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Laureano Márquez: La mirada de Humboldt

Como el Humboldt se ha vuelto a poner de moda en nuestro misterioso y contradictorio país, resucitando bajo la forma de un casino donde unos juegan fortunas mientras otros casi no pueden vivir, repasemos la mirada que este explorador, científico, geógrafo, naturalista, astrónomo, humanista  —y creo que hasta espiritista y electricista— prusiano lanzó sobre nosotros. En 1799 decidió que le parecía un buen plan hacer con Bonpland un viaje por América, él y su carnal zarparon desde La Coruña, pararon en Canarias y siguieron rumbo a Cumaná. Al llegar a Venezuela recorren parte del oriente y luego viajan a La Guaira para subir a Caracas. Ya en la capital, exploran el cerro Ávila, el pico de Naiguatá y toda la zona donde algún día estará su hotel. Les acompaña el joven Andrés Bello, muy entusiasta, pero que no pudo con el esfuerzo y como buen gramático llegó a Sabas Nieves con la lengua afuera.

Los naturalistas hacen luego todo el recorrido de lo que algún día sería la Autopista Regional del Centro hasta Puerto Cabello. Téngase en cuenta que por todos los caminos iban recogiendo hojas y piedritas, es decir que el equipaje se hacía cada vez más pesado.

Dan luego una vuelta por los llanos, navegan el Orinoco (2.500 km en 74 días). Van hasta Ciudad Bolívar, en ese entonces llamada Angostura (por el amargo, o al revés) y terminan nuevamente en Cumaná. Claro que hay que tener en cuenta que recorrer Venezuela en el año 1800 no era algo tan complicado como lo sería hoy.

Nota Humboldt, en su viaje por nuestra tierra, entre otras cosas, lo siguiente: que nuestra población indígena no es tan numerosa como en otras regiones de América y que no había ciudades antes de la llegada de los conquistadores, como en México o Perú; que nuestra población rondaba las 900.000 almas y Caracas —que le pareció una ciudad muy europea— unas 40.000; que la gente por acá no tenía muchas ganas de independencia, que preferían cambios lentos y progresivos.

También se cuenta que pudo presenciar por estos lares un eclipse de sol, un terremoto, un extraño caso de lactancia masculina. En su periplo visitó el samán de Güere, pero sin hacer juramento alguno. En Calabozo conoció a un inventor llamado Carlos del Pozo, que había diseñado aparatos para producir electricidad.

Bueno hasta aquí esta pequeña reseña de Humboldt. Señores: hagan sus apuestas en la ruleta revolucionaria… ¡No va más!

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