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Rafael del Naranco: Avecilla  sin alas

 

Bien es sabido que ojos hay para solo llorar.

El suceso, uno de tantos en mitad de las quejumbrosas noticias cotidianas,   se hallaba  varado al relente de los pavores de cada día y, aún así, el escribidor de estas cuitas  se tropezó con una   de ella en la que se relataba la odisea de una adolescente  que poco o nada se habló en los medios de comunicación.

Es mayo primaveral  y el mar Mediterráneo es propicio para cruzarlo en débiles pateras hacia los arrecifes que los emigrantes llaman “costas de libertad”.

Habiendo dejado  atrás su pueblo natal en Nigeria –  el país de la sal -,  cruzó tras largas semanas  el perímetro fronterizo  de una ciudad africana enclavada al borde de los acantilados del estrecho de Gibraltar, último obstáculo que le permitía alcanzar el ansia de miles de inmigrantes ávidos de llegar a los promontorios   de esa entelequia llamada Europa.

Las fuerzas  allí le abandonaron, se volvieron ahogo, sudor. Ante sus ojos inflamados de salitre,  el mar Mediterráneo, cuna de la filosofía, la cultura y la historia humana,  no le abría sus compuertas.

En medio de la noche tiznada – más que su piel mancillada  de cansancio y  hambre -, una lancha guardacostas detuvo la pequeña barca. En ese instante sintió cómo sus ansias de conseguir una existencia mejor para el hijo que protegía en sus entrañas, se derrumbaban. Aún así,  se hizo un juramento: No regresaría a los arrecifes ásperos del Macizo de Ayr.

En  su perdida aldea, una antigua balada  habla de un grano de arena que  alza el vuelo y se hace nube. Eso, volverse cúmulo de algodón, lo deseó ella con todas su fuerzas.

Recogida fue llevada al  hospital  a curar sus pies cuarteados. La enfermera la cubrió con un pijama y con él  arropar tanta desventura. Del tálamo blanco pasó a un calabozo.

En ese instante, lo que la joven y el niño que gateaba por su sangre cuajada se dijeron, nadie lo sabe, pero a la mañana siguiente,  el alba, se   la halló guindada igual a la flor del rocío, fría, muerta. Había usado la prenda de dormir y con ella hacer una soga con el ávido deseo  descansar de tanto desaliento para siempre. El gran viaje se volvió senderito en las estribaciones del alma, estaba dormida y nadie pudo despertarla.

Ahora,  llevada por el viento de tramontana, el mistral, el   siroco y el sinuoso jamsín,  cruzaría la frontera  sin barreras,  aduaneros ni  pasaporte, y todo  se convertiría en risa y miel,  las dotes que los Profetas entregan a las damiselas dulcificadas.

Ya en el cielo,  una racha la trasportó en procesión como si de una santa se tratara, a tocar la tierra  de la leche, el pan de trigo, el requesón y el vino macerado.

Hace tiempo, tanto que puedo contar las arrugas en mis parpados, decía en un cuadernillo  pequeño, hoy perdido o vuelto limaduras de olvido, que también yo  era hombre sin caminos. Mi espacio interior, el de los terruños hondos,  forjado con afanes, ya no existe. Mi soledad de emigrante se puede aún tocar, hacer amasijo, convertirla en carcoma y arrojarla al mar.

Supe que la joven no acariciará la nieve con la que tanto había soñado. Su cuerpo, y el  angelito sonrosado en el vientre, se volvieron  resplandores, estrella del Sur, canción de cuna encallada cerca de las Columnas de Hércules.

Dios del cielo protector: ¡Cuanto desánimo en esa avecilla helada!

Le había faltado la ayuda de un vientecillo para rozar los campos de aguamiel, uvas, aceitunas,  almendros tiernos y madreselvas en flor.

 

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