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Alirio Pérez Lo Presti: La fuerza del migrante

 

A veces creo que hice bien en no conocer a un montón de connacionales con los cuales estuve literalmente en el mismo tiempo y en el mismo lugar durante dos décadas. Los buenos días y las buenas tardes eran las consignas de rigor que me salvaron de más de un malentendido, de una enemistad gratuita o de un vínculo ficticio con alguien que no valía la pena intimar más de lo prudentemente necesario.

Por otro lado están aquellos con quienes compartí espacio y tiempo y quise acercarme pero las circunstancias no lo permitieron. Personas con las cuales estoy seguro de haber podido cultivar una auténtica y serena amistad en unos tiempos en los cuales éramos devorados por la vorágine de una locura política de la que no podíamos escapar. Muchos de ellos están en Santiago de Chile, los he buscado y he tratado de compartir momentos de lujo, porque sencillamente no estoy dispuesto a aceptar que una actitud errática hacia la vida me impida generar los mejores vínculos con las mejores personas.

Está un tercer grupo con los que hice bien en cortar de raíz y alejar para siempre de mi vida. Ser un migrante me ha permitido poner tierra de por medio con seres con los cuales no valía la pena ni siquiera invertir una mirada, menos un apretón de mano y nunca jamás una tertulia acompañada del mejor café del mundo que es el de la tierra donde nací. A fin de cuentas es mejor estar solo que mal acompañado.

En esta extraña especie de nueva oportunidad de rehacer cosas que ya había vivido antes, que es en definitiva la experiencia de vivir en el país del sur del sur del continente, he hecho las más insólitas nuevas amistades que particularmente por ser producto de una desgracia política puedo ufanarme de haber materializado. La posibilidad de conocer gente amable y sencilla, dispuesta a abrir su corazón y señalarme los mejores senderos para evitar extraviarme ante señas y códigos que me son ajenos y con los cuales me he podido familiarizar en forma tutelada y más que amistosa, es una suerte de milagro con el cual convivo.

¿Cómo se agradece algo tan monumental?

¿Qué debo hacer potencialmente para sentirme en equilibrio con tanta gente buena que me ha brindado su apoyo irrestricto y su amistad cundida de solidaridad? No me canso de agradecer a Chile y a los chilenos de buena voluntad, que son la mayoría, por la actitud que han tenido conmigo y estoy seguro que hablo por muchos otros venezolanos agradecidos.

Creo que hay una fuerza brutal en cada uno de quienes tratamos de hacernos paso en la vida fuera de Venezuela, intentando lidiar con situaciones rematadamente inéditas y formas de comunicación y simbolismos que ni siquiera sabíamos que existían. Me imagino que esa sensación es compartida por muchos de quienes formamos la gigantesca diáspora de venezolanos que no tuvimos una alternativa diferente que intentar hacer una vida normal fuera de Venezuela.

Creo en el ser humano como el ente generador de las cosas más extraordinarias. Creo en el ser humano como un potencial monstruo capaz de hacer las maldades más inimaginables. Tal vez esa doble percepción de la naturaleza humana, producto de mi vocación, mi profesión y mi experiencia vital, es el talismán que me ha permitido mantenerme más o menos incólume frente a las adversidades. Pero no todo es inmaculado y sin dudas se van haciendo callos en las emociones. Dicen mis cercanos que mi mirada ha cambiado, que me sigo riendo de la vida pero paso días con la cara seria, que disfruto menos de los días de lluvia, de los cuales era adicto mientras vivía en la Mérida de Venezuela.

Por otro lado parece que desarrollé una suerte de actitud hiperactiva y serena en donde voy sin el menor apuro a ejecutar cada acción de cada día de una manera continua, sin pausa, en la cual no dejo de amar, celebrar, compartir, leer, escribir y caminar. A veces, cuando las cosas no pintan del color que esperamos, bien vale detenerse para pensar sobre cómo hemos podido sortear las dificultades que la vida nos ha puesto y la consigna no puede ser otra que seguir avanzando sin detenernos.

Somos venezolanos y guerreros de la cotidianidad, lo cual es sinónimo de ser trágicos y festivos simultáneamente, lo que constituye una paradoja perfecta y sinceramente, en mis momentos de mayor placidez, creo que somos producto de una deriva que era más que obvia que iba a desembocar en lo que ha sido nuestra suerte como grupo humano con características singulares.

Algunos lo vieron venir antes, otros lo vimos venir después, lo que he asumido es que el país que dejé ya no existe y lo que queda es seguir desafiando las pruebas que la vida nos coloca en sus duras medidas y extrañas circunstancias sin posibilidades distintas a las de salir victoriosos de esta suerte de dimensión quijotesca, en donde tratamos de desvincularnos de un entuerto tratando de ser mejores personas, en un mundo que en ocasiones se antoja pequeño y en donde siguen apareciendo los personajes de costumbre.

@perezlopresti

 

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