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Rafael del Naranco: Excusen: vamos  hablar del amor

 

Un aforismo lejano señala: “El amor que pudo morir no era amor”.

Con la salvedad de que en ese sentimiento inflamado no existen reglas precisas, el amor  lo presentan ciego y con alas. “Ciego – decía don Jacinto Benavente –  para no ver los obstáculos; con alas,  para salvarlos”.

El portugués  José Saramago supo escribir del amor sin hablar de él. No sé como lo consiguió. Nosotros, al contrario, necesitamos envolverlo  en celofán aromático  y moldearlo en la llama de la fogosidad incandescente.

En “Memorial del convento”, el  hombre de Azhinhaga cuenta una historia de ternura sin palabras mimosas. Renovado realismo pasmoso. En esa aventura en la que un rey hace la hierática promesa de construir un convento si la reina estéril le da un hijo, hay matices brumosos e inaccesibles  de “Cien años de soledad”,  al encontramos con un clérigo trastornado,  afanoso por volar para entonar salmos con las aves en las alturas; un soldado tullido y un mujer que,   igual a Ursula Iguarán, la mujer del coronel Aureliano Buendía, poseía  poderes mágicos arrancados  a los fangales.

Nadie, en casi quinientas páginas, le dice al ser idolatrado ni tal siquiera  dejándola caer con suavidad imperceptible, esa frase tan sencilla como  es “te quiero”, pero la novela en sí, cada cuartilla,  es un canto insuperable a la pasión.

Cuenta Marguerite Yourcenar que en los relatos hechos por hombres los que más aman son los ellos, y en los escritos por mujeres, estas sitúan el ardor con mucho más ahínco.

No sabría decir con certeza  si es cierto. En “Un tranvía llamado deseo” o en “El zoo de cristal”, Tennessee Williams – hermafrodita de los sentimientos – demuestra,  igual a otros autores, que no es necesario ser hombre o mujer para escribir con fuerza y hasta con voluptuosidad sobre temas amorosos. Eso debe ser posible al poseer cada ser humano una parte masculina y otra femenina. De todos los relatos de ardiente cariño existentes he guardado para mí uso interior  dos: “Tristán e Iseo” y “Yamila”.

La primera historia es el paradigma de una fogosidad amorosa enfrentada a un destino fatídico. Una leyenda hermosísima que nos viene a partir del siglo XII y ha servido  de inspiración a  Richard Wagner para crear una ópera y a los poetas Arnold y Tennyson en la mayoría de sus poemas.

“Yamila”, en su entorno,  es la viceversa acción del  ardor, un suceso descarnado sin románticas fantasías resurgido en los albores materialistas  del siglo XX en la Unión Soviética profunda. Escrita a la de treinta años por Tchinguiz Aitmatov, nacido en la aldea de Cheker, Kirguizia, una raza de los  turco-mongoles,  fue su primera obra.

En ella, al decir de Luis Aragón, palpita “la más bella historia de amor del mundo”, y agrega: “Tal vez sea decir demasiado o demasiado poco, pero el libro es eso. Un relato breve pero inmenso – casi un folleto añadiríamos nosotros – , en el que no hay una sola palabra inútil, ni una frase que no halle su eco en el corazón”.

Todo sucede en el cruel tiempo del Soviet, cuando la ronda de dos enamorados era  una ardua andadura sin un posible final feliz. El trabajo febril en las zanjas y fábricas no deja resquicio a los  gorjeos del afecto. Aún así, estas letras intentan en lo posible acaricia esas cuartillas llevando a  raudales  sobre la estepa congelada, la frescura que dejará siempre  en  la nieve el paso del  apego amoroso.

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