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Rafael Fauquié: La risa

La risa crece y echa a volar con fácil espontaneidad. Es el gesto natural que logra apartarnos –así sea por muy breves momentos- de realidades incomprensibles, desconcertantes o desagradables. La risa es invasora: rápidamente puede hacerse carcajada colectiva. Es, también, recurso: cuando más insostenibles se vuelven los argumentos, más inservibles las comprensiones o más inútiles las razones, la hilaridad ofrece respuestas, refuta razones, conjura temores, banaliza incertidumbres. Reír es una estratagema de la que el ser humano ha hecho uso desde siempre.

Recuerdo dos referencias literarias sobre la importancia de la risa. Una, la muy conocida novela de Umberto Eco, El nombre de la rosa. Su trama cuenta como el padre Jorge, bibliotecario de un monasterio medieval donde se han cometido una serie de asesinatos, resulta ser el culpable de esas muertes. El sacerdote ha ultimado a todos aquéllos que han tenido contacto con un perdido manuscrito de Aristóteles sobre el tema de la risa. El punto de vista del sacerdote, idéntico al de la Iglesia de entonces, es que la risa es un peligroso desvarío. Desmitifica y distorsiona. Es irreverente. Profana todo lo que es sagrado y verdadero. Vulnera creencias y desfigura dogmas. Es subversiva. Reír podría distanciar al ser humano de todo lo solemne e indudable. Podría significar algo muy riesgoso para el poder -secular y religioso-: la introducción de la sedición o la blasfemia en súbditos y fieles.

La segunda de las referencias pertenece al pensador y autor de teorías literarias, Mikhail Bakhtine, quien, en su Estética y teoría de la novela, afirma que el tema de la risa es esencial para entender la génesis y evolución de la novela moderna. Por esta razón admira a Gargantúa y Pantagruel y al Quijote. Para Bakhtine, Rabelais y Cervantes recuperaron ese saber característico del mundo antiguo: la risa. Reír y hacer reír fue lo que hicieron autores como Aristófanes o Petronio. Luego, por muchos siglos, la risa pareció alejarse del mundo occidental. Durante la larga Edad Media, la risa fue proscrita de dogmas y normas, principios y leyes. Cito a Bakhtine: “La risa permanecía fuera de la mentira oficial … logró escapar a la contaminación de la mentira”.

La risa puede ser un muy sano conjuro contra la falsa solemnidad, la injusticia, la mentira, la corrupción, la manipulación. Nos ayuda a rescatarnos de la desorientación, del desaliento, del pesimismo. Nos permite soslayar realidades desagradables, amenazantes o destructivas. Ante el agobiante peso de lo real; de lo tantas veces grotescamente real, ella permite resistir mucho absurdo cotidiano, sobrellevar demasiado desconcierto y soportar tanto doloroso momento –incluso, trágico- surgido de entre la realidad entornante.

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