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Simón García: La unidad perdida

 

Falcón no dividió a la MUD. Ella se fragmentó porque se quebró el consenso, al menos sobre uno de sus componentes, estratégico definido como pacífico, democrático, constitucional y electoral. Antes Vente y ABP se habían separado para promover la destitución de Maduro. A la MUD la dividió una disyuntiva: votar o no votar. La realidad es que hoy no expresa a toda la oposición.

Pasó el 20 de mayo y el régimen continúa consolidando un escenario crítico para el país y desfavorable para toda la oposición. Allí destacan: 1. Acentuación de la destrucción de la economía y aumento de las calamidades sociales de una población inerme. 2. Manifiesta incapacidad del régimen para prestar servicios como agua, electricidad, aseo, transporte o seguridad. 3. Derrumbe programado del sector universitario y de la salud, desatendiendo salario y HCM de su personal, equipos, dotación de insumos y asignación de recursos indispensables para cumplir sus misiones. 4. Desbordamiento de la hiperinflación y pulverización del derecho a comer. 5. Aparición de protestas de sectores organizados para defender sus condiciones de vida, proteger los derechos de sus usuarios y exigir soluciones gubernamentales. 6.  Profundización de la hegemonía gubernamental, mayor control sobre la sociedad y represión selectiva contra disidentes y opositores. 7. Oposición en modo pausa, que suscita descontento en su base social de sustentación, que ignora los efectos negativos de la división y carece de un plan para encontrarse con el país descontento.

No hay que ignorar los indicios de un malestar de la ciudadanía de a pie con partidos y dirigentes opositores. Sigue mermando la identificación de la población con la oposición. Aumentan los que no se sienten representados por ninguno de los dos grandes polos en pugna. Irrumpe una onda que alienta generar acciones opositoras al margen de partidos, diputados y dirigentes del cambio. Una reacción de desafiliación emocional con el liderazgo conocido despunta, incluso, en la base militante de los partidos.

Otra tendencia que está tomando cuerpo es la percepción de que no hay nada que hacer. Se insinúa un preocupante desarme espiritual de una oposición que se protegerá en sus casas, adaptará su desesperanza a sus vidas privadas o irá a engrosar la diáspora. Nadie sabe que puede ocurrir, como no se sabía el 22 de enero del 58, pero el clima de incertidumbre esta tendiendo la alfombra hacia los seis años.

Frente a estas perspectivas, poco claras, la pregunta que da vueltas en nuestras reservas democráticas es ¿qué hacer? La ausencia de respuestas indiscutibles presiona a la disposición para reflexionar y hacer valer el análisis crítico de las conductas asumidas por la oposición y acometer rectificaciones, pagando los costos de los cambios de opinión, que seguramente habría que hacer.

Un punto de partida es reencontrar la unidad renovándola. Explorar hasta donde puede llegar una estrategia común y los límites para diferencias que no afecten un objetivo principal: abrir cambios vía una transición negociada o desarrollar un enfrentamiento frontal que conduzca al derrocamiento de Maduro.

Dos opciones con margen de conciliación muy estrecho y que determinan el contenido de la Unidad. O se corta la soga de la unidad ilusoria en el cuello de la oposición o se salta del taburete.

 

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