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Aurelio F. Concheso: El Populismo Tarifario Acabó Con Los Servicios Públicos

 

Los gobiernos populistas en general, y los que presumen de socialistas en particular, tienen una predisposición perversa a establecer las tarifas y precios de los servicios públicos esenciales. Sucede con la electricidad, el agua, el aseo, etc. Y cuando son dueños del recurso energético, también lo hacen con el combustible, el gas, Siempre con la misma constante: por debajo de su costo verdadero.

Lo cierto es que, en razón de esa tendencia, desde hace ya casi medio siglo, los intentos por mantener niveles de tarifas sustentables han chocado con una falange de partidarios del almuerzo gratis que dificulta resolver el problema.

Como en tantas otras cosas, en Venezuela, el Socialismo del siglo XXI ha logrado exceder con creces las veleidades populistas de anteriores gobiernos, para llevar esos servicios a la postración total, y dificultar la posibilidad de un reajuste que recupere la economía.

El paroxismo de irrealidades tarifarias es, por supuesto la gasolina, producto en el que hoy decenas de miles de litros valen menos que un cartón de huevos. Pero si bien no resulta tan obvio a simple vista, algo parecido sucede con la electricidad, el gas, el agua, el aseo, la telefonía y pare usted de contar.

De particular premura en este momento, es el problema de las tarifas eléctricas. Que el Sistema Eléctrico Nacional (SEN) haya colapsado por incapacidad, mal diseño de gestión gerencial, malversación de recursos, y fuga de talento propiciada por salarios ínfimos a personal altamente calificado, es cierto. Pero también lo es que durante años la electricidad prácticamente se ha regalado a un 30% de la población considerada como vulnerable, y cobrado a tarifas irrisorias, si es que se cobra a los demás usuarios privados e industriales.

Algunas cifras pueden dar idea de la magnitud a la que ha llegado el problema. En estos momentos, el país está consumiendo al ínfimo nivel que permite el colapsado sistema del SEN. Hablamos de menos de 8.000 megavatios de los 18.000 MW que consumía cuando era una economía boyante.

Si aun en esa menguada cifra el servicio se cobrara a niveles equivalentes a los que existen en países en los que las tarifas se calculan para que el servicio sea sustentable y capaz de hacer las inversiones necesarias en respuesta a su expansión a la medida que crece la demanda, la factura total por electricidad debería estar en el orden de 6 mil millones de dólares al año. Sin embargo, a juzgar por las tarifas presentes, lo que se recauda, si acaso, llega a escasos 200 millones de dólares

Si sumamos a esto lo que sucede con el agua y la gasolina regalada, podemos estar hablando de casi 10.000 millones de dólares que se dejan de cobrar, y para lo cual no hay posibilidad alguna de arbitrar recursos para subsidios que se prolonguen en el tiempo. Lo cierto es que, difícilmente, se podrá proponer un plan de rescate y refinanciamiento serio a organismos multilaterales, si como parte de la propuesta se incluye no cobrar los servicios. Tampoco parece lógico que chinos o rusos vayan a aportar fondos para semejante displicencia.

La primera reacción en el debate, seguramente, será que las tarifas hay que corregirlas “gradualmente”. La pregunta que habrá que hacerse es: ¿Qué nivel de gradualidad se le puede aplicar a sincerar la tarifa de un servicio que básicamente se está regalando?

Un primer paso podría ser elevar, de una vez, las tarifas a precios internacionales de servicios equivalentes para los usuarios comerciales e industriales, y a un 50% de ese valor a los usuarios residenciales. Esto tendría que venir acompañado de subsidios directos a la población más vulnerable. Pero requeriría financiamiento puente de los multilaterales, porque lo que es indispensable es poder remunerar a los prestadores del servicio a tarifas que justifiquen brindarlo, y, sobre todo, hacer las inversiones de recuperación que se necesitan urgentemente.

Desde luego, este es el dilema que deben ponderar, con seriedad y sentido de urgencia, quienes buscan la salida política a la crisis nacional de un país que, sin duda, sufre la distorsión de precios relativos más grande de la historia contemporánea mundial.

 

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