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Rafael del Naranco: Alforjas colmadas

 

Es certero y palpable, todo se desaparece: los bardos y los dioses, la luz y las sombras; solamente los creyentes en lo vivido,  pueden escoger entre retazos de fe o sueltos poemas.

No seremos de este mundo ni tal vez del otro; hay oscuridades aladas y suspiros conventuales, pero entre una divinidad arropada de fluctuaciones convertida en misterio, nos quedamos con el poeta  frente al acantilado yermo y el amor compartido.

Los seres humanos, sin dioses que cubran tanto desasosiego interior, cuentan con la amistad, malecón sólido de la vida para amarrar sus hondos miedos y magullados pesares. Lo señaló Montaigne:

“Cada virtud necesita un hombre; el compañerismo, dos”, y en esa reflexión estábamos cuando llegó una postal.

Es una vista de la Punta de Massulio con la villa de Curzio Malaparte,  y al fondo, un mar azulino intenso. La tarjeta llega de la Isla de Capri y la envía un grupo de amigos de “La Piazzetta”, rectángulo levantado a la sombra de las cúpulas de san Esteban ofreciendo un saborcillo oriental.

Cuando de tarde en tarde estamos en la “isola”, nos reunimos allí, bajo los quitasoles del bar Tiberio, para hablar, mientras se saborea una copa de “liquore di limoni” elaborado  en la cercana cartuja.

Veo a Antonieta, Pepote y Aurelio, los amigos inseparables que en cada viaje a la isla vienen a nuestro encuentro, esperando en el malecón de Marina Grande la llegada de la barcaza de Nápoles.

Sobre aquella roca calcárea, el viajero, con alforjas colmadas de sensaciones, ya siente, antes de tocar tierra, las palabras en la isla taladradas en muros por Pablo Neruda, Byron, Máximo Gorki, Curzio Malaparte, Axel Munthe y Graham Greene, entre otros seres sensibles a los recovecos y vapores del alma.

Ya lejos de Capri, asomado a la ventana desde la oficina en que escribo, entre los árboles boscosos, se ve diminuto, convertido en pedrusco o barro cocido, un busto de Omar Kheyyám, el trovador amante  de los placeres del vino y el amor  sin parcelas  ni abrojos.

A partir de esta hora ni él ni yo estaremos baldíos en esta urbe tan poco hospitalaria. Nos asumimos mutuamente. Sus cortos versos, compañeros de media vida, han de servir de ánfora para beber el último trago de ella.

No dice una “rubai”: “Al mundo, ¿a qué venimos? Después, ¿por qué nos vamos? / ¿Qué quiere esta existencia que nos ha sido impuesta? / Arden las almas bajo su peso y se convierten en cenizas, más yo no logro ver la hoguera”.

Sentimos, en medio de soplos hendidos, cómo  la brisa aviva el aliento en el instante mismo en que cruzan sobre los tejados gorriones perdidos  en la inmensa ciudad quejumbrosa.

Hay un presagio certero: lloverá a espuertas. Son lo cantaros de agua que envía el cielo bienhechor.

 

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