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Abraham Gómez R.: Ginecocidio: un síndrome social (lingüísticamente) oculto

 

Aún los científicos sociales no han podido determinar con exactitud los factores causales del incremento de los índices de violencia en el mundo en la actualidad.

El argumento más recurrido, que apunta a responsabilizar del aumento de tal fenómeno, señala a los medios de comunicación social. Sin embrago, podemos decir que con datos precisos tal asomo o aseveración ha sido negada. Por ejemplo, en Japón, China, y EE.UU se hacen permanentes las transmisiones de películas con densos y prolijos contenidos de violencia, de cualquier tipo y grado; y no obstante, esos países están entre los más seguros del mundo, según el informe global de homicidios de la Organización de Naciones Unidas.

Para el Observatorio Venezolano de la Violencia:   si bien la mayor cantidad de víctimas de homicidio, en nuestro país, son hombres, los estudios hasta ahora, enfatizan el hecho de que en contextos familiares, la mayoría de las víctimas son mujeres.

Consideremos también que las cifras o datos explicitados y analizados son los conocidos; aunque estamos conscientes que hay un sub-registro en todos estos índices de violencia.

En un interesante estudio, hecho texto luego, cuyo autor es el doctor en ciencias sociales, psicólogo y sacerdote Alejandro Moreno, titulado “Y Salimos a matar gente”, nos relata  que la violencia es multicausada, y tiene sus factores originarios en el ambiente intrafamiliar: hogares disfuncionales, familias desestructuradas, irrespeto en la convivencia, deserción escolar, ociosidad, ausencia de la figura y protagonismo de la madre-mujer en tanto responsable de la fijación de las sensibilidades en los hijos.

Señala el Dr. Moreno que nuestra sociedad se ha vuelto cada vez más violenta y las peores consecuencias las paga la mujer.

Vamos a intentar clarificar una situación que se ha venido arrastrando casi que desprevenida e ingenuamente, es la trampa semiótica de la palabra mujer; con lo cual se ha tramado una inadmisible inequidad de género, que acogota a la mujer a lo largo de la historia.

Muchísima razón tiene nuestro insigne epistemólogo venezolano Rigoberto Lanz cuando nos ofrece, en su libro “Las palabras no son neutras”, las claves para develar hechos de exclusión que vienen incorporados desde la propia forma y desde el mismo instante de construirse el significante que hará mención de las cosas. En cada vocablo hay implícito una carga valorativa.

De tal manera que aflora con mulier (latín), mujer (español) una intención oculta de descalificación muy marcada que ellas han venido soportando injustamente.

Todo lo anterior queda referido ahora que se acaba de acuñar la palabra femicidio (feminicidio); con el cual se quiere hacer saber que se comete homicidio contra la mujer.

Esta escogencia terminológica nos luce desacertada e impropia. Y agrego algo más; el vocablo femicidio, a mi modo de ver, resulta injusto socialmente, desconsiderado biológicamente y tramposo lingüísticamente.

Relatar que se ha perpetrado un femicidio, es intentar significar que se liquida la vida de una mujer; y no es exactamente lo que denota morfológicamente este vocablo. Femenino es el género que comporta todo lo relacionado a la mujer. Y en el asesinato no muere el género, sino que se acaba físicamente con la mujer (Gineco).

Admitir femicidio, como violencia y agresión extrema del deleznable machismo; o femicidio como el   asesinato selectivo de una mujer por razón de su género, equivale a aceptar que se cercena la vida de la hembra; palabra que por   su evolución fonética desde el latín, nos da: femina, fémina, fembra, que queda finalmente hembra (ya castellanizada); pero que no hace distinción semántica de las hembras animales. Por eso acusamos de desconsiderados y tramposos todos estos actos de habla.

Extendemos nuestra invitación para repensar (reconstruir) un nuevo étimo como Ginecocidio, del griego Gineco (mujer, en su consistencia psico-biológica) para señalar el recurrente y aborrecible fenómeno que se viene cometiendo contra las mujeres, por razones de su género.

De cualquier forma, no sólo es denominar de otra manera esta práctica maliciosa, sino evitar, a como dé lugar tales injusticias.

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