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Pedro Morales: Cruz

Las enseñanzas de Jesucristo a través de su modelo de “Vida, Pasión,  Muerte y Resurrección”, logran transformar la conversión de apariencia, en una conversión de vida y obras reales. El Evangelio no es letra vacía, sino fuente inagotable de sabiduría y acción. La comprensión de la “Paradoja de la Cruz” y todo lo que involucran las “Siete Palabras”, conllevan a reencontrarse con Jesucristo, centro y sustento de la vida y salvación eterna.

“Padre, perdónalos que no saben lo que hacen” (a)

Le acaban de crucificar injustamente, violando todos sus derechos, traicionado e insultado, está viviendo un dolor inimaginable. Resulta insólito que Cristo desde el suplicio de la Cruz, se apure a pedir perdón para los que le han llevado a la muerte. Pone en práctica sus propias palabras, amen a sus enemigos, rueguen por los que los persiguen: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.

¿Acaso quienes los que lo condenan no sabían lo que hacían?, ¿ni los sumos sacerdotes, ni Herodes, ni Pilatos? ¿Acaso Judas que lo acompañó durante tres años no sabía lo que hacía cuando lo vendió por 30 monedas? La misma multitud que presenció sus milagros, prefirió soltar a un delincuente convicto y confeso como Barrabas, ¿no sabían lo que hacían? Como va hablar Jesús de ignorancia, de que no saben lo que hacen, pero Jesús que compartió nuestra naturaleza humana sabe hasta qué punto el humano es capaz de segarse a sí mismo bajo el influjo de sus pasiones y se vuelve ignorante ante todo lo demás: culpablemente ignorante.

Judas quiso convencerse que estaba haciendo bien a su pueblo. Pilatos quiso convencerse que cuando se lavaba las manos se limpiaba de un error que no era suyo. Los sumos sacerdotes quisieron creer que estaban defendiendo al pueblo judío. Todos quisieron convencerse que crucificar a este hombre,  bondadoso e inocente, era lo mejor para sus intereses. Esta ceguera es la más alta de las tragedias humanas.

Reflexión 1: ¿Cuántas  cegueras han acompañado a lo largo de la vida y han llevado a ser injusto, cruel e indiferente con los hermanos?

En estos momentos Jesús vislumbra la eternidad, en el horizonte de los tiempos ve avanzar hacia si la inmensa ola de los pecados del mundo formada por todas las blasfemias, impurezas, lenguas profanadoras, odios. Ola que crece levantada por los vientos y  estrellándose contra la cruz. Tiene razón el evangelista cuando dice en Juan 3, 17: “Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él”. Por ese destino está clavado en la Cruz y no tiene otras palabras que las del perdón. Es para el mundo entero que está pidiendo perdón. Allí crucificado, viendo al Padre indignado contra los hombres intercede ante Él y oculta a todas las criaturas detrás de su santísima humanidad,   poniéndonos a salvo, para que el Padre mirándole a él, no nos cierre las puertas de la salvación. La primera palabra de su testamento no es una condena, hay solo perdón. No era en definitiva la salvación del mundo entero, la clave radical de toda su vida, la primera y última razón de su muerte.

Reflexión 2: Aprendamos de Jesús, y perdonemos a todos aquellos que nos han ofendido, injuriado, insultado. Pero a su vez, pidámosle perdón a todos aquellos que también hemos maltratados con nuestra palabra o proceder.

“Hoy estarás conmigo en paraíso”

Miremos el calvario, hay tres cruces, hay tres hombres en cruz. Uno que da la salvación, otro que la recibe y un tercero que la desprecia. Para los tres la pena es la misma, pero todos mueren por diversa causa. Los dos crucificados con Jesús gritaban, chillaban, insultaban. Allí  había un brutal realismo, carnicería, sangre, gritos, pero ¿quiénes eran estos dos malhechores que estaban junto a Jesús. Se les han atribuido diferentes nombres, Dimas, Gestas, son los más aceptados. Ambos  criminales, culpables de delitos.

Tenemos a Gestas, uno de los malhechores que pendía en la cruz. Blasfemaba diciendo, no eres tú el Cristo, sálvate a ti mismo y sálvanos a nosotros. Esas palabras llenas de rabia quedaron sin respuesta por parte de Jesús. El otro de los malhechores en medio de su horrible dolor fue llegando a tres conclusiones  importantes: 1era) que merecía un castigo por sus fechorías; 2da) que el hombre que estaba a su lado era inocente, y aun cuando no merecía esa condena   se encontraba sereno, no se revelaba ante esa muerte injusta. Por ultimo su duda se convirtió en certeza, él es el Mesías prometido, y así pronunció estas palabras:   “acuérdate de mí cuando estés en tu reino”.

