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Eduardo Daniel Oviedo: Relaciones China-Estados Unidos: ¿Guerra comercial o choque de modernizaciones?

 

Las relaciones entre países pueden ser analizadas desde la política, la economía y la cultura. Cada una de estas esferas de conocimiento tienen específicas unidades de análisis, tales como los estados, las empresas y las civilizaciones, respectivamente. Ahora bien, como partes de un mismo sistema social, los tres tipos de interacciones aparecen simultáneamente, aunque una de ellas siempre sobresale en algún momento histórico.

El orden bipolar se caracterizó por el conflicto entre Estados Unidos y la Unión Soviética en los tres planos. Sin embargo, la preeminencia fue política, a tal punto que en la década del sesenta del siglo pasado los realistas clásicos dividían a las relaciones entre las superpotencias en “alta” y “baja” política para diferenciar este factor de los componentes económicos y culturales. Cuando en diciembre de 1991 la desintegración de la Unión Soviética puso punto final a la Guerra Fría, la cosmovisión centrada en el conflicto Este-Oeste como principal relación del sistema internacional, evolucionó hacia el “choque de civilizaciones”, de la mano del profesor Samuel Huntington.

En su agudo análisis, este profesor neoyorquino aseveró que la rivalidad de las superpotencias quedaba sustituida por el choque de las civilizaciones y el renacimiento material de Oriente fue focalizado como una de las dos hipótesis de conflicto a nivel mundial, compuestas por la civilización sínica y el islam.

Si bien Huntington cometía el error de cambiar la unidad de análisis (estado por civilización) pertenecientes a diferentes planos (sistema político y cultural); en la práctica su pensamiento guiaba la política exterior estadounidense de principios del siglo XXI. En efecto, durante los primeros meses de su mandato, George W. Bush había seleccionado a China dentro de la diarquía enemiga establecida por Huntington; pero meses después, tras los atentados exitosos del 11-S, encontró a China como socio estratégico en su “guerra santa” contra el terrorismo transnacional islamita.

La llegada de Donald Trump a la presidencia en Estados Unidos produjo cambios en la estrategia externa de la única superpotencia. Combatido el terrorismo transnacional y limitado a las expresiones reducidas de los “lobos solitarios”, la nueva política de la única superpotencia está intensamente influida por su situación económica interna. Es que la política exterior es la acción de un Estado, formulada en el plano interno de la realidad política bajo incidencia de factores internos y externos a esta unidad, que a modo de producto se ejecuta en el plano internacional.

Al volver la vista hacia el interior de la unidad política, el presidente Tramp observa que Estados Unidos, un país tempranamente modernizado, desarrollado con impulso sin precedente durante la segunda guerra mundial y la primera década de la posguerra, había entrado en una etapa de estancamiento económico y retroceso en materia de infraestructura que requiere promover un nuevo proceso económico, al que podemos denominar de re-modernización.

La modernización es un proceso histórico que emergió en la Europa del siglo XVII. Países europeos, como Gran Bretaña y Francia, fueron los originales de la modernización, que se expandió como copia hacia todo el orbe, incluido Estados Unidos.

La última expresión de la expansión de las ideas modernizadoras fueron los países del Este Asiático que, bajo dictaduras o la hegemonía de partidos políticos, como el Partido Liberal Democrático en Japón, consolidaron procesos de modernizaciones, la mayoría vinculados a modelos exportadores de manufacturas para luego cambiar hacia la exportación de bienes con mayor valor agregado. Así, Japón, Corea del Sur, Taiwan, Singapur, Hong Kong, y más tarde China entre otros, produjeron la denominada “bandada de gansos voladores” que sacaron a sus poblaciones de la pobreza y calamidades producidas por las guerras y se posicionaron como economías pujantes dentro del sistema económico mundial.

En el caso de China, la modernización comenzó con la instauración de la República Popular China en 1949 que, bajo diferentes modelos (como el soviético, el Gran Salto Adelante, la Restauración Conservadora y la Gran Revolución Cultural Proletaria) avanzó zigzagueante en su construcción económica. La expresión más reciente y exitosa en términos de indicadores económicos ha sido la Reforma y Apertura al Exterior iniciada en 1978, consolidada durante cuatro décadas bajo el modelo orientado a la exportación de manufacturas. En este proceso, mucho se ha escrito acerca de las causas del crecimiento económico chino, incluso reiteradamente se mencionan diversos factores, como los valores culturales asiáticos y otras características peculiares de estos países. Sin embargo, todos estos modelos de exportación no podrían haber subsistidos sin la apertura de los principales mercados de importación, como Estados Unidos, la Comunidad Económica Europea (hoy Unión Europea) y, luego de la década del setenta del siglo pasado, Japón.

