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Víctor Maldonado: Libre Empresa

 

Recientemente el régimen reunió a los empresarios para ratificarles su sentencia de quiebra. Se profundizarán las intervenciones, se “acordarán los precios” (un eufemismo para decir que entrarán a las empresas a decidir cuánto valen los productos), seguirá cerrado a cal y canto el cambio de divisas, no se hará nada para resolver la indisciplina fiscal y la emisión de dinero improductivo, se seguirán violando los derechos de propiedad, y para colmo, el régimen quiere establecer una tasa de confiscación equivalente al 70% de la producción de cincuenta rubros esenciales.

El régimen, poseedor de más de quinientas empresas quebradas, millones de hectáreas de las tierras más fructuosas del país, y de un sistema de distribución de alimentos, al llegar al nivel del colapso irreversible, prefiere medrar de la libre empresa, fagocitar su productividad, ganar indulgencia con escapulario ajeno, y surtir sus sistemas de racionamiento con el esfuerzo titánico de los empresarios que, con las peores condiciones del mundo, todavía son capaces de sembrar, cosechar, manufacturar y comerciar bienes o servicios.

Las consecuencias son predecibles. A mayor intervencionismo menos producción. Con mayores controles lo único que se va a lograr es la aceleración del colapso económico. No habrá suficiente comida, cada día será más difícil encontrar las medicinas, los escasos bienes serán vendidos a precios astronómicos, los mercados negros serán los únicos medianamente surtidos, y los ciudadanos no podrán comprender siquiera la velocidad hiperinflacionaria. Pero no estamos haciendo una profecía. Ya vivimos todo esto, pero el régimen es incapaz de darse cuenta de que las causas son sus propias decisiones, erróneas e incapaces de resolver el problema innato de todos los socialismos, su talante destructivo. Ya vivimos el socialismo, ya estamos experimentando sus secuelas, lo que hace todavía más tenebroso el tener que ser víctimas indefensas de la profundización del proceso.

Max Weber decía que el capitalismo es, entre otras cosas, la superación del diletantismo. Pero los socialismos son la apoteosis de lo contrario. Estos creen que la lealtad ideológica, el compromiso con el proceso o el mantenerse dentro de los flancos revolucionarios, son motivos más que suficientes para el éxito en cualquier tarea. Pero se equivocan. Un general no sabe de petróleo. Un activista no tiene por qué saber de derecho del trabajo. Un abogado no tiene por qué saber de economía. Y para ser ministro de salud o de educación, hay que tener capacidad probada para abordar lo complejo, tener buenos conocimientos sobre los temas específicos, y además sensibilidad social demostrada en una preocupación constante asociado a lo humano. Pero no, el régimen privilegia otras cosas, aun al terrible costo de dañar irreversiblemente las instituciones, malograr la esencia del estado, y maltratar sistemáticamente a los ciudadanos.

Entonces, ¿qué pueden saber estos diletantes de la libre empresa? Ellos se han concentrado en odiar la libertad y cualquiera de sus expresiones. Y para odiar no hace falta ni inteligencia ni demasiada cultura. El odio es una pulsión básica que yo me atrevería a decir, se ha vuelto conspicua a cualquiera de los socialistas asociados al régimen. No saben, por ejemplo, que la libre empresa es competencia y riesgo. Tampoco saben que para que haya competencia tienen que permitirse los mercados libres, donde la oferta y la demanda compartan información relevante y permitan la coordinación de los actores económicos con el fin de producir opciones de solución a los problemas de los ciudadanos. No pueden imaginar que la libre competencia es el único antídoto para manejar la escasez. Y que la gente que vive en ambientes capitalistas es más feliz, más próspera y más libre. No saben que bastaría con que ellos se retiraran para que comenzáramos a ver normalidad económica y un detente al deterioro social. Porque ellos solo saben que quieren mantenerse en el poder sin importar los costos, y sin valorar nuestra opinión al respecto. Ellos ni siquiera quieren imaginar que las señales que están recibiendo son claras y precisas: nadie quiere que ellos sigan al frente. Son, en ese sentido, un producto que ha perdido todo valor de mercado. Y que, si viviéramos dentro de los parámetros del libre mercado, ellos habrían desaparecido hace mucho tiempo.

La libre empresa es competencia y riesgo. En los socialismos son solo un mal augurio. El riesgo no es mercantil, sino provocado por la arbitrariedad del funcionario, por los excesos de la arbitrariedad, y por la imposición de los hechos por la fuerza. El burócrata llega a la empresa, y siente que tiene la potestad de decretar precios justos. ¿Justos para quién?  Llega a las puertas de las haciendas y pretende recibir el 70% de los productos. Espera en las alcabalas los transportes para exigirles el 10% de la mercancía. Así no hay forma. Por esa razón, por la brutalidad del esquema, en Venezuela se está perdiendo aceleradamente capital y activos empresariales.

Los sobrevivientes quisieran una transición tranquila. Un tiempo de reposición, plácido y reivindicativo. Probablemente pretendan recuperar todo lo que han perdido. Pero ese no debería ser el guión ni esas las expectativas. Venezuela necesita libre empresa, o sea, competencia y riesgo, porque ese es el ambiente en el que se innova y se maneja de la mejor manera posible la escasez de recursos. El proteccionismo es un eufemismo que esconde malos acuerdos entre el gobierno y los empresarios. Los subsidios a los productos afectan la transparencia del mercado y les abren la puerta a nuevas formas de intervención. Las regulaciones encubren intereses disociados del interés del ciudadano. Y por supuesto, eso de tener y mantener empresas públicas quebradas a veces nos hace olvidar que no hay almuerzo gratis. Todas esas ineficiencias las pagamos en forma de inflación y un sistema de ineficiencias que no merecemos, pero que se nos ha impuesto desde el falso discurso populista, de gobiernos supuestamente fuertes, depredadores de la empresarialidad, y generosos en excusas.

El poder propiciar la libre empresa debería ser parte de cualquier pacto político. Sin resucitar el ánimo emprendedor los venezolanos seguiremos arrastrando consecuencias ingratas de esta experiencia terrible de socialismo totalitario. Sin miedo y sin volver a caer en la trampa de los providencialismos. Gobierno limitado y mucho mercado son la solución a estos problemas que hoy padecemos.

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