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Rafael del Naranco: Nuestros sueños más hermosos

El tiempo, en esa hora  en que el sol se aletarga sobre el horizonte, era placentero. Una brisa suave, fresca, envuelta en salitre, movía las ramas del pino carrasco, en esta  tierra mediterránea  de pinares y palmitos.

Regresaba  definitivamente desde la orilla efervescente y azulina del Caribe venezolano,  a la playa levantina de tantas pasiones – soñadas unas, enardecidas otras-    y era como si la esencia de lo que somos  ahora, tras cruzar infinidades de otoños,  fuera parte de la  brisa marina colmada de  sensaciones  y querencias afectivas.

En esos días antes de la partida,  descendíamos de Caracas hacia la costanera, ante la avidez – creíamos en ese entonces – que las bellas mujeres, igual    a la baja niebla,  se abrían al amor clandestino a finales de agosto o la primera semana de septiembre.

¿Y dónde nos esperaban?  Era la ansiada pregunta mientras bebíamos  sorbos de ron durante toda una  tarde en el bodegón del puerto de La Guaira.

El lugar en que se cobijaban  nadie supo decirlo. No obstante, igual que las   gaviotas, retornan cada año al comienzo de la primavera,  todo pescador protegidos de Neptuno y custodiado por Minerva, protegían los callejones de la pasión furtiva.

Y a eso jugábamos entonces. A ser hombres fogosamente enamorados sin descanso, con miedo de que todo fuera un sueño y se hiciera ceniza. Y mientras  el mar, presente, vigilante y cómplice de cada una de esas embestidas, nos miraba bravíos  entre el romper de sus crestas.

La poesía  era por ese entonces, no un arte en el clásico sentido de la palabra, sino un ramalazo, un hervir de la sangre, una forma de trasformar la saliva desde el fondo de las entrañas y amasar con ella palabras tan  potentes como la luminiscencia y las  noches  cerradas en lluvia.

Entremezclábamos  gritos sin miedo – ese llegaría más tarde y nos destrozaría a zarpazos – para probarnos a nosotros mismos y saber que la sangre corría por la venas con la furia desbocada de  una catarata furiosa. José Hierro (acero y hielo al mismo tiempo) era el poeta de nuestros desahogos juveniles, y así nos lo predijo mucho antes:

“No fue jamás mejor aquello. / Esto de ahora es doloroso; / pero el dolor nos hace hombres / y ya ninguno estamos solos. / Alto fue el precio que pagamos: / miseria y llanto en los ojos, / nuestros mejores años verdes / y nuestros sueños más hermosos.”

Un amanecer, ya sosegados en la orilla caribeña,  supimos de un océano y una tierra de gracia llamándonos a gritos, y cuya espuma rozaba las costas portuguesas.

Nos levantamos, tomamos las alforjas y no descansamos hasta llegar  a las páginas de Fernando Pessoa, Antonio Lobo Antunes, José Maria  Eça de Queirós​ y José Saramago.

Habíamos retornado a la península Ibérica de la infancia lejana, a la  escollera que fraguó nuestros  primeros afanes, y  lo más duro:

Debíamos aprender a vivir nuevo.

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