponían el cultivo de nuevos valores, como la puntualidad o la eficiencia. Las plazas públicas pronto anunciaron la hora haciendo sonar de las campanas. La ciudad bullía, el dinero cambiaba de manos, los afanosos ciudadanos no podían permitirse llegar tarde a una cita o esperar a otro en vano.

Las ciudades se convirtieron en un eco de repiqueteo de campanas, anunciando toda clase de eventos periódicos. Los nuevos tiempos tenían un sonido metálico.

El reloj, tecnología punta

El desarrollo que estas máquinas, ya indispensables, tuvieron en pocos siglos fue sintomático de su tiempo. Lejos quedaba el estilo ornamental y poco útil de los mecanismos orientales. El fluir del agua, usado en un inicio, no era suficientemente preciso y constante para el fluir del tiempo. Los distintos sistemas de cuerdas, ejes y pesos fueron evolucionando hasta auténticas obras maestras, como el reloj del antiguo ayuntamiento de Praga (1410).

Reloj del Antiguo Ayuntamiento de Praga
Reloj del Antiguo Ayuntamiento de Praga

Ya en el siglo XV se desarrollaría un modelo que solo quedaría obsoleto con la actual tecnología móvil: los relojes de bolsillo o muñeca. Los muelles y espirales sustituyeron a los contrapesos, y los relojeros se volvieron menos herreros y más artistas. Será la definitiva individualización del ritmo vital, imprescindible para las profesiones liberales. Ese mismo siglo, y fruto de estos pequeños relojes, vería la aparición de los horarios. Tras 600 años no todo ha cambiado.

Tal vez en nuestros días, hijos de estos en los que se daba a luz al capitalismo hoy omnipresente pueda resultar chocante, pero hubo un tiempo en que los hombres no eran esclavos de su muñeca. El tiempo no puede ser dominado, y el intento de dominar el ritmo impuesto de los astros concluyó irremediablemente en nuestra propia dominación.

 

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