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Alfredo Salgado: El Cid campeador en Venezuela

La batalla con la que entró en la conciencia de los seres humanos para convertirse en leyenda, fue la que dio Rodrigo Díaz de Vivar, El Cid, cuando ya muerto lo montan en su caballo Babieca, y echando a andar por los campos de Valencia, puso en fuga a los moros invasores de su nación. Parece que El Cid, muerto, se hizo más vivo que nunca.

Hay personas que muertos son más letales que vivos, para sus asesinos.

Nuestro Cid, nuestro Campeador del coraje y la decencia, Óscar Pérez, luego de asesinado, está mostrando una potencia explosiva en el corazón y conciencia de los venezolanos, infinitamente mayor que la detonación del cobarde proyectil antitanques ruso, con el que se pretendió pulverizar la verdad; y es que por cierto, la lógica de las secuencias fílmicas desde dentro de la casa asediada, hechas por Óscar Pérez, y desde fuera, hechas por los funcionarios que se oponían a ese asesinato, nos indican que la casa fue sometida a una metralla indescriptible (por favor, repasen los vídeos), invadida (¡Van a entrar!, dice alguien luego de la metralla), sometidos sus ocupantes heridos y fulminados con un tiro en la cabeza cada uno de ellos, como lo muestran las actas de defunción, y luego de eso, desde fuera, el mundo entero fue testigo del lanzamiento de uno de los torpedos antitanques (¡Ahí va el otro!, se escucha decir), que buscó demoler la casa y borrar evidencias.

Pero Óscar Pérez, se negaba a morir, y de inmediato comenzó a cabalgar hacia la historia, hacia allí lo empujaron:

Ahí yacía su cuerpo, con el impacto de bala en su noble cráneo ¡en posición idéntica a la que tiene El Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, en el mítico cuadro que retrata su asesinato en Berruecos!, mientras al fondo se puede ver a parte del grupo de asesinos, departir como si tal cosa, a la brisa fresca de El Junquito.

Creo que esa brisa, con el pasar de las horas, a los asesinos de la cúpula cleptómana del gobierno, se le ha convertido en el gélido corrientazo que recorre la columna vertebral, y que se llama pánico.

Pánico que disimulan con risotadas, bravuconadas, desplantes y manipulaciones, pero que el asco y repulsa mundial que han producido, los ha llevado a exclamar en lo privado ¡Qué hemos hecho!

El Cid comenzó a cabalgar hace más de mil años. El Campeador nuestro, este Abel hijo de todos los venezolanos, asesinado por la estirpe cainita que le arrebata hoy la vida a los venezolanos, marcha a su lado, con Ghandi, personaje real, con el martirizado Prometeo, personaje mítico, cuyo crimen ante Zeus, fue amar a los hombres.

Esa chispa que ha encendido la inmolación de Óscar Pérez y sus otros muchachos, el llanto de sus hijos, madres y esposas, baña hoy a toda Venezuela, y será el combustible que sin duda impulsará los torrentes que harán que lo que fue chispa que se encendió en El Junquito, se convierta en el fuego purificador que recorrerá toda Venezuela en las horas por venir, para asombro del mundo entero, y rescate de la decencia y la cordura en esta tierra de gracia.

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