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César Malavé: Lapidaria lección

Los norteamericanos, este 7 de noviembre de 2020, se sacudieron la noche horrible que vivieron durante cuatro años y, parte del mundo con ellos. Empezó la posibilidad de cambiar el clima físico y emocional del planeta. La victoria en las elecciones del candidato demócrata, Joe Biden, devuelve la confianza a quienes esperábamos un giro inmediato en la conducción del país del norte. El mensaje de unidad de Joe Biden y Kamala Harris nos quitó la cuba de encima y pudimos volver a respirar. Setenta y cuatro millones de ciudadanos nos indicaron que no existe dinero ni barbarie al servicio del poder, capaces de asfixiar a un pueblo, cuando este está decidido a vivir en autonomía y,  toma la decisión de liberarse de lo amoral y lo patético. El pueblo norteamericano nos dejó claro que  la tiranía además de ser perversa es inútil; y que todo, hasta la peor pesadilla, tiene un punto final.

Biden ha derrochado sensibilidad, como vicepresidente y mandatario electo; lo que no da una idea de su talante institucionalista.  Su concepto de unir en vez de dividir, su respeto por la diversidad, su preocupación por la pandemia y por el medio ambiente, contrasta con el derrotado oponente, Donald Trump, quien se niega a reconocer el triunfo demócrata y demandará el resultado. Demanda absolutamente aceptable, habida cuenta que esa es la esencia de la democracia. Lo que no se puede admitir es que desde que comenzó el proceso anunció que había fraude y que si perdía, no aceptaría. Esto devela que estamos frente a uno de esos accidentes de la política, un caudillo autoritario haciendo una pataleta porque la fortaleza de las instituciones le impide salirse con la suya. La democracia se tornó incómoda para Trump sólo porque ésta exige algo sencillo y poderoso: que cada voto sea escrutado.

La actitud de Donald Trump debería ser la mejor señal del daño que puede hacer un discurso cargado de odio, racismo, nacionalismo, proteccionismo, xenofobia y desprecio por el medio ambiente, que niega la ciencia, antepone intereses personales al bien común, miente de manera compulsiva y mina los organismos multilaterales privilegiando el unilateralismo. Afortunadamente estos aspectos fueron derrotados. Sin embargo, cerca de 70 millones de personas votaron a favor de estas ideas, y muchos venezolanos las defienden con fervor. Algo debe estar mal, allá y aquí, porque es inexplicable que existan sociedades, grupos humanos, que  menosprecian principios esenciales de la civilidad.

Respetando las diferencias muy acentuadas, pudiéramos decir, que este fue el guión aprendido y aplicado mucho antes,  por el troglodita de Sabaneta. Hugo Chávez también ganó repetidamente elecciones sobre la base del odio, el miedo, la mentira y el nacionalismo, de la cercanía con otros gobiernos autócratas y de mentir de manera consciente. Mismas características del discurso que sostiene a Maduro. Las elecciones en los Estados Unidos nos han dejado una lapidaria lección: Ningún pueblo del orbe está libre de que un aventurero, un politiquero, un vulgar populista llegue al poder a través del voto, sufra la metamorfosis  a tirano y carcoma la institucionalidad civilista del pueblo.

@cesarmalave53

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