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Ramón Guillermo Aveledo: ¿Y entonces?

Las elecciones del domingo 15 marcan un antes y un después en la contienda política venezolana. Que nunca se haya hecho tanto desde el poder para desprestigiar el poder del voto no es poca cosa. Cierto que también se obró en la misma dirección por parte de sectores disidentes, pero difícilmente puede decirse que en la mayoría de estos casos se trate de una cuestión de principios o de noción del poder, sino más bien de una reacción a las manipulaciones oficiales anteriormente mencionadas.

Si el boletín del CNE no coincide con los datos y proyecciones de la MUD, las informaciones de los comandos regionales y además contradice todas las encuestas, es derecho y deber de esa coalición política no reconocer sus resultados, mientras no se los revise de un modo exhaustivo y confiable. Hasta ahora ni siquiera ha sido posible que determine la “tendencia definitiva” en Bolívar y declare oficialmente lo que todo el mundo sabe que ocurrió. Cuando a las 8:00 pm declaramos con optimismo sobre la titánica jornada lo hicimos responsablemente, con base en los abundantes elementos de juicio a nuestra disposición en aquel momento.

Pero el verdadero parteaguas de estos comicios es que dejando atrás los predios del autoritarismo competitivo y su desarrollo hacia un autoritarismo hegemónico, ha quedado evidenciado que el grupo en el poder confunde cada vez más partido, Estado y Fuerza Armada y concibe al Estado como propiedad suya, no solo por encima de la sociedad a la cual debe servir, sino con pretensión de considerar amenazas a las expresiones humanas independientes de su estructura, sean económicas, sociales, culturales o políticas. Ese cambio en la naturaleza de la lucha política venezolana plantea obligatoriamente la revisión de las estrategias para abordarla.

El Gobierno, principal causante de la crisis económica y social y tapón que tranca la solución de la crisis política se equivoca gravemente al tomar ese rumbo, en perjuicio de la sociedad venezolana entera y de sí mismo, porque la arbitrariedad no legaliza el mero hecho.

La oposición, por su parte, haría bien en analizarse e introducir los cambios que hagan falta, para fortalecer la Unidad, su principal haber, y ampliarla. También para abrirse con la mayor sensibilidad a una agenda que no sea exclusivamente política y que desarrolle su dimensión programática en un mensaje de progreso, libertad y justicia que toque todo y llegue a todos.

Ahora es cuando hay motivos para luchar.

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