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Kant, Nietzsche y el fin de la historia; Por Wolfgang Gil Lugo

 

“Uno de los extremos más necesarios y más olvidados en relación con esa novela llamada Historia, es el hecho de que no está acabada”

Gilbert Keith Chesterton

La concepción de la historia va asociada a la idea de tiempo. Para los filósofos de la antigüedad, la historia es circular. Esto se debe a que, para la mentalidad pagana, el tiempo es cíclico. Lo cual queda ilustrado con el mito del eterno retorno, el cual fue estudiado, con mucha profundidad, por el historiador de las religiones, Mircea Eliade. La idea fue descrita bellamente por Jorge Luis Borges: “Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras: los astros y los hombres vuelven cíclicamente”.

A partir de la aparición del cristianismo, la historia comienza a ser concebida como lineal. Va del Génesis, la creación del mundo, al Apocalipsis, la destrucción del mundo y el juicio final de las almas. Para el teólogo medieval Joaquín de Fiore, la historia se divide en la Edad del Padre, desde la creación hasta el nacimiento de Cristo; la edad del Hijo, la cual corresponde a todo lo que ocurre después de Cristo; y la Edad del Espíritu Santo, es decir, la realización del Milenio, donde no habrá más guerra ni discordias entre los hombres.

A pesar de la superación del predominio de la religión en la época moderna, se mantuvo la idea de tiempo lineal. Hegel llegó a afirmar que la culminación de la historia tuvo lugar en su propia época con la monarquía constitucional prusiana, la cual representaba la síntesis de la revolución francesa con la tradición política del antiguo régimen. Esa es la misma idea que retoma Marx, pero coloca la culminación en el futuro, en la realización de la etapa superior del comunismo.

Estas ideas parecían antiguallas del romanticismo filosófico alemán, hasta que Francis Fukuyama, reconocido politólogo norteamericano de origen japonés, en su bestsellerEl fin de la historia y el último hombre (1992), se decidió a revivirla y a darle una nueva culminación: la democracia liberal.

El punto de partida de Fukuyama es la evidencia de la fuerte crisis de legitimidad que sufrió el comunismo. A partir de esa evidencia, postula la tesis polémica según la cual, la progresiva crisis de legitimidad del comunismo, iría de la mano con un aumento de legitimidad en el capitalismo y la democracia liberal. Su ‘fin de la historia’ no aterriza en la idea pueril de que se acabarán los sucesos humanos. Consiste en la declaración de un triunfador definitivo en la lucha ideológica: la democracia liberal, la cual iría ganando hegemonía de forma progresiva.

A partir del inicio del nuevo siglo, el optimismo de Fukuyama se ha venido oscureciendo por la aparición de diferentes tipos de autoritarismos, ya sean religiosos, como en las naciones islámicas; políticos, como en los nuevos populismos –tanto de derecha como de izquierda–, como por la escalada mundial del terrorismo. De todas formas, podemos hacer el ejercicio de imaginar que estos autoritarismos no son capaces de frenar el impulso hacia el establecimiento de la democracia liberal. Si partimos de esa hipótesis, podemos vislumbrar dos escenarios posibles. Uno inspirado en Nietzsche, otro en Kant.

Nietzsche y el bárbaro postapocalíptico

Nietzsche no parece creer que la historia tenga fin. Su concepción de eterno retorno implica que el tiempo no termina, pues no hace más que repetirse. El mismo Nietzsche se burla de un posible fin de la historia con su parábola de los últimos hombres, la cual se encuentra en el Prólogo de su obra maestra, Así hablaba Zarathustra.

Después de diez años de vida de ermitaño, Zarathustra regresa al pueblo para difundir su buena nueva, pero encuentra que la gente se burla de sus doctrinas. El profeta pontifica que, aunque podemos crear al superhombre, la humanidad se deja arrastrar por la domesticación. Esa es la vía que conduce a producir humanos decadentes. Es la especie que califica de “último hombre”, y se refiere a un tipo humano uniformado, como los animales del rebaño. Están esclavizados al hedonismo superficial, temerosos de tomar riesgos y vociferan con desfachatez: “Hemos inventado la felicidad”. El pueblo le grita a Zarathustra: “¡Haznos semejantes a estos últimos hombres! ¡Quédate tú con el superhombre!”.

Según la parábola de los últimos hombres, la utopía conformista es un escenario denigrante. Eso se puede ilustrar con la película Zardoz de John Boorman (1974). El argumento de este film se desarrolla en un futuro postapocalíptico. Transcurre el año 2293, cuando ha colapsado la civilización. Todo está en ruinas. En ese paisaje subsisten los ‘brutales’, compuestos por dos tipos de humanos. Un grupo mayoritario conocido como los ‘salvajes’, que viven de forma muy precaria, y los ‘exterminadores’, quienes se dedican a explotar y asesinar al otro grupo. Los exterminadores se distinguen por utilizar máscaras amenazantes, por vestir taparrabos rojos y portar revólveres mastodónticos. Adoran fanáticamente a su dios, Zardoz, el cual se les presenta en forma de monumento flotante, una gigantesca cabeza de piedra. A este ídolo le entregan un diezmo de comida a cambio de armas y municiones para proseguir la masacre.

