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Rafael Fauquié: Descifrar el silencio de la tierra

“¿Has comprendido, Leiziaga, todo lo que ha pasado aquí? ¿Interpretas ahora este silencio?”. Enrique Bernardo Núñez: Cubagua

I. La Nueva Cádiz

Cuando Colón, en su tercer viaje, llega a lo que hoy es Venezuela, lo primero que lo admira es la belleza extraordinaria de la tierra. La llamará “Tierra de Gracia” porque en esos parajes reconoce algunos de los signos con que la Biblia describe al Edén: un “árbol de la vida y cuatro ríos que se unen en una sola y gigantesca fuente”. Nuestro país penetraba a la cultura occidental revestido con el ropaje de lo mítico: era el Paraíso Perdido al fin reencontrado.

Un año después de ese tercer viaje de Colón, en 1499, llega a nuestras costas otra expedición. La financia Américo Vespuccio y la dirige el capitán Alonso de Ojeda. Los nuevos expedicionarios se admiran de las bellísimas perlas que adornan los cuellos de los aborígenes. De esas perlas nació el segundo de los mitos asociados a la región: el de la riqueza. La versión se propaga rápidamente. Poco después, en el mismo año de 1499, llega a las isla de Cubagua un navío enviado por una compañía comercial, la Sociedad Niño y Guerra. El barco se detuvo un corto tiempo en Cubagua; el suficiente, sin embargo, para llenar con perlas varios barriles. Cuando la expedición regresó a España fue grande la sorpresa de todos ante esas rebosantes barricas. En ese momento los Reyes Católicos conocieron de cerca las maravillas de aquella anunciada “Tierra de Gracia”. En la corte de Madrid se dijo que este nuevo viaje había sido el “más rico que hasta entonces se hubiese hecho a las Indias”. Lo legendario cobraba visos de realidad: en remotos lugares de clima maravilloso y amables aborígenes, cerca de la desembocadura de un inmenso  río (el Orinoco, que hizo suponer por vez primera a Colón que había alcanzado un nuevo continente), se escondían infinitas fortunas que sólo esperaban por la llegada de aventureros lo suficientemente arrojados como para cruzar el océano en su búsqueda.

En poco tiempo la región dejó de ser la Tierra de Gracia para revestirse con un nuevo nombre: Venezuela. Así la llamaron Ojeda y Vespuccio cuando a orillas de una inmensa laguna que los aborígenes llamaban Coquivacoa, contemplaron poblaciones levantadas sobre el agua: construcciones lacustres unidas a través de puentes. Vagamente la imagen les había recordado a Venecia, la serenísima reina del Adriático. Venecia: Venezuela. El término es un diminutivo algo despectivo; cierta irrisión se cuela por entre la comparación. Pequeña y pobre Venecia; Venezuela es a Venecia lo que mujerzuela a mujer: el término burlesco reseña lo poco digno de la evocación por sobre lo evocado. Pero, con todo, era un nombre. El nombre que para siempre acompañaría las peripecias de aquella región, los caminos de su itinerario en el tiempo de la historia.

Un bautizo es un comienzo, un nacer a la referencia y a la memoria futura. Hacia esa nuevo destino que era Venezuela se dirigen los primeros expedicionarios que llegan. En el año de 1500 un grupo de viajeros, provenientes de la isla La Española, se establecen en la pequeña y desértica Cubagua. Cubagua es el primer asentamiento, apenas unas sesenta casas. En la isla no hay árboles, tampoco agua dulce. La madera que usan los vecinos para construir sus casas debe transportarse desde la isla de la Margarita. El agua tiene que ser llevada, en barricas, desde tierra firma. Sin embargo una comunidad, una sociedad nueva nacía en Cubagua. Quince años más tarde las primeras chozas se han convertido ya en pequeño villorrio. Veinte años más tarde, y por orden real, ese villorrio tiene nombre: Nueva Cádiz. El nombre de la primera ciudad venezolana.

Pocos años duraría la vida de Nueva Cádiz: la agotaron los huracanes, los corsarios, la falta de agua, la inclemencia de su infinita sequedad, la desaparición progresiva de las perlas. A mediados del siglo XVI, Nueva Cádiz es abandonada para siempre. Efímera fue su vida. Por mucho tiempo sólo algún muro, vestigios de inciertos escudos tallados en piedra recordaron  ‑y aún hoy lo recuerdan: en su inamovible quietud, el silencio de la tierra habla expresivo‑  lo frágil y provisional que fue ese primer instante de la historia de Venezuela.

Al partir de Nueva Cádiz, dos españoles que habitaron en ella, Jorge Herrera y Juan de Castellanos, escribieron en versos el epitafio de aquel lugar que moría poco después de haber nacido. Esos versos hablan de fugacidad, de sueños que contradicen las circunstancias adversas: “Aquí fue pueblo plantado,/ Cuyo próspero partido/ voló por lo más subido;/ Mas apenas levantado/ Cuando del todo caído…” Eso escribió Jorge Herrera.

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