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Al sol de Roma; por Milagros Socorro

Alfredo Armas y Oswaldo Trejo. Imagen del Archivo de Fotografía Urbana

 

En el verano de 1956, Aída Ponce se reunió con su marido en Roma, donde ya él llevaba varias semanas.

El júbilo del encuentro palpita en esta fotografía para la que posan: Alfredo Armas Alfonso, su esposa, Aída Beatriz Ponce Hernández y Oswaldo Trejo. La pareja tuvo la generosidad de compartir unas horas de su tiempo, escaso y feliz, con el amigo venezolano avencidado también en la capital italiana.

La historia es esta. En 1956, Alfredo Armas Alfonso (AAA), nacido en Clarines, estado Anzoátegui, el 6 de agosto de 1921, es un periodista culto y estrella en ascenso en el panorama de la literatura venezolana. Tras una infancia transcurrida en Puerto Píritu, se trasladó a Caracas, donde se inscribió en la escuela de Periodismo de la UCV, sin perder jamás el contacto con el oriente venezolano de sus orígenes, al que regresaría muchas veces, incluso para pasar temporadas largas.

Por esta época, Armas Alfonso, que entonces había publicado cuatro libros, todos de relatos –al término de su vida, su bibliografía rebasará los 30 títulos–, tenía ya una década trabajando en el Departamento de Publicaciones de la Creole Petroleum Corporation, y era responsable de las revistas El Farol y Nosotros, publicaciones que llegarían a ser legendarias en la historia del periodismo venezolano.

Muy interesada en identificar a la empresa con el desarrollo económico y cultural del país, la Creole, filial de Standard Oil of New Jersey actual ExxonMobil, destina importantes recursos a sus publicaciones, que destacan por su calidad, tanto editorial como de diseño e impresión. En el marco de esa política, Armas Alfonso es enviado a Roma para especializarse en procesos gráficos. Según nos cuenta su hija, la también escritora Edda Armas, en Roma, AAA visitaría imprentas, se entrevistaría con impresores de fama, cataría impresos, visitaría comercializadoras de papel y otros insumos para evaluar las cualidades de cartulinas y papeles que podrían importarse a Venezuela, conocería avances tecnológicos en el campo de la tipografía y las imprentas, aprendería las claves del circuito comercial de distribución; y, en fin, se internaría “en los bosques tipográficos y los procesos complejos del mundo editorial”.

Con esa misión había dejado Caracas, donde quedaban su esposa y los dos hijos que ya habían nacido (la prole al completo sumaría siete vástagos: Ricardo, Edda Eligia, Enrico, Reinaldo, Annella, Carlo y Patricia, todos nombres italianos, inspirados por una pasión por esa lengua que se vería acrecentada por la estadía romana).

Cabe imaginar que entre las primeras diligencias de AAA al pisar Roma fue contactar a su amigo Oswaldo Trejo, el elegante miembro del cuerpo consular de Venezuela en Italia. Las cartas, casi diarias, de AAA a Aída, dan cuenta de sus visitas a museos, los libros que lee, así como los paseos y charlas con Trejo, quien lo aconsejaba acerca de dónde comer y de cuáles eran las librerías más recomendables.

Oswaldo Trejo había nacido en Ejido, estado Mérida, en 1928. Los separaban siete años de diferencia, pero los unía la adscripción a un movimiento literario. “Para finales de los 40”, ha establecido el crítico Luis Barrera Linares, “nuevos tiempos vendrían para el quehacer literario nacional, sobre todo a partir de la obra de cultivadores de la narrativa breve que luego se consagrarían como grandes cuentistas. Entre ellos podemos mencionar a Gustavo Díaz Solís, Andrés Mariño Palacio, Antonio Márquez Salas, Alfredo Armas Alfonzo, Pedro Berroeta, Humberto Rivas Mijares y Oswaldo Trejo”. De hecho, ambos van a ganar el Premio Nacional de Literatura. Armas Alfonso, en 1969, y Trejo, en 1988.

Armas Alfonso cumple con las tareas asignadas por la Creole y aún le queda tiempo para documentar su viaje con detalle casi obsesivo. “La papelería y los sobres utilizados en sus cartas”, dice Edda Armas, “nos dan algunas señas de los hoteles de su estadía romana. Residence Palace, en la Vía Archimede, 69, en Roma, uno de ellos. Otro registro elocuente de la intimidad de los días de escritor en ese espacio impersonal que resulta toda habitación de hotel son las fotografías del viajero ilustrado”. Había llevado su cámara Rolleiflex, y así como había hecho un pormenorizado registro fotográfico de casas y paisajes en Venezuela, ahora hacía el registro de Roma.

Su portafolio italiano, que incluye Milán, Niza, y Assisi –confirma Edda–, está contenido en una caja amarilla de papel Ilford, made in England, en pruebas de contacto individuales, en pequeño formato (9 x 6 cms.), manufacturadas en Vasari-Roma, Foto Brennere, en la vía Condotti 39; y clasificadas por temas, lugares y recorridos, separadas en paqueticos que, 50 años después, aún se mantienen, con algún orden en la intención de su autor, sujetos por una liga.