Zed (Sean Connery), el protagonista, es un exterminador que logra introducirse en la cabeza para descubrir que en realidad no es una deidad, sino una especie de aeronave que transporta los víveres a un oasis de civilización y tecnología, el Vórtex. Dicho lugar está habitado por una comunidad elitista, los ‘eternos’, quienes gozan de una ingeniería genética que los ha convertido en inmortales. Por otra parte, esta es una sociedad decadente, el exceso, la opulencia y los placeres los ha condenado a la frigidez sexual y al hastío vital.

Después de las peripecias del choque de culturas, el destino del Vórtex queda sellado. Zed logra que los otros exterminadores se cuelen para que acaben con esa pseudoutopía, y así los supuestos inmortales encuentran su descanso en la muerte. No es difícil encontrar correspondencias entre Zed y el superhombre, así como los últimos hombres con la utopía humanista, tal como la concibe Nietzsche.

Kant y la Federación de Planetas

En su madurez, Kant escribió una inspiradora obra que lleva por título La paz perpetua (1795). La proposición principal de ese libro es crear una federación de repúblicas para resolver los conflictos por medio de la negociación y no de la guerra. Esos ideales se convirtieron en iniciativas políticas consumadas muchos años después. Primero, La Organización de las Naciones Unidas, donde no todos los miembros son democracias liberales. Segundo, la Unión Europea, que es lo más parecido a la visión de Kant.

Un poco después, al final de Antropología en sentido pragmático (1798), el filósofo prusiano desarrolló una idea de cosmopolitismo tan amplia que incluye no solo a todas las razas humanas, sino que llega a considerar de un modo conjetural la existencia de las razas extraterrestres. Kant sugiere que no podemos definir a los humanos como una raza a menos que podamos compararnos y contrastarnos con seres racionales de otros planetas.

La combinación de federación para la paz y de vida extraterrestre fue llevada a cabo por Gene Roddenberry (1920-1991), creador de la serie Star Trek. Roddenberry embutió los sueños humanistas de Kant en el empaque de la ciencia acción. El universo Star Trek profesa el credo en el poder de la razón, en el progreso gradual de la humanidad y en la eventual eliminación de la pobreza, el racismo, el conflicto cultural y la superstición. Roddenberry, filósofo autodidacta, logró llevar a las grandes audiencias los problemas filosóficos y morales de la tradición de pensamiento occidental, así como los nuevos problemas que vienen aparejados con la tecnología y la exploración espacial.

La gran aventura

La visión del futuro que podemos extraer de Kant está basada en su idealismo moral. Kant no profetiza sobre el porvenir, pero nos dice lo que podemos lograr si no nos extraviamos en la senda del realismo moral y las pasiones políticas, que fue lo que le sucedió a la filosofía alemana postkantiana. Hegel culmina su sistema con un mundo de naciones que guerrean entre sí, en el odio nacionalista. Marx coloca el odio social, la lucha de clases, como el motor de la historia. Para rematar, Nietzsche exalta al superhombre, cuyo instinto guerrero se pone al servicio del progreso despiadado, es decir, el odio contra la humanidad común y corriente.

Aunque la visión del futuro de Nietzsche es pesimista, se puede considerar como una advertencia de lo que puede pasar si triunfa la democracia sobre otros regímenes políticos, pero no es capaz de triunfar sobre sí misma. Las enfermedades crónicas de la democracia son la demagogia, el materialismo moral y el economicismo. De ser ese el caso, el espíritu humano quedaría atrapado en una inercia soporífera.

Ya sabemos que el epítome de esa inercia son los “últimos hombres”, quienes se habrán hundido en una masa uniforme de mediocridad, mientras proclaman ser sumamente dichosos, atrapados en un estado de autocomplacencia por falta de ambición. La salida de Nietzsche es apostar por la aventura que termina en genocidio, tal como hace el exterminador Zed.

Kant nos invita a respetar a los otros seres humanos y a crear una sociedad que se atenga a la razón gobernada por principios, no a la razón instrumental. Eso implica luchar por una democracia consecuentemente humanista. Dicha lucha es la verdadera gran aventura, la de la gesta verdaderamente liberadora, no de la dominación.

En eso constituye la poética de Star Trek. En el sueño de que la historia puede culminar con una humanidad unida, aventurando entre las estrellas. De no ser así, puede terminar encallada en la apatía hedonista y el absurdo existencial. Una situación de la cual la única redención será la invasión de los bárbaros. En conclusión, si la historia es una novela que no está acabada, como dice Chesterton, debemos tener la audacia y la responsabilidad de escribir los últimos capítulos.

 

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