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Eligio Damas: Una revolución para tres generaciones

Los griegos inventaron el Caballo para joder a Troya

Se dice que, “no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista”. Según la naturaleza de las cosas y de la vida misma es, en definitiva, que todo mal habrá de vencerse o darse por resuelto, tarde o temprano, mediante algún cambio porque esta, la vida, no se detiene, ni acepta ser detenida y el cambio es constante y sirve para para que ella continúe. No será nunca lo mismo, puede que el cambio sea sustancial o discreto, depende del desafío y la naturaleza de las cosas o de eso que suelen llamar la contradicción, pero siempre será la solución.

“Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir”, dice el poema de Jorge Manrique. Pero el morir del poeta, no es más que el simple sumergirse del río, que viene de lo alto, en el mar, para retornar más tarde desde lo alto del cielo al que subió previamente, para volver encarnado en otra vida. El río marcha, en veces apresurado a depositar su carga, que para el poeta era el morir, pero no es más que un cambio para que continúe la vida del rio que es otro río, pues como dijo Heráclito de Efeso, nadie puede entrar dos veces en el mismo río, como es otro el que entró, quien volvió a sumergirse. Todo cambia, nada se destruye. Lo incitante es desafiar la realidad, pero con una actitud de cambio y no para quedarse observando y luego apelar a estereotipos probados e ineficientes y menos gozando del mal ajeno, colectivo y confundir la gloria con el simple masoquismo.

Más de nueve años llevaba la guerra en la que los griegos intentaban someter a Troya y las pérdidas eran para los atacantes por demás cuantiosas. Y por eso, cansados ya de tanto esfuerzo y estar a las puertas de aquella ciudad detenidos, idearon la treta de la retirada y el caballo. Había que hacer algo. Llegaron a la conclusión que, estar allí detenidos, lanzando ataques incesantes, incluyendo los verbales, como que Aquiles y otros ungidos por la divinidad del cielo griego, gritasen sin resultado alguno, ¡abajo el imperialismo troyano! no tenía sentido y eran más los males que aquel esfuerzo ocasionaban. Y eso, la engañosa oferta ofrecida a los troyanos fue por demás tarde y después de un desgaste excesivo y hasta muerte de muchos hombres, hijos de dioses entre ellos.

Rafael, maestro de escuela y algo de filósofo, se montó en una balsa, una simple cosa armada con dos neumáticos y el mismo número de tablas y se lanzó al mar buscándole salida a su angustiada vida. Dejó atrás tres hijos y una mujer y los dos viejos. No significó aquel gesto una renuncia a los suyos, un olvido a sus avatares, vicisitudes y sufrimientos, sino la opción que concibió en la obligación de luchar por ellos; en su espacio natal se le habían cerrado todos los espacios y todo era un golpear la cabeza contra las puertas, lanzar y escuchar proclamas, lanzados por otros, llenas de emoción y patriotismo, pero sin lograr ningún efecto positivo, sino ver cada día incrementados los dolores y ya casi en el umbral de la indecencia, ese espacio donde se hunden todos los pobres, el mismo de los miserables, explotados, que terminan sin fuerzas ni motivos para seguir luchando.

A Luis, hijo de Rafael, le tocó el turno de la despedida. También abordó una balsa como su padre, quien supo de la muerte de los viejos allá lejos, que, si no lo era tanto por las pocas millas de distancia, si lo fue lo suficiente para que no pudiese estar con ellos en el instante de sus enfermedades, muerte y hasta entierro. Le llegó a Luis aquella necesidad de salir, hasta jugándose la vida y corriendo el riesgo, como su padre, de no volver a ver a los suyos, pues él también había formado familia y pese ser un profesional tampoco podía sustentar a los suyos ni aportar lo necesario para satisfacer sus calamidades. Los suyos, como sucedió con él mismo, necesitaban saliese a buscar los medios para desde lejos, perdiéndolos de hecho, pudiese ayudarles a subsistir.

Cuando llegó al final de su viaje, por intermedio de los mecanismos allá creados por quienes antes se habían ido, pudo contactar a Rafael su padre, se abrazaron y lloraron por encontrarse tan lejos y en un mundo que siempre les sería extraño, ajeno y sobre todo por quienes tuvieron que dejar atrás. Tuvo que afrontar la realidad y convivir allá con una nueva familia, la que su padre formó y en la cual hasta se encontró con hermanos. A partir de ese momento, los dos juntaron sus esfuerzos para ayudar a quienes allá quedaron.