Conoce el buen ladrón la majestad de Cristo. Es  realmente admirable como este delincuente se convirtió al cristianismo clavado desde una Cruz. Estas sorprendentes palabras van a obligar a Jesús a responder en medio de su asfixia: “en verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23, 43). Esto solo viene a ratificar las palabras que antes había dicho: “A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 6, 32).

Reflexión 3: Y Dimas como tantos más, ha sido rescatado de la condenación por la infinita misericordia del Salvador. Todos somos pecadores, pero Jesús vino a enseñarnos el camino para llegar al reino prometido, donde no existe el pecado, ni el dolor, ni las lágrimas. Sigamos el ejemplo de Dimas, volvamos el rostro hacia el crucificado, y tomemos el camino que él nos ha señalado para conducirnos de su mano al reino de los cielos.

“Mujer, ahí tienes a tu hijo”

Es el momento en que Jesús le va hacer el gran regalo a la humanidad. El que nada tiene, desnudo sobre la cruz, posee aun algo enorme, una madre que se dispone a entregárnosla. Es a través de San Juan presente junto con la Virgen María a los pies de la cruz que nos transmite esta tercera palabra. En este momento Jesús fija sus ojos en su madre. María se encontraba ahí firme al pie de la cruz, desgarrada por el dolor, pero entera y dispuesta a asumir la tremenda herencia que ahora su hijo le hace. Ahora serás madre de todos los hombres: “Mujer, he aquí a tu hijo”.

La presencia de María al pie de la cruz tuvo un significado doble. Él sabía del dolor que sufría su madre y a su vez la dulzura de su presencia junto a él. Y así siente desgarrarse nuevas olas de su corazón. El dolor se multiplica así como en una galería de espejos. En este momento crucial, Jesús eleva a María al rango de madre de la humanidad. Aquel pequeño grupo al pie de la cruz es la iglesia naciente, y en esta iglesia María tiene un puesto único.

Cuando se dirige a Juan le dice “he aquí a tu madre”. Es obvio que las palabras de Jesús no son una simple preocupación por el bienestar material de su madre. Además, Juan ya tenía madre, ¿para que darle una nueva? Es claro que se trataba de una maternidad distinta y que Juan no es únicamente el hijo de Zebedeo sino algo más. Representaba a la humanidad entera. Es el gran legado que Cristo concede en la cruz a la humanidad.  Una segunda Anunciación, solo que esta vez no es el Arcángel Gabriel sino su propio Hijo que nos hace hijos suyos. Ella aceptó al igual que aceptó hace 33 años. De ahí que la sangre del calvario tenía un extraño sabor a recién nacido, es más lo que allí  nace que lo que allí muere.

Reflexión 4: No desaprovechemos este gran regalo que Jesús nos deja en su testamento. María, nuestra madre es fuente de bendiciones y es guía inestimable en el camino que conduce a la presencia de su Padre.

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Si tuviéramos que elegir entre el Evangelio una palabra desconcertante por encima de todas, tendríamos que elegir esta, que durante siglos ha sido motivo de estudio y polémica.

Imaginemos el silencio del calvario. Un hombre casi muerto y de pronto desde sus pulmones sale un grito, con un esfuerzo que parecía imposible. Se incorporó en la cruz y gritó, no habló sino gritó, “Elí, Elí, ¿lama sabactani?” (Mateo 27:46), es decir, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. La muerte se acerca, ya casi no le queda sangre, ya casi no puede respirar. Estaba solo con su dolor. Todos morimos solos, incluso cuando estamos rodeados de amor, con mucho que el agonizante tienda la mano y se aferre a otra mano, sabe que allá en el interior donde se dirime el último combate, estará solo,

Gritó, ¿por qué gritó?, ¿qué nuevo género de tormento es este? Había sudado sangre sin gritar, había sufrido la monstruosa flagelación sin gritar, había sufrido sin grito cuando fue traspasado por los clavos. ¿Por qué grita ahora cuando ya solo falta terminar de morir?

Esta pregunta trajo de cabeza a muchos. ¿Cómo el Padre pudo abandonar al Hijo si ambos son un único Dios? ¿Cómo pudo alejarse la divinidad dejando solo  la humanidad de Cristo? ¿Puede el Hijo de Dios quedarse sin Dios? ¿Acaso la ausencia de Dios no es el mismo infierno? Para algunos teólogos es en este momento en que Jesús desciende a los infiernos, padeciendo los tormentos espantosos que deben de sentir los condenados. Sin embargo, Jesús en la cruz  no estaba en ánimo de decir metáforas. Si él dice que su Padre lo abandona es porque de algún modo lo abandona. De un modo que quizás nosotros no podamos comprender. El hecho es que experimentó una sensación de lejanía.

