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Antonio Ortuño: El expresidente que no supo callar

 

El expresidente de México Vicente Fox Quesada

No conozco a ningún admirador del expresidente Vicente Fox Quesada. Debe haberlos, claro, porque el mundo es un sitio raro y hay gente que come tierra, bebe orina o masca vidrios y se queda tan tranquila. Pero lo cierto es que, desde hace años, cuando aún se encontraba en el poder, el voluble, incongruente, naif y peleonero Fox no es un personaje popular. Puede sostenerse que ningún expresidente lo es, desde luego, porque el poder desgasta y el presidencialismo mexicano roe a quien lo ejerce casi hasta sorberle los tuétanos. Y quedar desprestigiado sin remedio al regresar a la vida civil ha sido parte del precio a pagar por casi todo aquel que haya llevado las riendas de este país.

Quizá por ello los mandatarios, desde la Revolución en adelante, han tenido la prudencia de guardar un perfil público discreto al concluir su periodo y han evitado andar metidos, semana sí y semana también, en disputas, escandalitos y riñas mezquinas. Vaya, hasta Carlos Salinas de Gortari, que entre buena parte de los mexicanos de mi generación y las anteriores es visto como el diablo encarnado, hace tiempo que aprendió a quedarse en la sombra y administrar con tacto sus palabras y silencios. En cambio, Fox vive metido en líos y alegatos y no le para la boca. Tiene el dedo más inquieto de las redes sociales. Su logorrea parece incurable. Y, bueno, el espectáculo que resulta de seguir sus declaraciones y mensajes en redes es triste, porque, digámoslo con delicadeza, no es que Vicente Fox sea un tipo particularmente dotado para manejar las ideas o el mero lenguaje. Tampoco es dado a callar el otro ex mandatario panista, Felipe Calderón, cuya animadversión por el actual presidente López Obrador (su rival en las elecciones de 2006 y el más empecinado opositor de su sexenio) tiene una larga historia y resulta más que evidente. Pero el caso es distinto.

Calderón no se mantiene en segundo plano porque sus ambiciones políticas son enormes y siguen en pie. Aunque no le faltan detractores, y por muy buenas razones, también tiene partidarios que defienden públicamente el legado de su gobierno, y funge como líder moral de la derecha mexicana. Al mantener su pulso con el actual gobierno, Calderón apuesta por empujar la creación de su propio partido y defiende su agenda. ¿Pero qué defiende Fox, que le dio la espalda al PAN al apoyar abiertamente al priista Peña Nieto, y que, según lo agarre el día, lo mismo aspira a convertirse en empresario de la cannabis que lloriquea por la pérdida de su pensión y su escolta militar? ¿Qué pensar de la seriedad de un ex presidente que se empeña en llamar “Lopitos” al mandatario en funciones pero lo exalta con agradecimiento como “señor presidente” apenas le restituyen parte de la escolta dichosa?

Muchos pueden sostener que Fox no es más que un personaje aparatoso y rebasado por los acontecimientos sobre quien no tiene caso reflexionar. Pero no olvidemos algo: Vicente Fox llegó a ser carismático y muy exitoso. Su expediente de opositor era bien conocido y resultaba casi respetable. Fue el primer político en conseguir el suficiente consenso social para vencer al PRI en unas elecciones presidenciales. Encabezó el primer gobierno de alternancia en la historia moderna de México. Concentró buena parte de las esperanzas de cambio del país y llegó a reunir un capital político inédito hasta entonces.

Solo que su soberbia, su ineptitud, la ineficacia de sus políticas y su nula capacidad de negociación dieron al traste con todo. Si no como un crítico que deba ser tomado en consideración por el actual gobierno, al menos Fox debería ser tenido como advertencia viviente: ser dicharachero y popular y obtener el poder no es garantía de que un presidente no terminará aislado y dando lástimas.

 

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