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Ramón Guillermo Aveledo: La mejor política

La paz, esa aspiración humana tan natural como elusiva, es un resultado, jamás una precondición y menos una imposición. En Populorum Progressio, San Pablo VI remite la cuestión al desarrollo. Un desarrollo que por integral, es de todo el hombre y de todos los hombres.

En su reciente mensaje que antes hemos comentado, Francisco plantea un aspecto crucial en esa búsqueda. ¿Qué hace falta para que sea posible el desarrollo de una comunidad mundial capaz de realizar la fraternidad de pueblos que vivan la amistad social? Su respuesta es clarísima, “hace falta una mejor política puesta al servicio del bien común”, pero no es que nos diga en Hermanos Todos que sea tarea sencilla. Al contrario, su diagnóstico del presente es crudo porque aprecia que “en cambio, desgraciadamente, la política hoy con frecuencia suele asumir formas que dificultan la marcha hacia un mundo distinto”.

Esta es la reflexión que quiero proponer hoy a los ciudadanos, involucrados o no en política, que lean estas líneas. Esto sin olvidar que porque uno no se meta en política no nos pone a salvo de que la política se meta con uno.

Diferencia el papa, y hace bien, las ideas de popular y populista. Lo popular tiene que ver con el pueblo todo y está en la esencia de la democracia como gobierno del pueblo. “Ser parte de un pueblo es formar parte de una identidad común, hecha de lazos sociales y culturales”, nos explica. Es un proceso largo hacia un proyecto común.

El populismo, como clave de lectura de la realidad social, ignora la legitimidad de la noción de pueblo. Critica el papa “división binaria” entre polos que buscan desacreditarse o exaltarse. Pero ojo, nos advierte que la capacidad del liderazgo para interpretar el sentir de un pueblo es insana “cuando se convierte en la habilidad de alguien para cautivar en orden a instrumentalizar políticamente la cultura del pueblo, con cualquier signo ideológico, al servicio de su proyecto personal y de su perpetuación en el poder.” Esconde, como el liberalismo absoluto, un “desprecio a los débiles”.

Conducir a un pueblo nunca está separado de su propósito que es el bien común y de los medios lícitos para alcanzarlo. El fin no justifica los medios, los ordena. La brújula es el bien común, servirle con lealtad. La rectitud de ánimo e integridad en el obrar es honradez.

Acaso baste, simplemente, recordar la idea de Bolívar en carta de 1820 a Santander: “La mejor política es la honradez”.

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