Norberto llegó a Venezuela como traumatólogo. De modo que no tuvo que pasar por los avatares y riesgos de su abuelo Rafael, primero y luego Luis, su padre. Vino en aquello que llamaron “La misión Barrio Adentro”, un intento generoso del gobierno de darle la mejor salud al pueblo. Eran momentos de la entrada generosa de divisas por la venta del hidrocarburo, lo que se creyó entonces, nunca dejaría de manar, porque según el discurso, hasta el “enemigo” se vería obligado a comprar, porque estábamos a menos de 3 ò 4 días de navegación. Y aquella avalancha de dólares, la que era mayor porque el combustible alcanzaba precios que casi llegaban al cielo generoso, hizo posible que de allá llegasen por oleadas las batas blancas, de médicos, enfermeros, terapistas, oftalmólogos y distintos trabajadores de la salud.

Norberto tuvo la fortuna de venir con esposa, allá dejaron a su único hijo a cargo de la abuela paterna; llegó convencido que su padre y abuelo habían procedido mal, pues en su país se intentaba defender la soberanía y el derecho de sus gentes a decidir su destino. Norberto, como Rafael y Luis, no gozaba de la libertad de salir cuando y donde quisiese; ese derecho no le estaba permitido. Por eso, al salir, “dejó” su hijo como una garantía amorosa para volver. Era médico y especialista en traumatología y, por lo que luego demostró en los hechos, es excelente como persona misma. Y una de las cosas, aparte de su patriotismo y deseo de servir, por las que optó participar, junto a su esposa, en aquella como cruzada, fue por la posibilidad de ayudar a los padres de esta, a su madre y al niño que allá dejaron.

No obstante sus críticas a sus ascendientes, no dejaba de reconocer que estando aquellos fuera, nunca dejaron de velar por la familia y fue esa la forma como esta, la familia suya y la de una cifra escondida, inmensa,  pudieron subsistir y que, aquella sociedad, no llegase al colapso por causa de la dureza, injusticia de las medidas volcadas sobre toda aquella población y la imposibilidad de quienes estaban al frente de hallar una salida, la que fuese honorable y al mismo tiempo hiciese la vida soportable. Pensaban en una opción para la que no estaban preparados y menos conocían los secretos del camino, pues los caminos nadie podía encontrarlos y eran muchos los espejismos y las rutas que se acababan allí mismo. Y todo era un dar vueltas y vueltas. Pronunciar y escuchar discursos para el consuelo y el prepararse para un destino incierto.

A lo hora de volver, Norberto y su esposa desertaron y tomaron clandestinamente el mismo rumbo que antes Rafael y Luis, el abuelo y padre habían tomado para repetir por tercera vez la misma historia. Allá también dejo Norberto parte de los suyos, por los que debía responder y hallar su solución personal.

Los griegos, menos mal que hasta donde se sabe, sólo fue en la literatura épica, encontraron un ardid, engaño, no muy digno que digamos, pero al fin encontraron como deshacerse del enemigo, mientras pensaban en la retirada. Porque algo hay que hacer, menos quedarse embobados ante la pared o el obstáculo dejando que la vida transcurra por sí sola. Y eso que ellos tenían una opción fácil, la de irse y dejar a los troyanos tranquilos, pero para ellos, los griegos, tomar Troya se les volvió una cuestión de honor; e inventaron una vaina, una trampa, un vulgar truco, pero algo hicieron para lograr su empecinado propósito, no se quedaron dándose en la bemba y haciendo discursos epopèyicos e intentado vivir de aquella escena como picaresca.

Desde los tiempos de Rafael, los evadidos empezaron a enviar dólares, eso que llaman las remesas para mantener sus familias y hasta quienes a nadie tenían fuera, por un motivo u otro, también recibieron sus “ayudas”. El status descubrió una enorme ventaja en aquello, pues dijeron quienes manejaban las manijas, como más tarde dirían aquí, eso dinamiza la economía. Es decir, pone a comprar a quienes de ellas reciben, permite a los grupos económicos y al gobierno ponerse en unos dólares. Y que cada quien se arregle como pueda.

Los ya evadidos y quienes más tarde se “evadan”, sin que medien muchos inconvenientes, dada la ventaja que en eso hay, lo que hasta el gobierno terminará reconociendo, los “beneficiados” por el aporte de los primeros, considerarán aquello una fortuna dada por los “dioses”, pues la miseria fortalece el conformismo y hasta terminaremos como escribiendo la historia de los nuevos cruzados; aunque nadie en este lado del mundo diga que aquellos salieron a “rescatar los santos lugares.”.

Y a lo mejor, ese es la manera de meter un caballo, con sus fines sin que nadie reclame méritos por la meta alcanzada, basta con el disfrute de aquello derivado.

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