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Fernando Ochoa Antich: En beneficio de la memoria histórica III 

El día 3 de febrero de 1992, mientras ocurrían, en la Comandancia General del Ejército, los hechos narrados en mi artículo anterior, me encontraba en Maracaibo en compañía del viceministro de Sanidad Aníbal Latuff, del licenciado Pastor Heydra y uno de mis ayudantes, el mayor Nelson Ávila Dávila, con la finalidad de asistir a una reunión de coordinación con el Dr. Oswaldo Álvarez Paz, gobernador del Estado Zulia, relacionada con el apoyo de las Fuerzas Armadas para la ejecución de una campaña sanitaria contra el cólera. Finalizada la reunión, después de las 4 p. m., acepté la gentil invitación de algunos de mis amigos en esa ciudad para compartir socialmente. Ese agradable encuentro finalizó antes de las 7 p. m. cuando me dirigí a la Base Aérea Rafael Urdaneta para mi regreso a Caracas. Allí se encontraba, para despedirme, el general Néstor Lara Estraño, comandante de la Primera División de Infantería y algunos oficiales, entre ellos su Jefe de Estado Mayor el coronel Marcelino Rincón Noriega, quien necesitaba viajar a Caracas. El general Lara me pidió el favor de que le permitiera hacerlo en el avión del ministerio, a lo cual accedí gustosamente. Llegué a Maiquetía a las  8 p. m. donde me esperaba el mayor Edgar Ramírez Moyeda, para informarme que al general Freddy Maya Cardona, comandante de la Guardia Nacional, le urgía hablar conmigo. Le respondí que lo llamaría por el teléfono del automóvil.

Invité al coronel Rincón a acompañarme en mi automóvil. Apenas salimos del aeropuerto le ordené al mayor Ramírez comunicarme con el general Maya. Su interés en hablar conmigo era informarme sobre los persistentes rumores que habían circulado esa tarde relacionados con un posible atentado en contra del presidente Carlos Andrés Pérez que realizaría un grupo de oficiales subalternos en el aeropuerto de Maiquetía a su regreso a Venezuela. Me sugirió llamar al director de Inteligencia Militar. Así lo hice. De inmediato, me comuniqué con el general José de la Cruz Pineda, quien me ratificó la información recibida. Le pregunté si había alertado a la Casa Militar y al Comando Regional No. 5, responsables de la seguridad del presidente de la República y del aeropuerto de Maiquetía respectivamente. Me respondió afirmativamente. Un poco más tranquilo, continué hacia Caracas por la autopista, la cual se encontraba muy congestionada. Al acercarme al primer túnel, interrogué a un guardia nacional sobre las razones del congestionamiento. Me respondió: “Mi general, se incendió un automóvil en el túnel”. Reflexioné unos minutos sobre la posibilidad de que ese hecho pudiera estar relacionado con los rumores y le ordené al chofer regresar al aeropuerto. Sin embargo, decidí ir primero al Destacamento No.53 de la Guardia Nacional con el objeto de verificar las medidas de seguridad.

Al llegar al destacamento conversé privadamente en su oficina con su comandante, teniente coronel Marcos Ferreira Torres. Allí le comuniqué el motivo de mi visita. Ya conocía la novedad. Me explicó el plan de seguridad. No lo consideré suficiente. Le ordené reforzar su dispositivo con todos los efectivos disponibles. Al salir del Comando, me encontré con Pastor Heydra.  Al verme me dijo: “Lo seguí, al observar que usted se devolvía”. Le informé lo que ocurría y le pedí el favor de trasladar al coronel Rincón a Caracas. Me despedí del teniente coronel Ferreira y con una escolta de guardias nacionales me dirigí hacia el aeropuerto. En la zona protocolar encontré al coronel Rafael Hung Díaz, subjefe de la Casa Militar, quien me explicó las medidas de seguridad. Consideré que todo estaba bajo control. Cerca de las 9:30 p.m. llegó al aeropuerto el doctor Virgilio Ávila Vivas, ministro del Interior, con la finalidad de recibir al presidente de la República. Lo saludé y le informé lo que ocurría. A las 10 p. m. se abrió la puerta del avión y apareció el presidente Pérez. Al darse cuenta de mi presencia se mostró extrañado, ya que no era protocolar que el ministro de la Defensa esperara al presidente de la República al regreso de sus viajes. Al saludarlo me preguntó el motivo de mi presencia allí. Interesado en abandonar con rapidez la pista de aterrizaje le dije: “Se lo comunicaré en el automóvil”.

