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Marina Ayala: “Desciudadados”

Mientras andamos encantados y distraídos insultando por ideologías descubrimos que no es lo que más le interesa a este totalitarismo de nuevo cuño. Su interés radica en romper las lógicas y debilitar el pensamiento o más bien anularlo. Hacernos parte del montón, y conducirnos como se conducen las manadas. Ya no nos pertenece ni el tiempo ni el espacio, ordenadores de un pensamiento organizado. El tiempo pareciera detenido mientras denunciamos la rapidez del transcurrir diario. No nos pertenece el país, lo sentimos extraño y lejano mientras añoramos tiempos pasados. Flotamos en un ambiente gaseoso y espeso que tiene un efecto adormecedor. Vivimos sin continente y sin contención.

Andamos como los galgos persiguiendo un futuro que nunca alcanzamos. El tiempo presente es imposible ordenarlo, pensarlo, siempre va quedando como tareas que se cumplirán pero que en realidad no se realizan. No nos reconocemos, pero estamos prestos para insultarnos en manadas. “los venezolanos son esto y lo otro” en una clara pretensión de aparentar que nos conocemos. Y para complicar esta dimensión desconocida nos expresamos con un neolenguaje que se hace ininteligible. Los “venezolanxs” son… agreguen el insulto que se les ocurra. ¿Quiénes serán esos? ¡Enloquecen! que es el triunfo definitivo. Separados de nosotros mismos corremos a parecernos a modelos lejanos e impuestos.

Somos “desciudadados” perdimos de esta forma identidad política que es lo mismo que decir fuimos despatriados. Ya no nos sentimos parte activa de movimientos que no nos identifican y que son volátiles, muy pronto estas actividades, pierden las utilidades vociferadas. No estamos inmersos en una acción pública porque no se encuentra, se evapora. No hay reconocimiento de un futuro ni posibilidades, por supuesto de anticiparlo. No devenimos en una historia que pueda ser narrada. Quizás dentro de unos 100 años nos describa un nuevo Diógenes como gallinas descabezadas, no ya desplumadas. Como afirmó Hannah Arendt vivimos una experiencia que encierra la paradoja de ausencias de experiencias. Por ello no se acumula experiencias, no encontramos una memoria colectiva, no almacenamos rasgos vividos, no conocemos nuevos dichos identificatorios. Perdimos un lenguaje común.

Estamos delirando al sentirnos perseguidos por sujetos adscritos a ideologías, cuando en realidad su meta, lograda con éxito, fue quebrarnos la lógica con la que podíamos diferenciar la realidad de la ficción. Igual valor tienen las falsedades y los ídolos de barro. Ya comenzamos a cambiar minas de oro por especies especulares. Perdida la libertad ya no tenemos posibilidad de crear un futuro nuestro, de comenzar de nuevo que es lo que el impulso de vida ordena. Existimos en el desarraigo, no contamos con un lugar reconocido. De allí que se nos hace vital agarrarnos de las fuerzas que quedan e ir recuperando lo nuestro, lo arrebatado. Dejar de flotar y decirle adiós a las ficciones que nos sirvieron de soporífero.

No será una despedida sin dolor, como se despiden los vicios, pero que se hace necesaria para probar si todavía nos es posible un reencuentro con la realidad, depurar el deseo de libertad y democracia, dar paso al experto, preparado y sagaz. Vencer en sus tretas al enemigo y dejar de obedecer a lo que ellos creen que somos, a lo que ellos quieren que seamos. Empecemos a escribir nuestra propia historia. Borges nos deja un hermoso verso “Sé que he perdido tantas cosas que no podrían contarlas” No podríamos contarlas, pero será necesario reponerlas. Ya debemos detenernos en esa carrera sin lugar de llegada, mirar hacia los lados y comenzar a reconstruir. Cesar Pavese señalaba que es hermoso comenzar, es cierto, pero también es difícil.

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