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Ricardo Hausmann: Biden no convenció a Miami

Joe Biden obtuvo una victoria decisiva en la elección presidencial norteamericana, derrotando a Donald Trump por más de seis millones de votos a nivel nacional. Respaldado por votantes suburbanos, especialmente mujeres, el candidato demócrata recuperó Pennsylvania, Michigan y Wisconsin, que Trump había ganado en 2016, dio vuelta Arizona y Georgia y se adjudicó 306 de los 538 votos del Colegio Electoral.

Pero un estado pendular clave donde a Trump le fue mejor que hace cuatro años fue Florida –especialmente en sus zonas más hispanas-. El crecimiento del margen de Trump en Florida entre 2016 y 2020 se explica plenamente por su mejora en Miami.

Si bien Biden hizo incursiones importantes en otras partes de Florida, en Miami –una ciudad que representa más del 10% de la población votante del estado- los demócratas perdieron 23 de los 30 puntos de ventaja que obtuvo Hillary Clinton en 2016. Mientras que el voto al Partido Republicano en Miami creció el 60%, los demócratas obtuvieron un 1% menos de votos que en 2016, a pesar de que la concurrencia a las urnas a nivel estatal creció el 20% y que los demócratas obtuvieron un 21% más de votos que en 2016 en otras partes de Florida.

¿Qué explica esta disparidad?

Desde el inicio de la campaña presidencial de 2020, Trump intentó demonizar al Partido Demócrata asociándolo con los elementos más radicales de su ala progresista, cuyas posturas –desfinanciar a la policía, fronteras abiertas, seguro médico de pagador único- habrían hecho que el partido resultara inelegible en gran parte del país. Más importante, Trump identificó al Partido Demócrata con el socialismo, utilizando a Venezuela como el símbolo de lo que el socialismo es en realidad. La estrategia de Trump fracasó en gran parte del país, porque Biden renegó de las políticas preferidas de los progresistas.

Pero Miami fue otra historia. Merecidamente conocida como “la capital de América Latina”, los latinos en Miami se mantienen relativamente involucrados en la política de sus propios países. Venezuela es un tema relevante en muchos países latinoamericanos, así como en España, dadas las repercusiones internacionales del colapso del país, que es muchas veces peor que cualquier crisis económica en la historia moderna de la región.

Venezuela, que alguna vez fue un modelo regional de democracia con una prensa libre pujante, y donde los gobiernos de turno perdieron las elecciones y entregaron pacíficamente el poder seis veces en 40 años, se ha convertido en una dictadura cleptocrática. Más del 90% de su población ha caído en la pobreza y el colapso de los suministros de gasolina, gas para cocinar, electricidad, agua corriente y servicios médicos ha hecho que más de cinco millones de personas (15% de la población) abandonaran el país, caminando, en muchos casos, distancias gigantescas y soportando un sufrimiento indescriptible.

Es fácil subestimar el shock cultural y político del colapso venezolano en los países vecinos y cercanos, entre ellos Miami, donde los venezolanos eran recordados como turistas adinerados pero que rápidamente empezaron a llegar como exiliados traumatizados. Los venezolanos se convirtieron en evidencia de los peligros de las políticas de extrema izquierda –como ha quedado meticulosamente documentado para el caso de Colombia.

Que la palabra “socialismo” se asocie tanto con Venezuela como con Suecia demuestra la imprecisión del lenguaje. Los progresistas deberían repudiar al régimen venezolano –y muchas veces lo hacen-: el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas ha declarado que el régimen chavista ha cometido crímenes de lesa humanidad, y la Corte Penal Internacional ha manifestado su convicción de que crímenes bajo su jurisdicción fueron cometidos en Venezuela. Asimismo, el culto de la personalidad, la criminalización del disenso, las flagrantes violaciones a los derechos humanos y el abuso descarado de las instituciones políticas y electorales por parte del régimen son características compartidas por los populistas de extrema derecha.

Pero esta estrategia de polarización política sigue siendo notablemente efectiva en los países de habla hispana, donde las campañas de derecha la utilizan para acusar a cualquier candidato o político a su izquierda de “socialista” o “castro-chavista”. Y también resultó efectiva en Miami, donde los venezolanos actúan como testigos de la Fiscalía.

Cuando se debate sobre Venezuela en las campañas electorales de países vecinos, por lo general se lo hace de dos maneras diferentes: por un lado, se discuten los planes de un candidato para lidiar con el régimen chavista y la crisis de refugiados y, por otro lado, se discute si es más o menos probable que un candidato lleve al país por el camino venezolano. Mientras que a los migrantes venezolanos les importa relativamente más lo primero, a los locales les interesa más lo segundo. Sin embargo, dado lo grotesca que es la situación venezolana, no tener una postura fundamentada y tajante sobre cómo abordarla cede la superioridad moral sobre el tema y expone a un candidato a que lo asocien con el régimen chavista.

¿De qué manera deben los candidatos de centro-izquierda manejar la acusación de que llevarán al país en la dirección de Venezuela? El premio Nobel Michael Spence introdujo el concepto de señalización como una solución para los problemas de credibilidad. Una señal es efectiva si es prohibitivamente costosa para el tipo de persona de la cual intentamos diferenciarnos, inclusive si también nos resulta algo costosa. En este contexto, una buena señal es aquella que resulta prohibitivamente costosa para un verdadero aliado del chavismo.

Spence ayuda a explicar por qué la estrategia de Biden no fue exitosa en Miami. Biden propuso un Estatus de Protección Temporal (TPS) para los venezolanos que huían del chavismo, y con razón acusó a Trump y a los republicanos de no ofrecerlo. Pero si bien el TPS sirve para ayudar a los refugiados venezolanos en Estados Unidos, no ayuda a los venezolanos a recuperar el hogar que perdieron, y el hecho de que Biden no priorizara su compromiso de promover una transición democrática en Venezuela hizo que a los votantes de Miami les resultara más fácil creer que la situación no le parece tan indignante después de todo.

La elección ya pasó, pero la catástrofe en Venezuela no va a desaparecer. Por el contrario, además del colapso de 2014-2019, el Fondo Monetario Internacional espera que el PIB de Venezuela se contraiga 25% solo este año –más del doble que el siguiente peor país en la región–. La crisis humanitaria y de refugiados empeorará en el mandato de Biden, lo que la convertirá en una prueba temprana de política exterior de su presidencia.

Biden tiene la oportunidad de desarrollar un respaldo bipartidista doméstico y una cooperación multilateral con sus aliados tradicionales, especialmente en Europa, para presionar al régimen venezolano a que acepte elecciones presidenciales libres y justas. Si Biden ayuda a salvar a Venezuela, producirá beneficios enormes tanto allí como en una región sobrecargada por la crisis de refugiados. Incidentalmente, una señal de este tipo desarmaría la estrategia de manipulación que entregó Florida al Partido Republicano.

Con la colaboración de José Morales-Arilla

© Project Syndicate, 2020

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