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Rafael Del Naranco: Aquellos campos de mirlos

La península de los Balcanes occidentales se halla dividida hoy, igual a 1914 cuando comenzó el largo, pavoroso y sangrante preludio de la Primera Guerra Mundial. Y es que la tranquilidad aparente durante   los últimos años en esa zona convulsiva, es en realidad artificiosa, al ser evidente que los seis países de la región: Albania, Bosnia, Kosovo, Macedonia, Montenegro y Serbia, se miran de reojo o no se miran.

Las desmembradoras guerras de Yugoslavia entre 1999 y 2001, fueron una sarta de conflictos que hicieron pedazos unas pequeñas naciones que, a su manera, fueron grandes en acontecimientos históricos.

Actualmente, aún mancillada, repelida y hostigada, la emblemática República de Serbia sigue siendo el Estado más temerario de la dividida  nación de aquel Josep Broz más conocido como mariscal Tito.

Hubo un tiempo en que las aguas del Seva y Danubio, a su paso por Belgrado, eran de color sangre. Si hoy las naciones europeas rezan a Yahvé y no a Alá, es debido al sacrificio de hombres y mujeres de esa heredad que levantaron con sus cuerpos un muro y con él impidieron el avance del Imperio otomano.

En el presente Serbia está olvidada de una Europa que llegó a permitir  que Kosovo se hiciera independiente cuando era parte integral de su territorio. Esto no ha sucedido ahora con Cataluña. La Unión Europea formó cadena férrea con España para que tal acción no aconteciera, y es que los Balcanes, y principalmente Belgrado, son la conciencia macerada del viejo continente, y aún así cada serbio siempre dirá una verdad que hiere: “Aquí, aún esclavizados bajo el yugo de los turcos, es donde empezó el renacimiento de estas tierras y el resplandor occidental”.

La historia fue de pavor. Los serbios, derrotados bajo las cimitarras de  los otomanos en la primera batalla de Kosovo, desarrollada en el recordado y místico “Campo de los Mirlos”, recibieron la mala nueva de que tal día agonizaba herido Esteban Lazar, Gran Señor de su pueblo hasta el día de hoy.

La realidad es una a recuento de los entresijos de la historia mal relatada y peor escrita, y lo que ha sido una verdad inexorable, se terminó convirtiendo en meandros de falsedades y en una interminable condena que dura hasta la actualidad envuelta en un inhumano desprecio.

Perennemente esa heredad eslava sigue fragmentada y abismalmente avasallada.

Los europeos no desean recordar  que parte de  la libertad que disfrutan en la actualidad proviene de los eslavos serbios desde el día en que el reino de Stefan Nemanjic se inmoló a manos de Estambul, y ese sacrificio permitió a Italia y Europa central no sólo sobrevivir, sino levantarse de sus  desconsolados miedos.

Los Balcanes, que en turco significa “montañas”, se extienden desde el Danubio hasta los Dardanelos, van de Istria a Estambul, e integran los territorios de Hungría, Rumania, la ex Yugoslavia, Albania, Bulgaria, Italia, Grecia y parte de Turquía europea; sin embargo, ni a los húngaros ni a los griegos les gusta ser incluidos bajo esa etiqueta. Ellos resurgieron, dicen, en otra ventolera histórica medio fantaseada.

Carlos Marx  llamaba a los serbios “basura étnica” y aún así mi persona  -vientecillo de poco vuelo, arrinconado ahora en un pliegue de la costa del levante español- los sigo admirando al tener la certeza de que la esencia primogénita del humanismo europeo del que hablaba George Steiner, nació en esa parte de los Balcanes, y no en un café de San Petersburgo, Berlín, París, Madrid, Roma, Praga o en la Viena Imperial.

O tal vez jamás germinó completo y ella siga la secuela de su milenario sentido, y tras siglos de lucha con las huestes otomanas llegando a las puertas de Viena, aún así sigan bebiendo café turco preparado en una pequeña vasija llamada “dzezva”.

La ceremonia se halla envuelta en símbolos, siendo la principal que los posos de esa bebida, si son leídos por labios de mujer, predicen el futuro.

Hace media década, durante una permanencia en el Hotel Metropol, histórico hospedaje levantado en la gran avenida Alexandra de Belgrado y a pocos pasos del centro vetusto de la ciudad, intenté en un almuerzo que se leyera mi espacio de vida aún por venir. Antes debía de beber una taza de café turco y dejar un residuo para que la vidente –una agradable profesora de historia de los Balcanes– leyera lo que me anunciaban los ciclos venideros. No se pudo descifrar, ya que desde siempre me ha sido imposible  tomar un mero pocillo de café.

Nuestra bebida es el mediterráneo  té verde con hierbabuena, infusión que los árabes andaluces expresaban que sus hojas ahuyentan las penas  hondas y traen las buenas.

Al cabo de los años ya idos, lo único que en verdad necesite el escribidor de estas palabras sean vientos calmosos arropando el espíritu. Con todas las suturas encima, el futuro de cada día puede espera si el jadeo del camino lo permite.

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