Abordamos el vehículo el presidente Pérez, el ministro Ávila y yo. Al salir del aeropuerto le informé lo que conocía: “Presidente, toda la tarde circuló un rumor sobre un posible atentado que realizaría un grupo de oficiales subalternos en su contra en el aeropuerto a su arribo de Davos”. El presidente Pérez se molestó. Alterado me dijo: “Ministro, rumores y más rumores. Esos rumores son los que le hacen daño al gobierno. Lo espero a las 7 de la mañana en Miraflores para iniciar una investigación”. Sorprendido por su  actitud, le respondí: “Allí estaré presidente”. Guardé silencio durante el viaje. La caravana presidencial se desplazó rápidamente y en pocos minutos llegamos a La Casona.  Me despedí del presidente Pérez y del ministro Ávila. Tomé mi automóvil y me dirigí hacia la residencia ministerial ubicada en Fuerte Tiuna.  Eran cerca de las 11:00 p.m. Mi esposa me esperaba, cenamos y me dispuse a acostarme. En ese momento, sonó el teléfono interministerial. Al tomarlo, escuché la voz de Pastor Heydra: “Ministro, el coronel Rincón, desea hablarle con urgencia”. El coronel Rincón me dijo: “Mi general, llamé a mi esposa, hace unos minutos, a Fuerte Mara con la finalidad de participarle mi llegada a Caracas. Ella me acaba de informar que una compañía del Batallón “Aramendi” se insurreccionó y se dirige hacia Maracaibo”. Le di las gracias y cerré el teléfono.

De inmediato llamé a La Casona para informar al presidente Pérez. Me atendió el telefonista. Esperé que lo localizaran. Al mismo tiempo por el intercomunicador me comuniqué con el Batallón Caracas con la finalidad de alertarlo. El telefonista de La Casona me informó que el presidente Pérez no atendía el teléfono. Le insistí en la urgencia de despertarlo. En ese momento escuché la voz del coronel Roberto Moreán Umanés, comandante del Cuartel General del ministerio. Le pregunté la razón por la cual se encontraba, a esa hora, en su Comando. Me informó que el general Pedro Rangel Rojas, comandante del Ejército, había establecido un estado de alerta en la tarde. Extrañado de no conocer esa decisión, le ordené activar el plan de “Defensa Inmediata” del Ministerio de la Defensa.  En ese momento, escuché la voz de Carolina Pérez, una de las hijas del presidente de la República. Le expliqué lo que ocurría. Con rapidez despertó a su padre. Por fin pude escuchar la voz del presidente Pérez. Le informé el alzamiento de la compañía de tanques en Fuerte Mara. De inmediato me ordenó: “Salga usted hacia el Ministerio de la Defensa, que yo me trasladaré a Miraflores”. Apenas colgué el teléfono llamé al doctor Oswaldo Álvarez Paz, gobernador del Estado Zulia, para informarle del alzamiento. Le recomendé que se dirigiera al comando de la Primera División de Infantería.

Mientras conversaba con el gobernador, el centralista de la residencia ministerial me fue comunicando con cada uno de los comandantes de Fuerza. Los localicé en sus residencias, a excepción del general Pedro Rangel Rojas. Nadie contestaba el teléfono de su casa ni el del Comando del Ejército. A todos les ordené que se trasladaran a sus respectivos comandos. El mayor Ramírez pidió mi automóvil al Ministerio de la Defensa. Antes de dirigirme al ministerio, debí convencer a mi familia para que saliera de Fuerte Tiuna. Mi esposa no estuvo de acuerdo. Me costó convencerla, pero al final aceptó. Mi hijo Fernando preparó un automóvil particular para trasladarse a la casa de mi cuñado, doctor Rafael Díaz Gorrín. Pasaban los minutos y el automóvil oficial no llegaba. Urgido, como estaba en abandonar la residencia ministerial, utilicé un vehículo destinado a los servicios administrativos, acompañado del mayor Ramírez  y de un soldado como chofer, y me dirigí hacia el Ministerio de la Defensa. Al llegar a la alcabala adyacente al Comando General del Ejército observé  la presencia de un número de efectivos muy superior al normal y no pertenecientes al batallón Caracas. La sobrepasé sin identificarme. Después averigüé que eran tropas del Regimiento Codazzi con la misión de detenerme. Por suerte, la utilización de un automóvil no oficial confundió a dichos efectivos y a su comandante.

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