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Nelson Totesaut Rangel: Plebiscito, consideraciones

Pienso que, de alguna forma u otra, los resultados del plebiscito del pasado domingo fueron, por lo menos, dignos de toda consideración. Muchas expectativas se tenían al respecto. Por un lado, se apostaba por los 10 millones, o más; por el otro a los 2. No obstante el resultado se concentró en los 7.535.259; el cual es alto, considerable y, sobre todo, creíble; ya que no goza de una exageración que no se pueda percibir en la calle, ni tampoco agiganta el número a una cifra completamente inconcebible.

Margen de error
Lo primero que se tiene que decir de la cifra es que ciertamente existe un factor de error. El hombre es malo por naturaleza y la nefasta “viveza criolla” nos parece acompañar en cada paso que damos. Independientemente de que el número expuesto haya sido 2, 10 o 20 millones, se debe saber que una consulta popular, con tan pocos mecanismos de contabilización (y sin respaldo posterior para una auditoría), tiene que gozar de algún margen de error. El rector Benjamín Scharifker así lo confirmó. Menciona a 209 votantes doble. Y, como la evidencia fue incinerada, queda a discreción de cada quien creerle o no al rector.

Número de centros
Los centros habilitados para dicha consulta no pasaron de 2.030, sin contar los puntos fuera del territorio nacional. Tomando en cuenta que en una elección usual existen más de 14.000, los centros debieron de haber sido sumamente eficientes en recabar tantos en tan poco.

Preguntas
Otra cosa innegable es que las tres preguntas resultaban engorrosas. De hecho, es entendible que muchos se hayan abstenido de acudir a la votación debido a confusión con las mismas. Suena baladí, pero las personas están acostumbradas a votar de manera sencilla, sin mayor complicación al momento de expresar su voluntad. Ahora, refiriéndonos a la respuesta escogida (Sí, tres veces) es evidente que también fuera inducida. Las preguntas pretendían respuestas y no se hizo campaña para enseñar a votar o explicar la forma correcta de hacerlo. Se arreó a la población a escoger un “Sí”, porque sí. Se redactaron las mismas de forma tal, que hasta un chavista le habría dado pena optar por una respuesta distinta.

Efectividad del resultado
Este despliegue democrático sirvió para un ejercicio electoral. Quien considere que su resultado es nulo, carece de una visión integral de la política. Por una parte, el impacto internacional que representa. La oposición legitima su lucha y lanza un mensaje al extranjero, en un momento álgido, en donde la lupa se encuentra sobre Venezuela. Por otra parte, sirve de encuestadora por excelencia para medir la capacidad de movilización política espontánea. Si el padrón electoral del país consta de 19.487.369, y se logró movilizar a 7.535.259 –trabajemos con esa cifra– quiere decir, que se obtiene una participación de casi un 39% de los votantes, en una improvisación, poco clara y con efectos poco tangibles.

Incluso, yéndonos más allá, el impacto es tal que, tanto interna como externamente, se habla de 7 millones y medio de venezolanos que se pronunciaron en contra del gobierno nacional. Cuando, en verdad, con el 98% de los votos escrutados, arrojaron a 6 millones 300 mil simpatizantes del “Sí”. Y, no obstante, se oculta hábilmente la cifra, se obvia aquellos que escogieron el “No” y se atribuye la totalidad de la participación a los fines opositores. 7.5MM están representados por 6.3MM y 39% es “la mayoría” de la población.

Consideraciones finales
En una elección presidencial, en donde se vota por un candidato con nombre y cara, la masa participativa suele ser muy superior. Nuestras dos últimas (2012 y 2013) gozaron de una participación de aproximadamente 80% de la población. Frente al Referéndum (2007) y la Enmienda (2009) que arrojaron 55% y 69%, respectivamente. De todas formas esta elección no era ni legal ni vinculante. Por lo que al fin y al cabo, lo importante no era el resultado, sino el mercadeo que se le diera al mismo; y este último se ha hecho extraordinariamente bien.

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