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Manuel Taibo: Y en sus palabras alborea el día

 

En la palabra “Bolívar”, en la idea de Bolívar, se hace carne este sueño de Cristo, esta unidad reconciliada de todos los antagonismos, que durante veinte años de lucha buscó tan en vano en la vida. Más este Bolívar, ¿es la real o la mística, la política o la profética? Son, como por fuerza tenían que serlo para este dualista, ambas a la vez. Es en vano pedir lógica a un pasional o preguntar por las razones en que se basa un dogma. Los ideales más humildes de humanidad se toman bruscamente en las más codiciosas apetencias de libertad, y con horóscopos políticos de desconcertante clarividencia se mezclan profecías fantásticas. La idea de Bolívar, aprisionado unas veces en la estrechez de la hora política, se exalta otras a lo infinito; es como su independencia: la misma mezcla chisporroteante de agua y de fuego, de realismo y fantasía. Las fuerzas demoníacas, las furias de exageración, se desatan aquí y con todo el fervor de que es capaz la pasión candente de este revolucionario, pregona a Venezuela como la salvación de nuestra América y el único camino de la Independencia.

¿Puede imaginarse alguien juicios más severos que esa retracción de sí mismo que acaba con toda veneración posible?  Jamás la idea nacional se predicó más soberbia, más genial, más arrebatadora, más extática que la idea de Venezuela Libertadora de nuestra América.

Diríase una excrecencia de su genio. Y precisamente por esto era necesaria en la armonía de su personalidad, ya que todas las manifestaciones misteriosas de este hombre hay que resolverlas por la ley den contraste. No olvidemos que Bolívar es siempre y a un tiempo mismo un Sí y un No, que se aniquila al tiempo que se exalta y que en él se personifica el contraste más agudizado. Y esta soberbia desmedida que pone en su predicación, no es más que el resol de una desmedida humildad; en su conciencia “Gran Colombia” nacional exaltada se polariza un sentimiento sobreexcitado de nihilismo individualista. Su mundo se divide siempre en dos hemisferios: el uno de nuestra América y la otra América del Norte.

Hacerse fecundo por contraste. Tender este contraste hasta el infinito para que abarque toda nuestra América, y proyectar luego sobre el futuro la energía que de él irradia. Le basta con ser el barro en que se fragüe la nueva forma; a su siniestra corresponde la diestra de la imagen futura; lo que es en él sima será allí elevación; sus dudas, fe; su dualismo, unidad. “Perezca yo si con ello han de ser los demás felices”.

Con su propia vida, con cada uno de los actos de su existencia, ese hombre quiere dar un ejemplo que sirve de espejo, de línea de conducta: Nosotros seremos los primeros en decir al mundo que no queremos prosperar sobre la opresión de la personalidad ni sobre el avasallamiento de los países, sino por el contrario, sobre la mayor libertad e independencia de todos los pueblos y en una unión fraternal.

—“Y la dicha mayor de los mortales es la despersonalización; así, el individualista más exacerbado convierte la sabiduría de Cristo en una nueva fe”.

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