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Alfredo Salgado: ¿Hay dos proyectos en confrontación o el síndrome de Sansón…?

No creo que haya dos proyectos confrontados.

Por un lado está el proyecto chavista, sólido, consistente y persistente; y con esto no quiero decir que sea un proyecto bueno: es el plan de asalto de los dineros públicos y de entrega de la riqueza a Cuba, por parte de una banda de sicópatas, estupendamente asesorados por rusos y cubanos en las artes del control social, y apoyados por una masa poblacional degradada, llena de resentimientos y con sed de venganza.

Por el otro lado, por el lado de los partidos tradicionales agrupados en la MUD, no hay ningún tipo de proyecto ni de propósito. No sé siquiera si hay una intuición de parte de los partidos tradicionales, acerca de lo que necesita este país para introducirlo en el siglo XXI.

Este mal que nos agobia no es nuevo.

Para mí, comenzó en el momento en el que CAP I izó la bandera “nacionalizando” la industria petrolera. Ese día alcanzamos nuestro Everest, y nuestro problema a partir de allí, fue que Venezuela se quedó sin rumbo, sin propósito trascendente que alcanzar.

Y las elites políticas, intelectuales y empresariales, se dedicaron a pisarse los cayos, a establecer alianzas y pactos circunstanciales, en medio de la borrachera petrolera, aderezado del mensaje destructivo y desmoralizante de Uslar Pietri y Pérez Alfonzo, mensaje que les compramos y que fue el soporte ideológico de la “política” petrolera del chavismo. Por eso nos jodimos.

¿Cuándo, en lo personal, me di cuenta de que el triunfo de Chávez era inexitable? Me pasó como a aquel personaje del Péndulo de Foucault, de Umberto Eco, que aspiraba, al menos a ser un testigo inteligente:

Para el año 98 trabajaba en el Senado de la República, y en ese momento penduleábamos entre elegir a una ex miss o al bárbaro militarote vestido de cordero. Estaba un grupo de periodistas conversando con el Jefe de la Fracción parlamentaria de Acción Democrática. Y ese era el tema: cómo pararle el trote a Chávez.

De asomado que era, y sigo siendo, le pregunté al jefe parlamentario por qué no aprobaban la Reforma Constitucional de Caldera y así se le quitaba fuelle a la propuesta constituyente de Chávez.

Con la misma voz gangosa que los años le han acentuado y apoyando las manos en los dos pilares que soportaban el dintel que lo cubrían, me dijo con un par de cojones (nos dijo), que mientras él estuviera en ese parlamento, esa reforma no pasaba. Bueno, pasó Chávez.

Esa mañana del 98, vi a Henry Ramos tan patético y trágico como Sansón, apoyado en las columnas, ciego, a punto de derribar ese palacio para vengarse de los filisteos, creyendo que eran ellos los responsables de su ceguera.

Esa es la misma ceguera que impide que la gente de la MUD actúe profesionalmente y más bien se porte, como unos aficionados ante tal vez, el más aberrado grupo de traficantes que le haya puesto la mano a nación alguna, al menos en esta parte del mundo.

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