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Juan Pablo Gómez: Hamilton y el poder (del arte) de los Estados Unidos

 

De manera creciente, todo acto de comunicación entre seres humanos parece un acto de traducción.
George Steiner

La historia es sencilla y harto conocida: Lin-Manuel Miranda está esperando en el aeropuerto para viajar a Nueva York. Aburrido, decide comprar y empezar a leer allí mismo la biografía Alexander Hamilton (2004) del historiador Ron Chernow para matar el rato de espera. Lo que lee lo atrapa de tal forma que cambiará su vida y, en cierta forma, la de su país para siempre. Fascinado con la historia del “Padre Fundador” menos conocido y, sin embargo, más importante de los Estados Unidos de América, es asaltado por una idea fija. Una vida novelesca de ascenso brillante que contenía en sí misma las claves de las concepciones modernas de palabras como Estado, Nación y Federalismo. Cuando Miranda aterriza en Nueva York ya tiene en su cabeza la idea base para el musical de Broadway que será uno de los más exitosos de todos los tiempos: Hamilton, an American Musical.

¿Cómo es que la vida del primer Secretario del Tesoro y mano derecha del general Washington puede despertar tal nivel de fascinación masiva incluso entre la juventud de su país? Tal vez gracias a una perspicaz mezcla de recreación a través de la contemporaneidad (hip hop, rap, britpop, R&B, melodías pop, multiculturalismo, visión actual, lenguaje urbano, etc.) de la historia estancada para dotarla de vitalidad de carne y hueso en movimiento. El sujeto histórico que presta su retrato a los billetes de diez dólares es la figura más importante de ese país, a pesar de la falta de monumentos de piedra que lo acrediten. Como dice el periodista George Will, el monumento a Hamilton se puede ver en todas partes porque es los Estados Unidos de América al completo. Jefferson, Washington, Franklin, Adams y Madison se llevaron los honores que la historiografía suele repartir arbitrariamente. Pero el gran olvidado es ahora, gracias a un musical, el más popular, cool y reconocido de los “Padres Fundadores”. Como si, doscientos cuarenta años después, Hamilton hubiese dicho una vez más: “just you wait”.

Esta popularidad actual es inquietante y se debe a una conjunción de factores: la mezcla de ritmos y géneros, el efectismo artístico de los leit-motivs, las pegajosas secuencias musicales, la solidez de la asombrosa historia y la brillante puesta en escena. La representación aprovecha el perspectivismo de nuestro tiempo y altera la Historia para acercárnosla. Miranda, como buen pillo creativo, supo captar la necesidad de superponer el lenguaje urbano actual que podía convertir a esa figura casi relegada -Alexander Hamilton- en atractiva e irresistible hasta para bandas callejeras. Porque la épica de nuestro tiempo se manifiesta es allí, en la calle.

Hamilton es la mejor representación posible de su país en su tiempo: joven, andrajoso y hambriento (young, scrappy and hungry… just like my country) que terminaría ascendiendo a la cúspide del poder e intervendría determinantemente en el cuarto donde se toman las decisiones trascendentales. Los cuatro presidentes tallados en el Monte Rushmore eran expresos admiradores de Hamilton y cualquiera de ellos quedaría extrañado de su ausencia en dicho monumento. Sus méritos: ser el estratega clave (militar y políticamente) de la guerra de independencia; pensar en la democracia sin abstracción, sino desde la realidad dada; su lúcida concepción de lo que debería ser un estado moderno: la creación de una nueva comunidad política basada en un una Estado nacional vigoroso y enérgico, pero federal en la misma proporción; jugarlo todo a la ficha constitucional; reconocer que la política y la democracia debían responder siempre al interés general (por encima de la virtud) y que debía estar en manos de una élite formada; comprender el funcionamiento económico moderno. Su pensamiento siempre fue estratégico y, en este sentido, fue increíblemente asertivo y certero.

Ya después vendría el afán expansivo y la riqueza extendida de una tierra que posee tantos recursos naturales como posición geopolítica inmejorable. El “manifiesto destino” de la nación consistía en ampliar sus fronteras y conquistar nuevos territorios hasta llegar a la costa del Pacífico. Incluso los conflictos que desembocarían en la Guerra de Secesión fueron percibidos por Hamilton casi un siglo antes al percatarse de la incomprensión que los grandes hacendados y terratenientes tenían de los intereses y necesidades del sector industrial y comercial. Además, Hamilton era un decidido antiesclavista, demasiado adelantado a su tiempo en todo sentido. Su biografía un poco trucada, reducida y presentada en forma de musical nos recuerda la espectacularidad de la vida: un inmigrante huérfano, desdichado y pobre que “conquista al mundo” gracias no sólo a su genio, sino a la suerte de haber llegado con la visión renovadora y lúcida de un extranjero venido de la nada que posee el “don” de la experiencia infeliz.

Esa es la paradoja más terrible de ese país: la configuración de su riqueza y su poder gracias a la inmigración múltiple, sistemática y sostenida desde el origen hasta el presente. Negar ese hecho y elucubrar tristes “supremacismos” étnicos y raciales es la prueba más elocuente de la ignorancia más patética. Por eso es tan importante que el teatro musical se acerque a la Historia, porque es una forma de que ambos sean mejor conocidos por el gran público y de que ambos sean elevados: el musical gracias a la Historia y la Historia gracias al musical. Más allá de los peligros de la banalidad farandulera, el arte puede sortear hasta al éxito y sobrevivir. Ahora, la biografía de Ron Chernow es un insólito best-seller sin precedentes en su género y los alumnos de las escuelas atienden un poco más a los profesores de Historia, al menos durante un tiempo. “No desperdiciaré mi oportunidad” (I am not throwing away my shot) será una frase instalada, no sólo por la rima musical sino por su polisemia e irónica significación referida a la vida y muerte de este genio de la política. Quizás sólo una cosa le faltó a Hamilton: pensar en un nombre para su nueva nación. No deja de ser curioso que el país más poderoso del planeta sea el único que carece de nombre, y quién sabe si una cosa esté vinculada a la otra. Tal vez hasta eso fue previsto por Hamilton.

 

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