Durente el resto de su vida, AAA evocaría Roma y hablaría de ella en las sobremesas familiares. Allí escribió su cuarto libro, Los lamederos del diablo, uno de cuyos diez cuentos, El único ojo de la noche, le valió el máximo galardón en el Concurso de Cuentos de El Nacional en 1954, en su IX convocatoria.

La más joven de los tres es Aída. Nació en Caracas, el 24 de agosto de 1930. Fue la única hija del farmacéutico Rafael Ponce, regente de una farmacia en el centro de Caracas, y de Amanda Ofelia Hernández, quien trabajó por años en el Taller Suizo, la relojería del señor Delmont; y luego, ya viuda, se empleó para llevar la central telefónica y el control de la correspondencia de la Escuela de Medicina Vargas de la UCV, de donde salió al ser jubilada.

La joven Aída, a quien vemos aquí esbelta, con su grácil cuello adornado con un collar primaveral, sonriente, floreada y con esa cesta que, de seguro, al final de la jornada estará repleta de mil maravillosas bagatelas, se había graduado de Dibujo Técnico, con especialización en pozos petroleros. Trabajó en la Richmond y luego en la Creole, corporación que la enroló sin que su futuro marido tuviera nada que ver, como suele aclarar cada vez que alude a su currículum.

Se habían conocido cuando ella tenía 18 años y, por cierto, ya era huérfana. Su padre había sucumbido a un infarto fulminante a los 29 años, un día en que se encontraba solo en el depósito de la Farmacia España, de Gradillas a San Jacinto. Aída era un bebé de tres meses. El día del flechazo, porque lo fue, arrollador, ya AAA era periodista. Escribía en El Nacional, donde publicó una columna hasta su muerte, en 1990; y ocupaba la secretaría de redacción de la revista Élite (a la salida del director, Guillermo Meneses, lo reemplazaría durante un año). Con tanto trabajo y tan poca inclinación al baile y los copetines, vete a saber cómo se las arregló el destino para empujarlo a una fiesta de disfraces, en el carnaval de 1948, donde estaba una muchacha metida en un traje de soldadito de plomo que le ceñía la fina cintura. Ese exquisito talle que 12 años después todavía luce por las calles de Roma, flanqueada por dos de los más grandes escritores venezolanos del siglo XX.

Tanta suerte tuvo el de Clarines que, tras dos años de amores, ella se casó con él y siempre se ocupó do los asuntos prácticos de la vida, como suele decirse. Enseñó a sus sietes hijos a respetar el silencio que debía circundar la puerta cerrada tras la cual chisporroteaban las teclas de una Olivetti. Aída llevó la casa, conducía el carro (AAA nunca manejó) para llevar a los niños al colegio y al esposo a la oficina.

Para hacer este viaje, y sumarse al último tramo de la aventura romana de AAA, Aída vendió una estola de pieles. Y fue ella quien con les explicó en inglés a los agentes aduanales que su marido, quien viajaba con montones de bultos y una máquina de escribir, era escritor y coleccionista de arte.

El viaje de regreso, que hicieron juntos, tuvo que ser en barco. El trayecto de Caracas a Roma había durado 20 horas continuas ¡en un avión de hélice! Ensordecido por el ruido del motor y aterrado por las remecidas, juró que regresaría por mar. Fue así como hizo una parada de 17 días en Nueva York, donde los funcionarios se asombraron con el perolero que traía el viajero. “Esa manía de guardarlo todo”, me dice Edda Armas, “libros, revistas, réplicas de arte, afiches, postales, empaques, folletos, (…) baúles repletos y pesados”.

El portafolio de Roma, que Armas Alfonzo reuniera en estos días que la foto revive, es objeto en la actualidad de un estudio por fotógrafos para hacer un libro que incluya, además, las cartas fechadas en la Roma en el año 56.

Al regreso de AAA la revista El Farol incorporó, a su plantilla de diseñadores gráficos, a Nedo y a Gerd Leufert, entre otros genios del momento, y a las plumas más notables. Una revisión de los índices de El Farol, hecha por Isaac López, revela entre sus colaboradores, en las décadas de 1940 a 1970, a destacados intelectuales venezolanos o asentados en el país como: Mariano Picón Salas, Antonio Arraiz, Andrés Eloy Blanco, Guillermo Meneses, Ramón Díaz Sánchez, Arturo Uslar Pietri, José Antonio Calcaño, Miguel Acosta Saignes, Sergio Antillano, Alfredo Boulton, José María Cruxent, Walter Dupouy, Isaac Pardo, Lucila Palacios, Juan Liscano, Luis Luksic, Domingo Maza Zavala, Rafael Pineda,Luis Felipe Ramón y Rivera, Pablo Rojas Guardia, Efraín Subero, Francisco Tamayo, Felipe Tejera, Oscar Sambrano Urdaneta y Lucila Velásquez, entre otros.

Armas Alfonzo estuvo al frente de El Farol hasta 1962, cuando atendió el llamado de la Universidad de Oriente para crear la Dirección de Cultura. El conjunto de su obra narrativa incluye más de cien relatos.

Oswaldo Trejo murió en 1996. Su otra carrera, además de escritor, se extendió por muchos años.Llegó a ser jefe de la Diplomacia Bilateral, en la Dirección de Política Exterior de la Cancillería. Y nunca perdió ese aire como de película que tenía el día en que posó para esta foto, tomada, muy probablemente por algún romano que pasaba casualmente por allí.

 

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