Parafraseando al profesor Huntington, se podría afirmar que desde el inicio del gobierno de Donald Trump y su impronta económica proteccionista asistimos al “choque de modernizaciones” entre el modelo chino de exportación de manufactura versus el proceso de re-modernización que Donald Trump intenta llevar a cabo en Estados Unidos. Por supuesto, tras el inicio de la crisis económica mundial, la inercia de cuarenta años crecimiento exitoso produjo que la modernización china se haya reciclado hacia un mix de exportación de manufacturas y productos de alto valor agregado con medidas keynesianas en el plano interno, tratando de generar incentivos a partir de diversas iniciativas (entre ellas la Franja y la Ruta), para dinamizar la economía mundial y articular estrategias de desarrollos con otros países a fin de dar continuidad a la exportación de bienes y capitales chinos.

Este es el trasfondo de la llamada “guerra comercial” iniciada por Estados Unidos y respondida por China. Aquí emerge el punto central a tener en cuenta, ya que China está acostumbrada a ser ella la lanzadora o exportadora de iniciativas y, el resto de los países, los receptores pasivos de las mismas. Aquí China debe responder a la iniciativa norteamericana, a la cual ya lo ha hecho con la retaliación a las medidas del gobierno estadounidense, respetando su principio de “tratar a los demás como te gustarían que te trataran”(礼尚往来), pero debiendo pensar en cómo afrontar un desafío externo impensado para no desarticular su camino estable de crecimiento económico.

Ahora bien, el “choque de modernizaciones”, así como también su mutua cooperación y complementariedad, no elimina las relaciones político-militares entre los estados y el “choque de civilizaciones”. Ambos siguen desarrollándose a otro nivel, tan importante como el “choque de modernizaciones”, aunque este último sobresale, se exterioriza más que los otros y aparece como un combate decisivo en la actualidad. Al respecto, no debemos olvidar que la desintegración soviética, como advierte Paul Kennedy, tuvo como causa fatal el debilitamiento del poder nacional soviético por la falta de correlación del aparato militar con la infraestructura económica y tecnológica.

Esta situación no aparece en la China de hoy, pero sí en Estados Unidos, aunque los niveles de consenso de la sociedad norteamericana son ampliamente mayores a los de la otrora Unión Soviética. No obstante, ¿Es Donald Trump el Mijaíl Gorbachov o el Deng Xiao Ping de Estados Unidos? Las expectativas quedan pendientes de los resultados a los que pueda llegar la nueva administración de Estados Unidos.

Por supuesto, en el plano político, militar y estratégico Trump asumió su mandato presidencial luego de la alternancia política en Taiwan que puso fin a la “tregua diplomática” entre el Partido Nacionalista y el Partido Comunista Chino. Este cambio político nuevamente puso en tensión la relación en el Estrecho y, como ha sucedido históricamente en otras oportunidades, ha perturbado la relación chino-estadunidense, ya que la cuestión de Taiwan sigue siendo el eje de la relación bilateral. A este asunto internacional se suma el rol de China ante el problema nuclear norcoreano, la tensión en zonas marítimas próximas a su territorio y en otros conflictos (Siria) donde China se presenta como perturbador del accionar estadounidense más que su colaborador. Sin descartar el conflicto con el islam, donde Trump encuentra un socio en el gobierno chino ante el avance del terrorismo de liberación nacional en Xinjiang.

En este vis a vis de las dos modernizaciones más importantes del mundo, los países latinoamericanos encuentran una grieta entre la primera y segunda potencias económicas, por donde deberán orientar sus estrategias economías externas y buscar los equilibrios necesarios para exportar sus bienes y productos a estos dos relevantes mercados. La habilidad de los líderes políticos regionales en el manejo de los asuntos externos dependerá de cómo éstos sortearán los niveles de presión que ejerzan Estados Unidos y China sobre sus gobiernos, manteniendo al mismo tiempo el buen estado de las relaciones con ambas naciones durante el tiempo que dure la tensión. De lograr dicho equilibrio, los países latinoamericanos (quienes desde larga data buscan anclar la modernización en la región) encuentran una oportunidad para intensificar las relaciones comerciales con los dos países.

 

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