Pero, ¿cuál es la dimensión y sentido de esa lejanía? La clave del misterio es que en este momento Jesús estaba asumiendo todos los pecados del mundo, porque aquí no solo se trata de morir, se trata de algo infinitamente más grave. Se trata de algo tan terrible como que Jesús, Dios y hombre verdadero se haga pecado. “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él”. (2 Corintios 5, 2)

Jesucristo no había sido nunca pecador, pero en este momento se experimenta pecador. Entonces qué tiene de extraño que el Padre se alejara, ya que el Padre no puede convivir con el pecado. Por eso podemos decir que Jesús experimentó todos los dolores que en el infierno pueda sentir un pecador. Pero sus dolores no fueron de pecador sino de Salvador. Ahora es cuando en verdad  el sin pecado se hace radicalmente uno de nosotros. Por eso grita. Ese dolor es más agudo que el de todos los de la carne. Su grito no es desesperación, es la esperanza de la luz que se abre paso en la oscuridad, para traer la vida al mundo entero.

Reflexión 5: ¿Dios nos abandona o nosotros nos alejamos de Dios?

“Tengo sed”

Jesús no había bebido nada desde la noche anterior en la última cena, no le quedaba casi sangre, estaba deshidratado: una sed inimaginable. Jesús habla de una sed física, es la prueba definitiva que está muriendo de una muerte verdadera, de que en la cruz hay un hombre no un fantasma.  Pero también experimenta Jesús la sed de almas. Ve dentro de su conciencia el drama de su redención despreciada. De saber de antemano, que para muchos, este dolor será inútil: la condenación eterna. El hecho que muchos puedan despreciar su amor, es la causa suprema de la indecible agonía del Salvador. Sin embargo, tiene una infinita esperanza de almas que logren la felicidad eterna, y también clama por los más necesitados, los desposeídos, los abandonados que están sedientos de justicia, caridad, amor y solidaridad.

Reflexión 6: ¿Nosotros en la actualidad calmamos la sed de Jesús? ¿Cumplimos el mandamiento que nos dejó en su testamento: “ámense los unos a los otros como yo los he amado”?  No es una solicitud, es un mandato. Solo así podremos calmar su sed…

“Todo está consumado”

Pronto será las tres de la tarde. Jesús se reconcentra y dirige una mirada a su vida. Ahora puede concluir que todo está cumplido. Comprueba que todas las profecías que sobre él se habían dicho  se han cumplido. Y sobre el alma de Jesús desciende la paz. Vino al mundo a cumplir una misión y lo había cumplido todo. Su obediencia al Padre ha sido absoluta. Y con su cuerpo destrozado, con su cuerpo maltrecho, se presenta ante el Padre como sustituto del hombre maltrecho. Jesús a los 33 años había cumplido con todo en su vida, no necesitaba de un día más. Todo está consumado. Es un grito de victoria. Sobre el fondo negro de la humanidad pecadora está el retrato del libertador del mundo. En verdad todo está consumado.

Reflexión 7: Nosotros también tenemos una misión que cumplir en este mundo. Y al terminar ésta vida podemos también exclamar: ¿hemos recorrido el camino por la senda que Jesús nos trazó?, ¿hemos cumplido?, ¿todo está consumado?

“Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu” 

Solo faltaba morir, despedirse del mundo, encomendarse al Padre. “Todos los hombres nacemos para vivir, solo uno nació para morir”. El humano teme a la muerte. Todos sentimos terror cuando sacude con su látigo a uno de los nuestros. Sin embargo,  para el que cree en Dios, morir no es saltar al vacío, ni entrar a la oscuridad. En realidad es que solo ponemos la cabeza en su sitio, en las manos del Padre. Cae la vida, todos caemos, pero alguien recoge estas caídas con sus adorables manos. Las manos de Dios son salvación. No están hechas para condenar sino para salvar. Si alguien se condena es solo en la medida que huye de las  manos de Dios. Esta es la gran revelación de su luz. Por eso Jesús muere tranquilo, ya sabe en quien está poniendo su cabeza. Acabó su combate, es hora de descansar.

Reflexión 8: Si de algo estamos seguros es que vamos a morir, ¿qué pondremos en las manos de Dios? Riquezas, honores, placeres. Procuremos que al llegar el momento de la muerte nuestras  manos estén cargadas de obras de amor y caridad, y podamos decir: “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu”. (Salmo 30)

(a) Referencia: Las Siete Palabras. El testamento de Jesús. TV Familia.

Fuente: “Perspectiva Económica y Académica Contemporánea”. UNET. Años: 2018 al 2021. Pedro Morales. pedromoralesrodriguez@gmail.com  @tipsaldia. WhatsApp: +584168735028

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