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Rafael Del Naranco: Necesitamos un plan Marshall

 

Soy un individuo que vivió en esta tierra criolla una sosegada calma hasta la llegada del Socialismo del Siglo XXI, el vendaval que selló lo que aún quedaba de nuestro futuro.

De un día a otro nos vimos envueltos en tal desmoralización, que nos vimos obligados a consumar la misma travesía hacia el desarraigo que cuatro millones y medio de almas.

Realizar en estos momentos la disección del país, sacarlo de su desmoronamiento, es ceñirnos a una verónica sangrante y hacer con ella la propia lapidación. No retornarán los buenos días y, cuando transcurrido un tiempo exista un regreso posible, nosotros, los de entonces, ya no seremos los mismos. Y aún así algo se debe hacer que haga agitarse las conciencias.

Decir en el exterior que en Venezuela se raciona la gasolina, es como afirmar que en los polos del planeta ya no hay hielo. Inverosímil.

El petróleo que contiene el subsuelo de esta heredad de galanura, suma la friolera cifra de 300.900.000.000 barriles. Un experto señala que con tal cuantía, y si ningún país tuviera producción, “se podría abastecer el planeta durante diez años”.

Y aún así, falta gasolina y docenas de necesidades más debido a una política económica nefasta, mostrenca, basada en algo que no quieren reconocer para no hundir más a Hugo Chávez y Nicolás Maduro: el marxismo no funciona en ninguna parte. En China han asumido el industrialismo privado y han movido piezas del dominó ideológico que dejó Mao Zedong.

Aquí ya no quedan empresas de valía y el comercio hundido. Todo el campo agrícola devastado. Aquella algarabía del Comandante llanero -¡exprópiese!, ¡exprópiese!– y que tuvo su aquelarre mayor un domingo en la Plaza Bolívar de Caracas, fue la seña de un debacle demencial, una irresponsabilidad mayúscula y la demostración palpable de un gobierno basado en una demagogia ruin que tuvo la nación en toda su historia.

Petróleos de Venezuela -la compañía jactancia de la nación- es un bochinche, y solamente hace falta pasar por delante del edificio de la empresa en la Avenida Libertador para palpar su descalabro.

El lugar parece una prolongación de la quincalla existente en la cercana Sabana Grande, un adefesio, el reflejo de una organización manejada bajo el melindre de una pulpería.

En lo privado, el petróleo nos interesa poco, pero el crudo no hace lo mismo con nosotros. Coexistimos, de una forma u otra, teñidos de esa brea.

El gran grupo, convertido en un economato para todas las misiones imaginadas por el Primer Líder, habiendo recibido millones de dólares de ingresos extraordinarios de su materia prima, está hoy insolvente.

Recordamos un encuentro con el fallecido economista Domingo Maza Zavala, ese bueno y honrado venezolano que solía acudir a nuestro despacho en la dirección del diario “El Mundo” para charlar, y que cuando hablaba de Pdvsa se sentía acongojado y decía: “Es terrorífico lo que se está haciendo con las mayores riquezas del país”.

Lo que narro ahora parece un correveidile, y aún así es historia auténtica, palpable y a su vez increíble, pero cierta.

La traba de nuestro descalabro económico es una esperpéntica realidad: El plenipotenciario de Energía y presidente de Pdvsa, fue Chávez. Ahí, y no en otra parte, estuvo la disyuntiva. Nadie se atrevía a contradecirle.

“Ministro Alí, mándeme ahorita mismo un puñadito de millones para una misión que acabo de imaginar”; “Ramírez, hablé con mi admirado Fidel Castro; tiene unos problemas de caja que deseo ver solucionados a la brevedad posible”; “Camarada Silva, póngase en contacto urgente con el embajador Bernardo Álvarez y cancélale las facturas del lobby de abogados que nos representa y nos lava la cara en Washington”.

Esta revolución esperpéntica había recibido en los últimos años, por concepto de renta petrolera, la friolera de miles de millones de dólares. ¿Dónde están? Nada funcionó ni funciona ahora, y lo único que en verdad aumentó es el hundimiento económico y la emigración de miles de venezolanos.

El pasado miércoles tuvo lugar el 75 aniversario del llamado Día D en las costas de Normandía, Francia. Los líderes de los 14 países que participaron en el frente para liberar a Europa de la invasión nazi celebraron, en Portsmouth, Inglaterra, el espíritu de colaboración que trajo consigo el final de la Segunda Guerra Mundial.

Finalizado el conflicto, Alemania y el resto de las naciones participantes estaban desechas y necesaria fue una gran ayuda. Se creó el Plan Marshall. El mismo supuso un desembolso estadounidense de 13.000 millones dólares. Labor esencial para la recuperación de los regímenes democráticos en Europa Occidental.

 

La reflexión es ineludible: Venezuela se halla tan devastada hoy, que sin padecer una guerra que no sea la del hampa y los corruptos, necesita un plan Marshall con urgencia.

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