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Enrique Meléndez: Los sastres de la Carta Magna

¿Cómo es posible que este grupo de aventureros, que están en el poder, se han podido mantener por más de dos décadas? La respuesta estriba en el hecho de su propia condición de trepadores. Es verdad lo que decía Whiston Churchill, que el buen gobernante no es aquél, que está pensando en su reelección, sino aquél que está pensando en las generaciones futuras y, en ese sentido, llegó para edificar un Estado.

De hecho, lo primero que hace el trepador, una vez alcanzado el poder, es el de neutralizar todo cuanto se le pueda oponer a su ambición; comenzando por violar la ley fundamental de la Res Pública, y es cuando dice: “La Constitución da para todo” o “Juro sobre esta moribunda Constitución”. Yo tengo un amigo, a quien le molesta que le digan constitucionalista; pues se trata de un doctor en derecho constitucional, y no deja de tener razón en su reclamo; pues la Constitución es una ciencia, y no es a la manera como decía Carlos Marx, que era su teoría, sino la ciencia y la conciencia del Estado.

Que fue lo primero que hizo la Grecia ateniense, cuando rompió con los esquemas de la visión de mundo mitológica, y pasó a plantearse las leyes de la razón; comenzando por erigir un Estado sustentado sobre la base de una Constitución; para ser complementado ese constitucionalismo, ya en la época de la Roma Imperial, por eso que se conoce como el derecho romano, y fue lo que dio origen a la sociedad civil, y que vino a hacer su reaparición en el horizonte de la humanidad, una vez que se desplaza la visión de mundo del dogma cristiano; que se había impuesto con la caída del imperio romano y que congela la investigación científica, a cambio de evangelización de la especie humana; es decir, la fe por encima de la razón; lo que el viejo Briceño Guerrero califica como paideia; que, a su juicio, fue la Edad Media, y se impone la visión de mundo del mecanicismo; impulsada sobre todo por Galileo Galilei; cuyo “sin embargo” (sin embargo, se mueve) dicho entre dientes, una vez que la jerarquía eclesiástica de su época lo hace abjurar de su teoría; en especial de que La Tierra se movía alrededor del sol; como él sostenía, no era verdad; a la larga cobrará fuerza; como plomo que pesa en la conciencia del individuo, y terminará imponiéndose, y con ello configurando esa visión de mundo, decía, que más se conoce como el movimiento de la ilustración, en la sociedad moderna, sobre todo, en una nación, que comienza a industrializarse a partir de esa cultura del mecanicismo, como es Inglaterra, donde se da la primera forma de Constitución, en ese sentido; para ser llevada a letra, bajo la condición de Carta Magna, en los Estados Unidos de América, una vez que declara su independencia; con repercusiones en la Francia de la Revolución de 1789 y luego por toda Sudamérica, empezando por la Constitución, que aprobamos los venezolanos en 1811; cuyo principio fundamental sentencia que la soberanía reside en el pueblo, y no en un rey; figura que hasta entonces estaba revestida de divinidad; es decir, él era el Estado; incluso, por bula papal muchas veces, y que es lo que decíamos que significaba el regreso a la sociedad civil; a la sociedad de la racionalidad política.

Se pudiera decir que uno de los mayores momentos de lucidez de nuestra sociedad fue cuando se firmó el Pacto de Puntofijo, y que dio lugar a una Constituyente; para la elaboración de la Constitución de 1961, pero conformada por una comisión especial, nombrada en el propio Congreso de la República, que se elegiría en el año de 1958, e integrada por un grupo de especialistas en la materia, y no sujetos de la más variopinta especie, que se le ocurrió meter a Hugo Chávez, cuando convocó aquella famosa Asamblea Nacional Constituyente en el año 1999, en un momento en que no se requería un proceso de esta naturaleza; como se había demostrado tras la creación de la Comisión para la Reforma del Estado; que tenía preparado todo un proyecto de enmienda, que era lo único que se necesitaba, para ajustar nuestro Estado a una estructura moderna; sólo que en aquél privaban sus demasiadas ambiciones de poder, a donde llegó con la idea fija de perpetuarse, como buen trepador aventurero.

De hecho, los que formaron parte del entorno de Chávez en aquellos momentos, en que sale a la luz la Constitución de 1999, cuentan que en una oportunidad éste se había encontrado con Luis Miquilena; quien había sido el presidente de aquella ANC, y que le había dicho:

-Hiciste una Constitución a tu medida.

Entonces, Chávez andaba insatisfecho porque allí no se contemplaba el capítulo de la reelección indefinida, y que lo vino a imponer a la fuerza, luego de una y otra maquinación; es decir, una monarquía sin corona; sólo que para llegar allá, precisamente, tuvo que sortear una serie de obstáculos, desde Miquilena, para abajo, y aquí es donde viene el proceso de neutralización de las instituciones, en función del proyecto político, y donde la Constitución deja de ser ciencia del Estado, para pasar a ser ideología del partido oficialista; de allí el cognomento de “bolivariana”, que le impuso Chávez al nombre de la República, como impronta de su organización partidista; como deja de ser conciencia del Estado, toda vez que pasa a ser aparato de terror para todas las circunstancias, en que se ve envuelta la estrategia de mantenerse en el poder a toda costa; sin un fin justificado, y de allí que José Tadeo Monagas llegaba a la conclusión en su época de que la Constitución da para todo.

Por supuesto, aquí está presente el famoso Principio de Peter; que habla de dos movimientos; el primero, el llegar a ser; el segundo, el de mantenerse; sólo que sin una tesis política, lo que sale es una aberración, que es esta que estamos viviendo, y que nos ha llevado al caos primitivo.

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