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Barbara Wesel: Sebastian Kurz y los tres monos

 

El canciller de Austria podría sobrevivir a la crisis política e incluso hasta salir beneficiado. Pero él hizo que la ultraderecha se volviera aceptable y con ello dañó profundamente a su país.

Casi con desesperación, el presidente de Austria, Alexander Van der Bellen, hizo un llamado a la buena voluntad de sus compatriotas: “Les pido que no den la espalda a la política”. Pero el mandatario no podrá borrar las huellas que dejó en la sociedad austríaca el paso por el poder de la coalición de Gobierno conformada por los conservadores y los populistas de derecha.

Kurz no puso atajo

En el corto mandato de la desafortunada coalición vienesa, el canciller Sebastian Kurz se limitó a hacer caso a la premisa de los tres monos: No escuchar, no mirar, no hablar. Permitió que los radicales de derecha realizaran toda clase de desafortunadas declaraciones y montaran todo un entramado para hacerse con el control de la derecha. Por sobre todos, el más difícil de controlar fue su ministro del Interior, Herbert Kickl.

El ministro desmanteló la sección de los servicios de inteligencia que estaba a cargo de indagar los delitos cometidos por la ultraderecha. Los países vecinos prefirieron dejar de cooperar con Viena debido a la pérdida de confianza en temas de seguridad. Y Kurz hizo la vista gorda. Kickl convirtió los centros de acogida para los solicitantes de asilo en centros de salida y aseguró que la gente debía ser “concentrada” en esos lugares. La frase, tomada del “diccionario de la inhumanidad”, como muchas otras de sus declaraciones en el límite de lo correcto, no fueron accidentales, sino intencionales. Y Kurz no dijo nada.

El hombre a cargo del ministerio del Interior amplió también su influencia en la Policía, los servicios de inteligencia y el Ejército. Incluso en su último día en su cargo nombró con absoluto desparpajo a un amigo como jefe de seguridad. La movida fracasó solo por la intervención del presidente federal. El canciller Kurz no hizo nada. Kurz hizo del acto de mirar hacia el costado la norma, mientras sus socios de coalición violaban las leyes, porque consideraba que los deslices de sus socios eran el precio a pagar por mantener el poder.

La presa se rompió

Sólo tomó 18 meses para que en Austria lo indecible fuera nuevamente aceptable. Las personas fueron comparadas con ratas, los musulmanes denigrados y puestos bajo sospecha, las juventudes del Partido de la Libertad de Austria (FPÖ) usaron una caricatura del diario nazi Der Stürmer. Los símbolos del nazismo, el lenguaje del Tercer Reich y sus ideas: Todo se volvió tolerable en la Austria de Sebastian Kurz y sus consortes.

Kurz tampoco intervino cuando la derecha intentó intimidar a la prensa y lanzó una campaña contra la radiodifusora pública ORF. Quien quiera saber más sobre este tema, por favor dé un vistazo en el video de Ibiza. El canciller se ha hecho cómplice de los populistas de ultraderecha, que quieren “orbanizar” Austria al estilo húngaro y, a la vez, revivir el fascismo.

La conexión rusa

Rusia es el espejo en el que se miran los populistas austríacos, así como algunos de sus amigos europeos. La ministra de Exteriores, Karin Kneissl, sobrevivió al cambio de gabinete en Viena solo porque bailó muy bien el vals con el presidente Vladimir Putin en su matrimonio. El FPÖ es cercano al partido del mandatario ruso desde hace años, y en el video de Ibiza queda más que claro cuán lejos ha llegado esa cercanía.

Los ultraderechistas admiran a Putin porque quieren ser como él: liberarse del lastre de la democracia, gobernar con poder absoluto, ser señores sobre la vida y la muerte, sobre fiscales y jueces, y especialmente ser ricos, muy ricos. El poder solo ya no es suficiente.

Somos así

Sebastian Kurz fue considerado un enorme talento y promisoria estrella de la política austríaca. De eso queda poco. Ahora es visto como un oportunista banal y sin contenido. Supuestamente, pese a todo, aún tiene futuro político. Como sea, lo cierto es que su estrella se apagó.

“Austria no es así”, dijo el presidente Von der Bellen, casi implorando. Pero Austria sí es así, de lo contrario las encuestas antes del escándalo no habrían mostrado un 26 por ciento de apoyo al FPÖ. Y el resto también somos así: Los italianos se dejaron avasallar por Matteo Salvini, Marine Le Pen tiene las mejores perspectivas en Francia y en Alemania ningún escándalo ha logrado quitarle votantes a AFD. No solo Austria, sino también varios países de Europa parecen estar siendo abandonados por la razón y la moral.

 

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